Escrito por Peces en la cabeza

En esta historia llamaré K a la mujer que se llevó mi dosis diaria de amor propio dentro de su apretado bolsillo lleno de migas de yerba. La llamaré así porque es más eficaz decir que sólo su nombre se forma con una letra, una letra que ni siquiera es suya porque es de esas que se niegan a hablar de cómo se llaman.

El día que la vi cruzar la calle a lo lejos descubrí que era yo lo que le hacía falta para curar un opaco negro de sus ojos, algo que cualquiera llamaría amor a primera vista. No era amor, era gusto, como observar un pez beta erizarse frente a un espejo.

Todo nos fue bien hasta el momento en que ella quiso creer (o debería decir dejar de creer) que no era lo suficiente para mí, que sus inseguridades pesaban más que lo que yo le estaba dando, que mi cara de pastel enamorado se parecía más a una odiosa expresión de cansancio.

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Para continuar debo decir que K fue la primera mujer en mi vida con la que sostuve una relación amorosa, a la que le presenté a mi abuela (homofóbica), a mi hija y a mi papá. El primer año parecía una amalgama de cursis melodías, donde el sol salía siempre aunque lloviera. Pero después la lluvia se comió al sol y, sin saber muy bien porqué, terminamos reducidas a truenos estrepitosos.

Esperé de ella tres años más un lance al vacío vertiginoso, una resignificación de todo lo que me había prometido, y ante todo las ganas que sostuve por construirnos juntas habían desaparecido hacía tanto tiempo que en el esfuerzo por recuperarlo se hicieron invisibles. Besaba, abrazaba y le sonreía a un fantasma agresivo.

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El amor es un salto abismal que promete una lección al final, y por eso esta, mi historia de amor, se desvela entre palabras que nunca debí usar para corregirme. Al final de todo, enseñarme que ni ella ni yo estábamos hechas para estar juntas y que, al fin y al cabo, pude haber sido todo lo que ella creyó que fui sin que siquiera se diera cuenta porque podía más su cabeza sin cerebro que mi presencia ante sus ojos negros llenos de petróleo.

No fue sino hasta dejarle, soltarle, rogarle que haga lo mismo, que descubrí que el amor se trata de no saber lo existente, de ignorar que éste hace eficaz cualquier movimiento. No fue hasta que dejé de buscar, que encontré lo que anhelaba.

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