Escrito por Anónimo / Ilustración por cata N0

¿Qué tan rápido se puede romper un corazón? En el caso de un corazón como el mío, idealista y llorón, puede ser cosa de segundos. Pero no es algo que me pase desde siempre, más bien me consideraba yo de esas personas demasiado exigentes y poco arriesgadas como para enamorarse fácil. Ni hablar de sufrir por amor, muy inteligente como para dejar que eso pase. Qué torpeza la mía, lo sé, qué falta de humildad, qué amargura. Pero es sentimiento era real, cada vez que iniciaba una relación romántica con alguien podía ver la vívida imagen de su ocaso, el inminente fin, la inevitable separación. Razones habían siempre de sobra, la realidad nunca podría haber alcanzado la magia de la expectativa. Más temprano que tarde, el galán parado frente a mí se convertiría en un estorbo, y mi forma de ser ansiosa me obligaría a correr en la dirección opuesta a él.

Lo que sucede ahora es que algo profundo cambió en mí cuando me fui de Chile. Me vine lejos, tan lejos como la geografía permite, y creo que en el largo camino fui descubriendo que lo que yo consideraba una forma muy asertiva de hacer las cosas, no era más que un comportamiento en estado de pánico. A mayor distancia mayor fue la evidencia de que igual que una madre sobreprotectora, le había tejido yo a mi corazón una pesada manta de mecanismos de defensa, prejuicios y otros hilos de miedo, para evitar la vulnerabilidad de su desnudez. La hebra principal de este telón estaba sujeta a mi país, a su cultura, a mi ubicación en ella, y cuando me fui es como si hubiese tirado de la hilacha, comenzando a deshacer todo el tejido. Fue en ese estado de ser que conocí a Rolf. Lo vamos a llamar así. En un club nocturno que tiene fama de antro, que abre sus puertas los días viernes y no cierra hasta el día lunes, apareció él muy de pronto y me dijo “hello”. 4 am, muchos vodka tónica encima, y yo aún así lo encontré poco deseable y raro. Conversamos un rato en inglés, hasta que me preguntó de dónde era. Le contesté que venía de Chile –con una emoción que sólo entrega la migración y la distancia- y él me dijo yo también. No nos pudimos separar más.

Me contó cómo es que sus padres se habían auto exiliado después del golpe, que su madre había muerto cuando él tenía 17, y que estaba muy contento de un viaje que haría pronto a Chile, después de mucho tiempo sin ir. Me hablaba con un acento adorable, y yo empecé a coquetearle descaradamente. Pude notar que estaba en drogas, por cómo sus párpados se cerraban lentamente al pestañear. Seguro mi estado de ebriedad también era evidente. Lo cierto es que nos estábamos yendo en una ensoñación uno respecto del otro. Como en toda historia de amor de discoteca, las luces, el aire denso, la música y el ambiente ayudaron a que llegara el inevitable momento del beso. Pero cuando él quiso tocar mis labios, yo le ofrecí mi mejilla.

Sinceramente, Rolf no era lo suficientemente bello, tenía un lado dark demasiado obvio para mi gusto, y a pesar de haber incitado yo toda la situación, no quería que él pensara que me gustaba realmente. No quería tener que romperle el corazón después. Es tragicómico cómo las cosas resultaron realmente. Durante 6 semanas tuvimos el romance más intenso que he experimentado en mi vida. Motivado por mi negación, Rolf se las ingenió para encontrar un camino directo a mi cotidianidad, a mi psiquis, a mi emocionalidad, a mi cuerpo incluso. Aceleró el proceso en el que yo estaba, ese de descubrir mi corazón, haciendo desvanecer poco a poco mis miedos en su ternura. Me regaló cosas, nunca caras pero siempre muy delicadas, me habló de todo lo que amaba y todo lo que odiaba –que en proporción era lo mismo- me preguntó todo sobre mí, me inventó sorpresas, me invitó de viaje.

