Escrito por Anónimo / Ilustración por Martín Rojas

Durante nuestra época de mechones éramos bien amigos, pero cuando él comenzó a plantearse dejar la carrera por otra más artística, ya no lo éramos tanto. Nos habíamos distanciado y nuestros círculos de amigos ya no eran los mismos. Tal vez porque terminé por entender que él era un alma libre y que no correspondía que yo quisiera ponerle una gran cadena con un gran candado, mientras se arrastrara tras de mí. Porque yo no lo quería para darle amor exclusivo de la más fina calidad. Yo sólo lo quería como un lugar en donde depositar toda mi pasión gay que mi hetero/bisexualidad diurna no me permitía plasmar.

Hace poco que habíamos vuelto a hablar por Facebook. Pero me bastó una botella de Stolichnaya, dos pizzas y un primo bueno pa’ incentivar maldades, para que tras mandarle un inbox diciéndole “Oye te tengo ganas” las cosas se pusieran incómodas nuevamente. Pero esta historia empieza unos tres años atrás. Era el año 2013 y como los Hermanos Computadores de Paine me vine del campo a la ciudad…ya si tampoco es tan campo la hueá, pero se entiende la idea: del sur a la capital.

De Santiago no conocía nada. Ni gente ni lugares. Si hay alguna canción que hubiese definido mi vida en esos momentos, seguramente habría sido “Funky Town”: imagínense, “tu tu tum tum tum, tururu rurú”, y mi cara sorprendida mirando los edificios metropolitanos mientras la cámara me hace un contrapicado. Cada lugar, cada situación, eran nuevos para mí y, en extremo, alucinantes. Como llegar al Jumbo, con tu cara pasá a leche y PSU, pasar con 42 lucas de copete por la caja y que la hueá fuera lo más normal del mundo. O que el almuerzo de cada día te ofreciera la oportunidad de llenar tu corazón de colesterol en los carritos afuera de la U o en el Kentucky del Portal Ñuñoa.

El tema es que fue en una de esas idas al mall, que más tarde se convirtieron en ritual después de clases, que me habló por primera vez.

– ¿No extrañas tu casa, tu familia? -me preguntó con su delicada voz.

–No- le dije. Era como en Billy Elliot, cuando Billy le dice a su profe de ballet que la va a extrañar. “No” le dice ella, “no me vas a extrañar, vas a andar afuera en el mundo conociendo muchas cosas nuevas”. Él me quedó mirando y me dijo que era una bonita película. Pero que era una película. Que no tuviera miedo de extrañar. Y desde ese primer momento que no dejé de pensar en él.

Los meses pasaron y finalmente armamos un grupo de amigos con los que aperrábamos juntos para ir a carretear a donde fuese que se nos ocurriera ir a carretear. No importaba el lugar, sólo tenía que haber música, copete y mucha, mucha gente. Y cada salida terminaba con nosotros durmiendo en algún departamento de algún amigo. La primera vez que dormimos bajo el mismo techo, dormimos solos sobre la misma cama. Él se sacó los pantalones, mientras yo me los dejaba puesto. Y me empezó a abrazar, a acariciar, porque ya era obvio que yo le tenía ganas y él lo sabía. Pero yo sólo me dejé querer. No hice nada más. No lo besé ni lo abracé de vuelta. nada más pasó. Sólo me dejé estar, ahí, sintiendo su respiración en la oscuridad santiaguina entre los miles de edificios que se veían por la ventana.

Cada día que pasábamos juntos, nos hacíamos más cercanos. Hablábamos de nuestros mundos interiores y disfrutábamos de las excentricidades que nos ofrecía Santiago y esta nueva vida, desde una perspectiva conjunta que me hacía sentir como que éramos uno. Al llegar la segunda vez que nos encontramos en una cama, un poco ebrios, un poco cansados, estábamos rodeados de más gente. Sutilmente lo abracé bajo las tapas y así nos quedamos dormidos, hasta que despertamos en medio de la noche y comenzamos a besarnos. Yo, muy ebrio, chocaba a cada rato con sus dientes. La posición no me permitía estar quieto y el cuerpo me iba de un lado a otro. Pero él, Dios, él sí que sabía cómo besar y cómo jugar contra las adversidades de un besador 500% más borracho que él.

Nunca había besado a un hombre. Y no es que en algún momento de mi vida no me hubiese planteado ser gay. Porque lo pensé, pero sencillamente no lo era. Porque a diferencia de como creyó un hueón en una disco, decir “soy bi” no era el primer paso para terminar siendo gay. Yo sí era bi. Sí, soy bi. Aunque igual a veces pienso “y si soy gay y ya, nada de bi ni qué se yo”. Pero no. Luego recuerdo que me he pasado cuatro años tratando de olvidar a un mina que tal vez nunca olvide. Porque tal vez la lección que sacamos de todo esto es que uno nunca olvida, sino que uno convive. Armoniza, embellece, sintetiza. Pero olvidar jamás. Ese es un lujo que no nos podemos dar.

La última vez que estuvimos juntos en una cama creo que yo había madurado. Tras mucho reflexionar, me había dado cuenta que no era sano que en mi cabeza solo rondara su nombre y que cada oportunidad fuese una excusa para pensar en él. Que cada vez que lo abrazara al saludarlo mi corazón se detuviese y que captar su esencia fuese un placer único enviado desde el mismísimo cielo. Porque no se trataba de amarlo, sino que se trataba de desearlo con tantas fuerzas que durante un buen tiempo fue la única obsesión de mi vida. A todos les hablaba de él. Y SEGURO que más de alguno se dio cuenta de que yo estaba empezando a jugar para los dos bandos. Porque por favor, uno se conoce, y a mí, esta hueá se me nota.

Estábamos en esa cama. Una que tantas veces nos había recibido. Y estábamos los dos con bóxer porque nos habíamos mojado con la lluvia torrencial que provoca diluvios estilo 2012, la película + arca de Noé en Santiago. Y me abrazó. Y yo me di vuelta. Y nos miramos. Y él me preguntó si conocía una canción de amor que decía así. Y yo le dije que no. Y mientras lo miraba fijamente a los ojos supe que la decisión que tomaría sería motivo de arrepentimiento por mucho tiempo. Y entonces le dije “buenas noches”, y me di vuelta, y me dormí.

Hasta el día de hoy me arrepiento. Tal vez sí sentía cosas reales por él más allá de la calentura. Tal vez sí quería algo más de él, además de una “noshe de pasión”. Tal vez hoy sería feliz si me la hubiese jugado por algo más. Tal vez si siguiera sintiendo su cabeza apoyada en mi hombre y sus manos tocando mi espalda, me sentiría más completo. Pero lo conocí en la universidad y desde el momento en que dejó la carrera no lo he vuelto a ver.

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