Escrito por Anónima / Ilustración por Catalina Bodoque

A veces el amor no es suficiente y no entiendo por qué. Todo terminó de una forma que no le deseo a nadie. Yo pidiéndole (luego de meses de no saber nada uno del otro) que nos juntáramos a hablar, que yo necesitaba decirle algunas cosas para sentirme mejor. Me dijo que sí, pero no respondió a la fecha que le propuse. Le pregunté el mismo día qué iba a pasar y no respondió. No era por falta de motivos que él no quería juntarse, era por falta de interés. Hasta ese punto creí que las cosas no podían ser peor, pero entonces descubrí en él tanto egoísmo y tanta decepción que me llegó a dar asco.

No quería molestarlo. Sabía que él ya había estado haciendo lo suyo con (muchas) otras chicas. Que tenía su vida aparentemente equilibrada. Todo iba bien, pero eso nunca es todo. Siempre hay una parte que termina simplemente desintegrándose sin tapujos y, desgraciadamente, creo que yo terminé tomando ese papel. Cuando nos conocimos (en julio 2014) todo iba bien, pero nuestro tipo de relación era compleja. De a poco me empecé a guardar cosas, a reciclar dudas y aguantarme lo que mi mente me permitía.

Desde que todo empezó a ir a pique lentamente (octubre 2014), las cosas cambiaron rotundamente para mí. Cada vez me esforzaba más en fingir, en intentar sentirme normal, como que nada me afectaba. Pero como hacerlo con el yendo y viniendo, desapareciendo y hundiéndose en los cuerpos de otras personas de cuando en cuando. Ir y venir, eso era lo nuestro, ir y venir más lentos y enredados. En medio de todas estas crisis y tiempos esporádicos sin hablar, teníamos encuentros fortuitos en que admitíamos el miedo que teníamos uno del otro, de entregar demasiado, pero que no podíamos evitar sentir que ese vacío que siempre hemos sentido, se llevaba al tomarnos de las manos, o sincronizar la respiración al mirarnos o besarnos en los ojos, o simplemente estar ahí, contemplándonos.

Habíamos dejado definitivamente de hablar en julio de 2015 luego de que me hablara ebrio para verlo esa noche, la noche de su cumpleaños. Inventé una historia y le dije que no, que no podía. Ese fue su último mensaje. Pasaron meses y yo seguí sabiendo de él y sus parejas, con las cuales se paseaba por todo evento o mostraban en toda red social posible (algo que nunca hizo conmigo). Mientras eso pasaba yo buscaba pieles de arriendo, buscando su aroma en otros cuerpos, buscando alguien que llenara su espacio, pero no resultaba. Me empecé a engañar a mí misma. Hasta que todo implotó desde lo más profundo de mi.

Hace poco (marzo 2016) algo extraño pasó una tarde en que limpiaba mi departamento. Estaba frustrada, el pecho se me apretaba y me empecé a sentir extraña, arrancada del plano. Entonces empecé a llorar, a llorar como si tuviera cuatro años. Me temblaban y sudaban las manos. Fue mi primera crisis de pánico. Fue así cómo se repetían una vez por semana. Pero el resto de los días me sentía mal. No quería nada con la universidad, me agobiaba ir a lugares con mucha gente y tenía una constante sensación de miedo injustificado. Hablando con un amigo me contó su experiencia con ese tipo de crisis. Necesitaba ayuda, así que me empezó a preguntar cosas como si tenía problemas con mi familia, con la U o con alguna persona. Hablando empecé a soltar todo: me sentí agobiada y vulnerada por todas las dudas que este tipo de relación me dejó.

Y aquí vuelve el principio de lo que contaba: le hable y no respondió. Nunca he sido fiel creyente de que hay tiempo al tiempo, que este pasa y cura cada herida mal calculada. Sin embargo, el tiempo ha servido para dejar ir las dudas que guardaba hasta en el último rincón de mi corazón. A dejar de cuestionarme todo lo que quizás hice mal, todo lo que él hizo mal, lo que no vi, lo que no súper arreglar. El tiempo no ha hecho nada en mi más que dejarme entrever que cambiamos, pero nada ha sanado. La herida sigue abierta, solo que ha detenido el sangrado. A pesar de todo, sigo imaginando inconscientemente su silueta entre gente que no me importa. Lo he encontrado entre fiestas sin sentido o marchas, dónde una mirada de un lado a otro paraliza y silencia el espacio completo.

Lo necesito más cerca y superar esa confusión de pena, nostalgia y rabia que me invade cuando lo veo, necesito superarla para hablarle. Para decirle que me perdí, que me ahogué en agua salada y entró para hacerme arder las heridas que nos producimos. Para decirle que no sé si en el fondo de él sigue la persona que en algún momento creí conocer, pero que lo necesito, para un último abrazo, un último llanto, un último te quiero y así dejarlo ir. Cuando la herida se hace entre dos, la cicatriz se construye en la medida que la voluntad para dejar ir el daño sea mutua. Sé que él también tiene heridas producto de esto, no soy la mejor, sé que también le hice daño, pero quiero cerrarlo.

Ha pasado casi un mes desde aquel mensaje, pero recién hace unos días se atrevió a dejarme el «visto»… No sé qué pensar, aún duele.

No Hay Más Artículos