Escrito por C. / Créditos por imagen

Era verano, fluíamos con el calor y el pasar de los días, fluíamos como dos lagrimitas, como cuando se sopla un diente de león y este se esparce por diferentes direcciones. Aún recuerdo cuando empecé a mirarte diferente, a encontrarte algo, a hurgar en tu piel. Tú ni siquiera lo notaste, no te diste cuenta cuando algo cambió en mi mirada, ese día veraniego mutó mi alma oscilante, se quedó quieta.

De repente me vi asintiendo con la cabeza, mientras tenía una botella de cerveza en la mano. La bebí una y otra y otra vez. Te observaba, gustosa te miraba entre todos los comensales del bar de mala muerte en pleno barrio Bellavista.

Mientras el alcohol poco a poco entraba a mi sistema nervioso, pensé que estábamos sumergidos en el capítulo 7 de Rayuela: nuestros ojos se agrandaban y éramos cíclopes que se recorrían y se acercaban entre sí.

Las palabras danzaban en nuestro paladar, la lengua se enroscaba en este español burdo que no fue capaz de traducir todas aquellas sensaciones que se elevaban al infinito. Mi humanidad pesaba cada vez menos, mis piernas flotaban, mis pies se difuminaban. Toqué tu pierna por debajo de la mesa para aterrizar, eras una especie de cable a tierra que impidió que divagara hacia otros lares.

La cuarta ronda de cerveza sabía cielo, me diste un beso, mientras las luces artificiales acentúaban el carmín que recorría las paredes y nuestros rostros ebrios de pasión, estaban ávidos de aventura, de romances fugaces de una noche.

Decidimos caminar para despejar la mente. Nos perdimos entre todos los cuerpos mortales que se apropiaban de la calle con máscaras de fiesta. La Alameda vacía se convirtió en nuestra guarida, mientras de fondo sonaba Love Street. Nos deteníamos en cada esquina para tocar nuestros labios incendiados. Tu boca sabía a hierba exquisita.

“Tenemos que ir a buscar la moto para poder irnos a casa”, me dijiste con ojos dormilones. A toda velocidad, el motor del vehículo irrumpía el silencio de madrugada, pero no llegamos a destino, nunca llegamos a casa. La colisión fatal repartió nuestra corporeidad en diferentes trayectos.

Y nos derramamos, hasta desaparecer…

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