Escrito por matildecorazón / Ilustración por Catalina Bodoque

Recién cuando lo estaba esperando en una banca de la plaza España le tomé el peso a lo que iba a suceder. Sentí que el cuerpo se me paralizaba y unas fugaces pero intensas ganas de encerrarme en un baño a llorar y cagar. Pero me calmé y seguí fingiendo que leía el libro que tenía entre las manos, pero mirando disimuladamente a cada micro o taxi que se detenía cerca, hasta que lo vi, esperando a cruzar la calle en un semáforo, mientras hacía algo en su celular.

No me vio, así que seguí fingiendo mi lectura. No era que quisiera darle una imagen mía de intelectual ni nada por el estilo, sólo quería evitar ese espacio de tiempo que hay cuando dos personas se reconocen y caminan hacia el otro para juntarse y no saben cómo mirarse o si decir algo. Cuando calculé que debería estar cerca de mí, levanté la mirada y puse cara de sorpresa. Él no puso cara de nada y me hizo sentir que sólo me estaba haciendo un favor o concediéndome un capricho.

Caminamos un rato. Él no habló mucho al principio, nos hicimos las preguntas aburridas de rigor “¿Qué estudiaste?”, “¿Aún eres amigo de ese pendejo colorín?”, “¿Tu hermana sigue viviendo en Estocolmo?”, hasta que ya se nos acabaron las preguntas vacías y nos quedamos en silencio. Me sentía culpable de esa situación tan incómoda, porque yo lo contacté innecesariamente después de 10 años, y le dije que nos juntáramos en esa plaza cuando ya no teníamos nada que nos ligara. Podría perfectamente haber pasado por Mendoza igual que tantas otras veces lo hice antes, sin avisarle, y sólo recordarlo y buscarlo inútilmente entre la gente. O quizás sí, algo podría ligarnos, porque aún tenía una esperanza de encontrar en él algo del adolescente que me había hecho vivir tantas aventuras cuando yo ni siquiera alcanzaba mis quinces, algo tenía que haber, pero ya empezaba a creer que era sólo era una idea obstinada, una salida imaginaria de mi soledad.

Pero fue él quien volvió a dar ánimos a esa idea cuando rompió el silencio preguntando: “¿Te acordás por qué decidiste sacarme de tu vida?”. Ahí estaba el adolescente, con todos sus rasgos sonriendo de forma inocente, y sentí que había vivido todo este tiempo para volver a ver ese gesto para mí. Sí, obvio que me acordaba del motivo que me llevó a deshacerme de su compañía, motivo que ahora me parecía insulso, pero más insulso era estar ahí diez años después con una parte del corazón queriendo reparar el daño. Yo tenía catorce, él dieciocho. Mi mejor amiga estaba enamorada de él y me lo presentó para que le ayudara, porque el chico parecía no reaccionar a ninguno de sus intentos.

De Santiago, viajé a Mendoza con mi familia, y como ya hablábamos tanto por MSN, le dije que nos juntáramos. Como amigos, claro, porque nunca tuve intención de hacer daño. Sí, no podría negar que en un principio me pareció bonito, unos ojos azules profundos y rasgos muy masculinos con gestos de niño. Pero eso no fue lo que me unió a él. Al poco rato de estar con él me di cuenta que estaba conmigo, o con la parte que más quería de mí, dejando a un lado todos esos defectos asquerosos míos, él tenía mi humor, mi forma de ver la vida, pero sobretodo, mi manera de amar.

Perdí a mi amiga y me hice la peor fama en el colegio, apenas en octavo básico. Constantemente me sentía destruida, pero él siempre encontraba la manera de mentir en su casa y venir a Chile, aunque era invierno, y no siempre estaba el paso fronterizo abierto por las nevazones. Nos tocó difícil, pero no era razón para detenerse. “Yo te espero siempre” le decía. Porque cuando tienes esa edad y ni siquiera tienes amigos, la oscuridad se extiende por todas tus entrañas, y ahora más adulta, me atrevería a decir que es un suceso irreparable. Pero ahí no lo sabía, pensando que esos momentos de extrema tristeza sólo eran la respuesta a su ausencia, que si pudiéramos compartir la misma ciudad, la misma casa, el mismo punto en el universo, todo, absolutamente todo amainaría dentro de mí. Y esa idea adolescente sólo me hacía amarlo de manera más intensa, a necesitarlo y confiarme en él de una forma tan inocente, incluso enferma, que jamás podría volver a experimentar en la vida.

Pero un día pasó algo extraño. Estábamos en mi departamento y mis papás habían salido. En realidad, él sólo podía venir a mi casa cuando mis papás no estaban, porque eran muy conservadores, el resto del tiempo se quedaba en casa de amigos nuestros y hasta durmió en la calle una que otra vez. Nos estábamos besando y comenzamos a desvestirnos por primera vez, me sentía físicamente impulsada a hacer todo lo que estaba haciendo, sintiendo que él era todo lo bueno, lo único bueno, que me iba a ir a Argentina cuando terminara el colegio, que ya no quería nada sin él, pero sin embargo me detuve y lo empujé, le dije que no quería ya nada, que por su culpa ya no tenía amigas, que era incapaz de ser amada, que él sólo venía a Santiago para intentar tener sexo conmigo, que yo ni siquiera sabía qué hacía él en su ciudad. Él negaba todo, estaba confundido, no entendía qué pasaba, me pidió disculpas por haberme tocado, me juró amor, con sus ojos claritos y su cara de idiota hermoso me juró amor, y yo no lo tomé. Lo eché de mi casa, y al irse lo borré de MSN, ni siquiera supe si volvió a Mendoza.

Quizás esa noche durmió en la calle. Quizás tuvo que esperar en la nieve a que abrieran la frontera. Quizás llegó a su casa a llorar. Pero yo era niña socialmente, pero con el corazón de una mujer, y no supe recibir esa forma de cariño tan sincera e intensa porque no me enseñaron a sentirme querida así. Me reí. “Era chica, perdóname”, le dije. “Te perdono, pero me hiciste llorarme toda la cordillera”. Sentí en su corazón, otra vez, la parte bonita del mío.

–¿Cuánto te quedás por acá?

–No sé, dime tú.

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