Escrito por Anónimo / Ilustraciones por Cfeg

La ciencia dice que te demoras 8,5 segundos en enamorarte y yo le creo. Le creo porque cuando llegue el primero de marzo a mi trabajo, corriendo porque iba con el tiempo justo y tenía que cambiarme las tillas y el cortaviento fluorescente con el que iba en la bicicleta para poder verme como una profesora decente, lo vi a la pasada. Era alto, demasiado bonito para estar ahí donde nunca había nada nuevo, tirao a rubio, ojos claros, demasiado dulce, incluso para notarlo en esos 8,5 segundos que me enamoré.

Entré a mi sala rápidamente a ordenarme y con unas ganas incontrolables de acompañarlo, de conversarle, de protegerlo, de preguntarle todo, de mirarlo. Tanto así, que se me olvidó que soy una persona naturalmente tímida, que no inicia conversaciones, que olvidó la idea del amor romántico porque se siente espléndida con la vida que lleva y consigo misma. Se me olvidó todo, me demore unos segundos en verme decente y salí a saludarlo.

Estaba solo mientras todos los demás colegas conversaban en sus grupos habituales. No tuve necesidad de preguntar el nombre ni que hacía porque lo tenía escrito en el delantal. Le expliqué quién era y que (sintiéndome la persona más afortunada del mundo) íbamos a trabajar juntos. Ahí decidí que iba a hacer que se sintiera cómodo. El primer día en cualquier parte es difícil siempre, así que hice todo lo que mis escasas habilidades sociales me permitieron y a él pareció agradarle porque no se despegó más de mi lado. Enganchamos altiro, quizás porque él es demasiado amable como para llevarse mal con alguien.

Pensé que era tan perfecto, que era imposible que estuviera soltero. Entonces, como buena investigadora, observé sus movimientos con el celular durante el día y descubrí que se escribía con alguien a quien le tenía un nombre muy cariñoso. “Es su polola” me dije. Al final del día me pidió el wsp, por si necesitaba informarle algo de la pega, así que con su nombre y apellido pude investigar más a cabalidad su situación sentimental.

Claro, tenía polola, era obvio. Odié la situación porque desde que lo vi, sabía que iba a quererlo, que no era algo que pudiera elegir y luego me tranquilicé pensando en que estaba bien, que yo podía quererlo así, sin pretensiones. No me equivoqué porque cada día me gusta un poco más, porque ahora que lo conozco solo reafirmo mi postura de todo. Cada día pienso que es el más guapo, más dulce, más amable, más simpático, más inteligente y más todas las características que a mi me parecen maravillosas en un otro.

Yo le gusto también. Lo sé por la manera en que mira, porque se preocupa por cada detalle, porque hace un montón de cosas por mí, más de las necesarias. Lo sé porque me abraza de forma espontanea. Lo sé porque me lo dice la gente y, porque al parecer, yo soy mejor que él disimulando. Un día una amiga soñó conmigo, que tenía hijos, que eran hermosos y vio al papa de los bebés. Cuando me lo describió, era exactamente como él, le mande una foto y dijo que era él. No creo que sea vidente, pero algo significará… Sería bonito, pensé.

No espero nada. Soy feliz con verlo, con que me diga que soy bonita, con que me hable cosas banales por wsp, con que me pase la mano por la espalda de vez en cuando, con que tenga gestos amables, con que me mire con esos ojos dulces y brillantes. A veces pienso que es injusto que él esté con alguien, me imagino la vida con él, que lo desordeno, que me equilibra, que nos complementamos. Pero eso no significa que yo vaya a hacer algo porque tengo como ley de vida no hacer lo que no me gustaría que me hicieran. Así que no le coqueteo ni nada por el estilo. No quiero provocar que nadie salga lastimado.

Quizás un día su relación no funcione más porque no encajan, quizás un día se de cuenta de lo que nos pasa, pero en general la vida no es tan simple, ni tan ordenada. Yo no sé lo que vaya a suceder y está bien. Ya aprendí a soltar un poco las cosas, lo que no se puede controlar, que fluya…

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