Escrito por Oriana Miranda / Ilustración por Hola Nico González

Al Colombia lo conocí en mi fiesta de cumpleaños. La verdad, ya lo había visto un par de veces en la casa de un amigo en común donde él se estaba quedando. Ese día busqué en varias tiendas una torta a la altura de mi cumpleaños, pero ninguna me gustó. El Colombia es chef y se encerró en la cocina sin decirle a nadie mientras todos carreteábamos para aparecer poco antes de medianoche con una torta gigante cubierta de manjar, con mi nombre escrito en ella. Me quise morir y le dije, sin exagerar, que era la cosa más bonita que alguien había hecho por mí en mucho tiempo.

Me propuse bailar con él pero no lo conseguí por más de media canción; una amiga mía demasiado regia andaba con un vestido demasiado apretado y cómo iba a competir yo con eso. Me tomé todo el fernet que pude y me quedé dormida en un sillón. No sé cuánto tiempo pasó hasta que alguien me despertó: era Colombia. No me acuerdo de nada de lo que hablamos pero sí sé que no demoró mucho en darme un beso. Me tomó de la mano y nos metimos a la pieza del dueño de casa; todos mis amigos me escucharon culiar, algunos también nos vieron. Volvimos a dormir al mismo sillón, abrazados a pesar del calor sofocante de mediados de marzo en Rio de Janeiro. Despertamos y fuimos a comer a la universidad, en el camino de vuelta me compró un sacolé de limón. Esperamos a quedarnos solos para culiar otra vez, sin público y sin prisa. Luego me despedí.

Nos vimos una semana después, cuando salí llorando de una fiesta que terminó mal. Me refugió en su casa y culiamos muchas veces, me hizo sentir mejor. Almorzamos juntos y nos dimos cuenta de las cosas que tenemos en común, la mezcla de borrachos y calientes que tantas veces nos ha metido en problemas. Más tarde nos vinimos a mi casa, a mi pieza, donde pasamos los siguientes cinco días sin interrupción. Nos hicimos amigos conversando mientras esperábamos para culiar de nuevo y de nuevo. Me habló de su mamá y de sus ex pololas, de su perro y sus proyectos que incluyen un viaje a Grecia. Me mostró música nueva y vimos muchos videos de youtube. Le dije cosas que no le había contado a nadie, jamás. Bajo la luz del sol o a oscuras, invariablemente desnudos, superamos algunas de nuestras barreras y aprendimos juntos. Ninguno de los dos avanzó ni medio párrafo de la tesis.

El quinto día por la mañana Colombia se fue, pero dejó su mochila en mi pieza. También plantó una semilla de cúrcuma en una botellita y me pidió que la cuidara. Pasaron otros cinco días, exactos, y yo estaba lavando ropa cuando escuché su voz del otro lado del citófono. No me di cuenta de cuánto lo había echado de menos hasta que volví a verlo detrás de mi puerta. Entramos a mi pieza y culiamos con ansias, muy rápido, demasiado rápido, pero no me importó. Teníamos otros cinco días infinitos, era feliz. Dormimos entrelazados, una siesta de peluche como él denominó. Le hice mucho cariño, le di besos que le daban cosquillas y pensé en quedarme a vivir ahí. Me dio terror sentirme así de cómoda con alguien, quizás, por primera vez; percibir justo en ese momento que me gustaba tanto que no quería salir de esa pieza ni de sus brazos jamás y no poder cerrar los ojos del pánico mientras el Colombia respiraba profundamente, sin tener idea de la tormenta que se desataba imperceptible dentro de mí.

Fui a comprar naranjas, plátanos y rúcula para los dos y cuando volví, Colombia tenía puesta su mochila y se iba. Se iba a Buenos Aires, se iba en su bicicleta y esta vez no volvería a aparecer con su barba y su sonrisa detrás de mi puerta. Yo sabía que se tenía que ir, que tiene que terminar su maestría allá, que se estaba quedando sin plata. Yo siempre supe lo que era esto pero no estaba preparada para verlo partir, quería otros cinco días y eso sí que no tenía cómo saberlo.

Lo abracé y me reí nerviosa, no pude despedirme. Quedé en llamarlo por teléfono pero no lo hice. No pude. “A veces hay que protegerse el corazón”, concluimos con mi amiga Rosito. Soy cobarde, lo sé, pero prefiero guardar nuestros cinco días hermosos y la esperanza de que tal vez lo veré de nuevo, en Buenos Aires o en algún otro lugar del mundo, quién sabe. Quizás se acuerde de mí cada vez que tome mate con la bombilla que le regalé. Quizás me acuerde de él cuando vuelva a dormir una siesta de peluche con alguien, aunque ojalá que no.

Lo voy a echar de menos a ratos, desde lejos, como se extraña un momento de la vida que fue mágico y perfecto pero que por más recordarlo no volverá (así que esto es la saudade). Voy a sonreír cada vez que me acuerde de su nombre o de su pelo, cuando vea cualquiera del montón de películas que me recomendó. Y seguiré regando la botellita mientras pueda, la semilla que hoy es un brote verde que se irgue orgulloso y que será una flor que no llegaré a conocer porque yo también tengo que irme. Y puede que alguien se quede en Brasil sintiendo saudades de mí. No lo sé.

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