Escrito por Fernanda Herrera / Ilustración por Martín Rojas L.

Cuando solo han pasado tres meses de la última vez que te vi, parado frente a mi, abrazándome y llorando al saber que era el final. Y yo, sentía como el alma se me hacía mil pedazos, al aceptar que lo nuestro había terminado. Volviendo a mas de un año atrás, a una tarde de febrero en que nos vimos por primera vez. Tu me contabas después de ese momento en que viste a la “chica del vestido verde” (o azul, nunca lo decidimos) entrando a esa iglesia en la Plaza Ñuñoa. Y yo, que te vi bailando, sin saber quien eras en el matrimonio donde todos eran conocidos y familiares. Ambos, en cada situación, supimos que era el inicio de algo.

Pero no fue hasta esa tarde que pase a verte, a tu universidad, con la excusa de querer ver a otros amigos. Luego de esos besos a escondidas en una reunión familiar, de esas conversaciones eternas por whatsapp y su coqueteo sin filtro, te vi caminando por el pasillo y no fue timidez lo que me hizo temblar, fue algo parecido al amor. Dios, cómo me hiciste reír, ser feliz, emocionarme con canciones. Dios, como me enamoraste en tan solo un primer beso. Jamás en mi vida alguien me habían hecho sentir tan poderosa en este planeta, y bueno, tan pero tan feliz. Solo con un beso todo se vino abajo. O se fue para arriba.

La historia de amor empezó a escribirse con rapidez. Eramos tan felices. Tan perfectamente distintos. Sincronizados totalmente, en el amor, el humor, la intimidad y en el todo. Hasta que llegó el invierno y resurgió mi propio invierno. Todo empezó a venirse abajo. Las discusiones, los celos y diferencias. Empezamos con los choques y la inseguridades. Esas juntas en plazas de Santiago, pensando en terminar. Llorando los dos y luego de buscar soluciones terminábamos concluyendo que nos amábamos, que solo nos estábamos agobiando frente a problemas insignificantes, como que no quería que fumaras más, que yo dejara de hablarte todo el tiempo, que tuviera una vida aparte del pololeo, que odiaba proyectarse. Y la constante idea de él de que teníamos fecha de termino, y yo con mi horrible miedo de que se terminara.

Entonces, la historia se vuelve difusa. Fueron muchas peleas, casi quiebres, pero igual los momentos de felicidad y amor seguían. Y cada día seguía enamorándome más, tanto que en mis cartas no podía encontrar las palabras para decirte el intenso amor que sentía. Pero el miedo nos ganó. El día que cumplíamos un año de ese beso en tu universidad, un año lleno de altos y bajos, de amor, llegó el tan espantoso comienzo del fin. No deseo ni recordarlo. No puedo ni siquiera recordar ese final. Solo llegan aquellas palabras a mi mente: Es que ya no quiero estar contigo. Te maldije, te grité, te dije las cosas más grotescas y llenas de odio que le he dicho a alguien que he amado tanto. No lo podía creer. Me había llevado al cielo, y de un solo golpe, tras haberme creado falsas esperanzas una semana antes, va y me golpea con sus palabras. Pero todo lo que dije, no todo era cierto. Por lo que había que juntarnos a terminar esa historia bien, porque nuestra relación había sido casi maravillosa. Casi.

Entonces, ese helado día de mayo, llegué tiritando y sudando a la azotea del Mall Plaza Egaña. ¿Por qué ese lugar? Aun no lo sé. Ahi estabas, Camilo Ignacio, sentado. Al cruzar las miradas, mis ojos explotaron en lágrimas. Tenía esperanzas de volver, pero al mirarte supe que no saldria como esperaba ese último encuentro. Necesitaba abrazarte, sentirte, olerte por una última vez, por que el fin definitivo. El último mes había sido un infierno. Necesitaba ese abrazo reconfortante que me calmaba.

“Espero que algún día te rompan el corazón como tú a mí, así sabrás que es lo que he vivido este ultimo mes” fue una de la últimas cosas que te dije. Tenía ego por el suelo, tenía rabia, resentimiento y el egoísmo se había apoderado de mi. Sentí que había perdido. Pero la verdad era que había perdido a quien más amaba en este mundo, por culpa de esos malos sentimientos. No quise mirar atrás cuando me fui caminando, llorando y destruida. No quise ver cómo te ibas, porque o sino me humillaria corriendo detrás de ti, rogándote que no te fueras. Solo me fui, para llegar a acostarme y ahogarme el resto de los días entre mis lágrimas.

Han pasado tres meses. Horribles meses, en los que cada rincón de Santiago me recuerda a ti, las canciones me hacen llorar y sin poder vivir tranquila sabiendo que no te tengo. Tanto que por un momento senti que me moria de amor. Me autodestruí. Pensé. Reflexioné. Te recordé. Hablé de lo nuestro. Lloré. Lloré y lloré. Aprendí, mucho. Ahora puedo darme cuenta de que teníamos que terminar, esa historia no daba para más. Yo me estaba pudriendo por dentro, no por tu culpa, sino que la mía. Olvidé amarme y aceptarme, con mi vida y toda la gente a mi alrededor. Me cegué con nuestro amor, y si ya venía anteriormente ciega, sin poder ver la realidad, enamorada termine por hundirme en la oscuridad. Ahora, luego de el invierno más largo de mi vida, puedo sentir verdaderamente que me estoy levantando, que estoy dejando atrás todo y la herida se está cerrando.

Aún te amo y extraño como jamás en mi puta vida he extrañado a una persona, pero cada día que paso sin llorar por ti, sin sentir ese dolor infinito en mi pecho, en que me fijo en otros, en que sigo adelante, siento que te estoy perdiendo totalmente. Ya te perdí. Veo como te se vas yendo por el camino que es la vida, y no quiero, yo aun te amo. No te vayas, por favor. Sin embargo, este primer amor jamas se ira. Y mi corazón lo dice, nos volveremos a encontrar, porque ambos lo queremos, ambos lo dijimos de como no era nuestro momento, somos muy niños aún, pero hay una esperanza de parte de ambos de volver a encontrarnos. Pero falta mucho aún. Quizás sea mañana, en un año, cuando tenga 40 o quizás en un sueño despues de muertos. Por ahora, solo quiero seguir y tratar de querer dejarte partir.

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