Escrito por Rayen / Ilustración por Dieresis

En el liceo (hace varios años atrás) tuve varios amores, la mayoría platónicos de marchas o de algún carrete entre liceos emblemáticos, algunos se concretaron en algo real y otros quedaron sólo en lo platónico. Pero hubo uno que hoy recuerdo con un cariño especial.

Ambos íbamos a liceos emblemáticos, tomábamos la micro en el mismo paradero y seguíamos el mismo recorrido del metro. Nos empezamos a encontrar de forma periódica, de hecho casi todos los días, cruzándose una que otra mirada. La verdad es que no sé cuánto tiempo duró esta dinámica, me atrevería a decir que un par de años. Cada uno con su vida pero teniendo la seguridad que cada mañana a la misma hora nos encontraríamos en el lugar de siempre.

Al pasar el tiempo, comencé a idear planes para hablarle. Por ejemplo, sentarme cerca de él, pasarle un papel o cualquier tipo de acercamiento que nos hiciera romper el hielo. Hasta que un día en la tarde (yo muy cansada luego de pruebas y cosas varias) sentí que alguien me tocaba el hombro. El chiquillo del metro se me adelantó, se armó de valor y me entregó un papel con su facebook.

Comenzamos a hablar y nos juntamos un par de veces pero no fue lo mismo, me di cuenta que cada uno tenía una construcción del otro en la cabeza y que al estar juntos, éramos dos extraños. Yo conocía al chiquillo del metro y él a la niña del paradero.

Finalmente nunca resultó, después de unos años sin saber nada de él -luego de que entré a la universidad y me cambié de casa- nos encontramos en la micro, cruzamos miradas igual que cuando éramos secundarios. En ese momento sentí en lo más profundo de mi corazón que volvimos a reconstruir la fantasía de amarnos como si no nos conocieramos y soñar con algún día hablarnos para construir una historia verdadera.

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