Consiguió el beso y mucho más; por primera vez el sexo para mí fue un arte en sí mismo y no una puesta en escena. Conocí a sus amigos, conocí a su padre. Lo llevé a mi casa, le mostré mi pieza. Aún así, él me hablaba de hacer cosas juntos en el futuro, y yo pensaba cómo le presentaría a alguien como él a mis papás. Expresó su opinión sobre tener hijos, yo pensaba en su falta de modales en la mesa. Me decía que quería empezar su propio negocio, y yo recordaba su último sábado por la noche y el cóctel de sustancias. Su imagen comenzó a ser un gigante espejo para mí, y por muy narcisa que yo pueda parecer a veces, no es de todo mi gusto contemplar mi reflejo con detalle ni por mucho tiempo. Nuestra conversación era como leer un diario con titulares sobre mi personalidad, y pequeñas crónicas acerca de mi psicología extraña. Y la verdad yo nunca he sido de las de leer la página completa. Me sentí incómoda, y llegaron entonces las ganas de empezar el retroceso, de iniciar la retirada, de poner la marcha atrás e irse veloz. Pero para cuando llegaron las ganas, mi corazón le pertenecía a ese misterioso hombre de rincones oscuros.

En lo que se sintió como un tremendo acto de osadía y valor decidí quedarme, mirarlo de frente, acercarme y enrollarme en él. Por un momento no me importó ninguna de las cosas que en otros tiempos fueron el filtro y el enfoque. Acepté la insensatez, el ridículo, la opinión. No me importó el protocolo ni las suposiciones. No di nada por sentado y quise tenerlo todo. Pero pronto recordé a mi frágil corazón, y recordé la forma en que lo había cuidado todo este tiempo. ¿Cómo es que ahora lo relevaba a las manos de un desconocido? Quizás en qué estado me sería devuelto. De hecho ¿cómo es que se lo pediría?

No sé en qué momento me pareció natural anudar el hilo de mi mantita de miedo y pudor al dedo meñique de Rolf. Por supuesto, él tiraría hasta ver la madeja entera enredada en el piso; es de esas personas que siempre quieren probar los límites y desordenarlo todo. Ay no, cómo iba a salir de esto ahora. Me sentí extraña. Me sentí como una niña jugando a ser mujer. Me sentí dando vueltas en círculo, persiguiéndome la cola. Mi problemática no tenía principio ni fin, no tenía razón de ser ni forma de morir. Nuestra relación se convirtió en el conflicto mismo y tuvimos que ponerla a dormir.

Yo creo que no estaba realmente lista, creo que fui ingenua. Creo que confundí ser libre con ser radical, y creo que descuide el vínculo. Fue en ese estado de ser que le pedí a Rolf que me devolviera mi corazón. Así no más. Lo encontré abierto, herido, usado. También me pareció mucho más sabio. Me contó sus historias y comenzó a actuar con una cierta madurez. Comprendí entonces que ese que me era devuelto era un corazón nuevo; uno que se deja seducir, se deja enamorar, ofrece su ternura y no deja de latir. Me lo volví a guardar con cuidado en el pecho, y en vez de cubrirlo con la cortina lo dejé respirar por encima de la ropa.

Ahora mi corazón aveces se emociona, se salta un paso, se agita, se agota. Se vuelve infantil, no calcula las medidas y es bastante desprolijo, pero vive con tanta audacia que hasta podría hacerse vulnerable sin sufrir. Se deja ver y no se avergüenza de su condición humana. Se siente aliviado, se siente ligero, se siente listo y dispuesto, porque se sabe hábil y elástico. Y puede que yo lo ceda una vez más, que lo deje caer y lo recoja por partes, pero ese será siempre mi corazón. Puede que lo sienta derretirse cuando veo a un ser con luz propia caminando por la calle, y que lo escuche sollozar cuando el sujeto se pierde entre la gente. Puede que se detenga por unos segundos cuando leo un mensaje de Rolf en el teléfono que dice que esto no es un adiós para él. Puede que se sienta apretado y tenso cuando yo le respondo que para mí si lo es. Puede que la pasen tantas cosas a este atesorado corazón, pero de alguna forma el pulso regular vuelve y los dos sabemos que seguimos vivos, que estamos bien y que estaremos mejor.

Que venga Rolf por más, que vengan otros. Que vengan nuevos y mejores, que vengan los que quieran venir.

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