Escrito por El Talquino

En realidad yo creo que hay atracción entre todas las personas de este mundo, con unas más y con unas menos. Con las que tienes más, podís tener sexo o una relación. En ese sentido, no creo mucho en el amor, así, romántico.

Estábamos sentados en la Plaza Aníbal Pinto de Valpo. Era cerca de la medianoche y nos tomábamos unas Escudo de medio, al lado de unos punkies, libertarias vende soya y hippies típicos del puerto, mientras esa noche de viernes todo el mundo se paseaba por delante de nosotros. Pelageya (le vamos a llamar así) me escuchaba decir esa estupidez en inglés.

Pelageya es alta, más alta que yo. Pelageya es linda, de pelo castaño, con ojos grandes, nariz respingada, y labios gruesos que de repente se abren para mostrar una gran sonrisa. Pelageya es de esas que en la primera cita de Tinder toma chela contigo en la Plaza Aníbal Pinto de Valparaíso. Pelageya es rusa. Pelageya es preciosa. Y yo, por mi parte, le estoy hablando weás.

Habíamos estado hablando desde hace una semana por el horrible chat de Tinder. La verdad, y espero que me crean, es que yo estaba en otra. Vivo en Santiago y ahora estaba en Valpo por pega, pero de esas pegas que a uno le gusta hacer. Estaba conociendo gente y tomándome unas mini-vacaciones trabajadas. Valpo me ofrecía de todo. Tanto estaba en otra que no le di mucha bola a Pelageya cuando me pidió que nos juntáramos un jueves. Tenía una sesión de karaoke con mis colegas. A ellos les encanta el karaoke y se lo toman muy en serio, pero todos sabemos que después de la media hora te querís matar del aburrimiento si no estai lo suficientemente curao.

Al otro día fue la primera cita. Nos encontramos en un cerro de Valpo. Tuve que subir mil y un escalones para poder encontrar el hostal donde se estaba quedando. Transpirado y todo, llegué. Bellísima. Nos saludamos y traté de empezar con humor. Fuck you! Why are you doing this to me?! Le decía con la frente mojada con ese sudor tan típico de Valpo, mezcla de subir cerros y de la humedad de la costa. Se ríe. Nos reímos. Tengo que admitir que no esperaba mucho de la cita, después de todo yo estaba en otra y además ella era una rusa guapa que podría haber elegido a cualquier musculín-perrits-aventurero-foto-con-los-brazos-abiertos-en-(ingrese destino turístico clásico de Sudamérica aquí) en vez de a este provinciano picao a hipster. Iba a ver qué salía. Me gustan las extranjeras. Pienso que no tienen los prejuicios tontos que la mayoría tiene acá, y estaba seguro que lo iba a pasar bien.

Yo iba por eso (en serio, si po).

No sé para qué subí tanto si decidimos bajar al tiro. Pelageya entra a su hostal (en realidad se estaba quedando en una casa “semi-abandonada” al frente del hostal) a buscar algo y fuimos a tomar un colectivo suicida típico del puerto para ir a la subida Ecuador. Y aquí me confundí un poco. No entendía muy bien cuál era el plan, porque a todo esto nunca nos pusimos muy de acuerdo, salvo en la hora y el lugar; muy vagamente, por lo demás. Pelageya me dice que se va a juntar con unos amigos gringos que se están quedando en el hostal. Me parece una buena idea. Después de buscar un rato, y de algunos problemas de técnicos de comunicación, damos con el lugar de los amigos. Nos sentamos. Pelageya pide un pisco sour y yo creo que una cerveza (eran tiempos de vacas flacas). Todo bien con los amigos. Una pareja conformada por un belga y una estadounidense. