Escrito por José Rocuant

Esta noche iré a un bar.

Cualquier bar.

Uno que esté cerca.

En ese bar conoceré a una mina que se llamará X y tendrá veintiún años.

Estará en el bar esperándome, aún sin conocerme.

Nos veremos y en el instante sabremos que estamos ahí buscando y esperando al otro.

La invitaré a un vodka y ella comenzará a contarme su vida de veintiún años. Me contará que nació en un campo del sur. Que creció con sus abuelos. Que fue hasta octavo en la misma escuela, la que estaba a la orilla del camino, a la que iban todos en ese pueblo del sur. Que después tuvo que irse a un liceo de una ciudad más grande, porque la escuela llegaba sólo hasta octavo. Que durante la media no le pasó nada interesante. Que mientras la vida de sus amigas se convulsionaba a ella no le pasaba nada. Que no conoció a nadie que valiera la pena. Que nunca ha estado con nadie.

Que soñaba con conocerme.

También me contará que ahora estudia en una universidad estatal en la capital. Que ya no vive más en el sur. Que arrienda un departamento en el centro y que lo costea con ayudantías y hartas horas de trabajo en la biblioteca. Que le va bien. Que se saca buenas notas. Que lee todas las noches antes de dormirse.

Me tomaré tres piscolas mientras me dice todo eso.

Después me la llevaré a mi departamento y nos acostaremos.

Después no hablaremos más.

En la mañana se irá antes que yo despierte.

No dejará su teléfono anotado en una nota pegada al refrigerador.

La buscaré por meses deambulando en todas las universidades estatales de la capital. La esperaré en todas las bibliotecas de la ciudad. Incluso iré al bar donde nos conocimos. Iré varias noches a la semana.

Me la encontraré varios años después caminando por la calle en un día lluvioso. Ninguno de los dos llevará un paraguas. Nos miraremos y nos reconoceremos. Reconstruiremos nuestras vidas en ese instante. Correré a abrazarla y la sostendré en medio de esa calle. Le diré que la busqué, le diré que la esperé.

Qué aún lo hago.

Se irá a vivir conmigo.

Le leeré todas las noches. Le cantaré poemas que le habré robado a un tipo en la calle. Poemas de batallones y muerte y soledad y delirio y abismo.

Iremos a ver a Planeta No a un bar —otro bar, uno distinto al que nos conocimos, ese bar ya habrá cerrado, ya no existirá. Nos abrazaremos mientras Gonzalo canta El campo. Bailaremos cuando toquen Maricón Zara.

Un fin de semana iremos a la playa.

Miraremos el atardecer sentados en un acantilado.

Me dirá que cada estrella es una puesta de sol.

Nos quedaremos abrazados hasta que amanezca.

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