Escrito por Holly Jolley / Creditos por imagen

La típica risita de principio de año escolar se vio interrumpida de pronto por una luz que se abría paso a través del umbral de la puerta de la sala. Una luz fuerte, más potente que todas las armas luminosas de todos los villanos de Star Wars juntas. Era el nuevo profesor Martín, que con su bolsito de presumible contenido literario, su barba que intentaba volver ruda y seria la cara de alguien que sigue disfrutando de ciertos monos animados y su chaleco calipso probablemente escogido por su mamá me hicieron sentir que toda la galaxia estaría segura.

Lo supe instantáneamente: el profesor Martín era el jedi del amor y yo sería su discípula. Me sentaba con mis amigas en la fila de más atrás. Éramos una versión menos mala de las cheerleaders rubias malas de las películas gringas (la verdad éramos cero malas, y hablábamos de My Little Pony 3/4 del día). Inmediatamente les conté de mi enamoramiento y se lo tomaron como una broma. ¿Qué hombre razonable, hijo de la literatura y la docencia iba a pescar a una niñita de cuarto medio? (Y si lo están pensando, no. No me veía rica con uniforme. Así que no tenía por dónde.)

No había otra que asumir mi desdicha romántica estudiantil y seguir con mi vida, obviamente sin dejar de poner toda mi atención en las clases de lenguaje y acechar al profesor como lo haría un híbrido entre una pantera y Sherlock Holmes. Nunca tuve que acechar demasiado porque era fácil hablar con él. Siempre estaba caminando por el patio o se quedaba un poco más en la sala para tener conversaciones filosóficas con mis compañeros.

Me di cuenta que, a pesar de mis intenciones obsesivo compulsivas, podíamos entablar una conversación “normal” sobre libros, perfumes de famosos, tipos de anfibios y esas cosas que preguntan en Quién Quiere Ser Millonario… O sea, sobre casi todo. Me volví descarada. Le gritaba cosas vergonzosas en el patio, tipo “wachito rico”, “quien fuera Jumbo para darte más” (no sé si de verdad le dije ese, pero está bueno), “casémonos”, etc. Este hombre luminoso tenía claro que me gustaba demasiado. ¿Por qué no me decía nada?

Decidí ir más allá y lo invité a la fiesta de graduación de cuarto medio. ¡Hasta le dije el color de mi vestido para que combinara con su corbata! Aunque estuvo totalmente de acuerdo en lo bien que lo pasaríamos juntos esa noche, no le importaron mis ilusiones y me dijo definitivamente que no. El año se terminaba y el lado oscuro iba ganando. ¿Donde estaba la Fuerza? Ninguna espada láser me salvaría de terminar como Bridget Jones: miserable y tomando helado con una cuchara sopera en la tina.

Llegué a asumir que nunca más vería al profesor Martín, al menos no en esta dimensión (porque demás que en alguna otra dimensión estábamos casados y de luna de miel en Roma o algo así). ¿Por que nací en esta dimensión tan pésima? Después de la licenciatura no lo vi más. Extrañaba sus frases tan sensuales como “bueno, según Borges” o sus misteriosas menciones a los simbolistas franceses del siglo XIX. Todo se veía tan lejano, tan ausente… Hasta que llegó la notificación de Facebook que cambiaría mi destino.

El profesor Martín aceptó la solicitud de amistad que yo le había enviado meses atrás. Desde ese momento la cuestión no paró. Teníamos larguísimas conversaciones por inbox. Me ponía de un intenso color rojo sangre-marxista-carmín-tomate-langosta-gringo quemado en la playa cada vez que me mandaba algo, aunque fueran cosas sobre radares o ballenas o Jerry Seinfeld o la constitución o las nutrias. De verdad que para mí todo era romántico (incluso lo de las nutrias).

No vayan a pensar mal de este hombre de 28 años. Él se come todas sus verduras y se pone diariamente bloqueador. Jamás me dijo nada jote, desubicado o fresco. De verdad él no quería nada conmigo pero aun así podíamos tener conversaciones muy entretenidas. Con uniforme de colegio no se notaba, pero yo igual tengo un buen poto. Eso gracias a un deporte muy bacán que se llama acrobacia en tela. Tenía mi presentación de fin de año y decidí invitar al profesor Martín, quien presionado por una bff del colegio (¡grande Pili!) aceptó asistir.

Ya, hasta ahora había omitido un detalle un poco importante pero no tanto. Yo tenía un pololo que era re-buen tipo, pero bastante fome y latero. No piensen mal de mí. Yo jamás le oculté mi pasión ferviente por el profe Martín. ¿Qué le costaba patearme? Resulta que después de la presentación de tela terminamos comiendo sushi con mi pololo latero, mi amiga Pili, el profe Martín (que llevaba un chaleco con un conejito azul) y yo, que pensaba mil cosas juntas. “¿Le gustaba yo también al profesor Martín? ¿Aceptó la ida al sushi solo porque tengo un buen poto? ¿De verdad tengo buen poto o lo estoy inventando? Ay, se ve tan mino con chaleco de conejo. ¿Por qué cresta venden sushi de cheesecake? Ya, si igual es rico. Tiene frambuesa”.

Después de tantos pensamientos profundos concluí que tenía que seguir joteándome al profe Martín, así que saqué toda mi artillería. Me puse como 10 kilos de rímel, me pinté las uñas y me encargué de que fuera al cumpleaños de mi tan mencionada amiga Pilar, donde me comí compulsivamente todas las galletas con queso crema. Llegó mi invitado estelar y estuvimos juntos toda la noche, comentando las temporadas no tan buenas de “Criminal Minds “y los conflictos marítimos internacionales recientes. También cantamos canciones de Radiohead en un piano y todo fue como una película romántica de Rachel McAdams (pero sin viejos con alzhéimer).

Ya era pleno verano y yo necesitaba hacer lo que todos nosotros, simples mortales, hacemos para financiar nuestras vidas: tener un trabajo fome y sobreexplotado, aunque en mi caso resultó divertido, bien pagado y fácil. Consistía en sonreír, ser linda y oler a bronceador caro en una farmacia con excelente aire acondicionado. Como tenía demasiado tiempo libre, hablaba todo el día con el profe Martín y cuando no estaba en eso leía “Madame Bovary” para comentarlo con adivinen quién… ¡Sí, el profe Martín! Se estaba poniendo intensa la cosa. Las conversaciones por celular se convirtieron en visitas con excusas pésimas como “tengo que ir a ver algo de mi isapre y es justo donde tú trabajas”, ”tengo que comprarme un libro y aunque lo venden en todo Santiago, Chile, América y Nepal, tengo que comprarlo cerca de tu trabajo, ufff qué coincidencia”. Me venía a ver prácticamente todos los días. Salíamos a comer a lugares no baratos con meseros de nombres chistosos y hasta nos dimos regalos de Navidad.

¡Obvio que yo le gustaba! ¡La raja! Un día cualquiera en mi súper trabajo recibí uno de tantos mensajes del guapetón profe Martín. Parecía uno sobre los temas variados de siempre, en este caso libros y puertas de farmacia (¿ven? muy variado), solo que esta vez ese menjunje de cosas se transformó en algo demasiado bonito, demasiado de su estilo: la mejor declaración de amor por internet de todo la historia. Quedé en shock, no podía creerlo. El profe Martín me estaba diciendo que yo le gustaba, así tal cual, y era tan bacán que ni siquiera me molestaba que no hubiera sido en persona. Onda, imagínense todos los emojis de gatitos enamorados y caritas felices del mundo. Yo sentí todos esos emojis.

A partir de eso todo fue un lecho de rosas, o más bien de pizzas, porque comimos mucha pizza (igual no subí de peso y seguí siendo fabulosa). La máxima expresión de amor y pizzas fue en el Chuck E. Cheese, donde en reiteradas ocasiones fuimos cuestionados por los empleados que nos encontraron muy viejos y raros como para estar ahí o niñas católicas de 7 años que que al saber que no creíamos en Dios nos dijeron que éramos raperos y gays. A pesar de la persecución etaria y religiosa, igual jugamos en las pelotitas de colores, cambiamos nuestros tickets por bigotes falsos autoadhesivos, fuimos a los juegos de dinosaurios y a todas las maravillas del mundo moderno que ofrece ese lugar (juro que el ratón Chuck no me pagó ni un ticket por decir estas cosas).

Horas después de hacer mezclas pésimas de bebida, de ver animales cantantes robot y de sentir mucho olor a pie de niño, decidimos avanzar hacia el futuro. Sentí el despertar de la Fuerza, el Halcón Milenario que despegaba magistralmente, Han Solo disparando y Chewie gruñendo de emoción, todo eso en mi interior. Hicieron fiesta en cada planeta de la galaxia porque el profe Martín ya no era mi profe sino Martín, dándome un beso que selló nuestro destino en el universo. Las fuerzas oscuras fueron totalmente destruidas por las conversaciones ñoñas, las pizzas y el amor.

Como esto es una historia real, termina con un fondo negro y letras blancas que dicen: “Actualmente Martín y Holly son una feliz pareja de pololos. Se les ve riéndose de las posturas que adoptan los maniquíes en las vitrinas del mall, bailando vals por las calles, cantando canciones sobre patos en la laguna de la Quinta Normal y rodando por los pastos de muchos parques. Llevan todo un año relatando esta historia, que ahora quisieron compartir por escrito”.

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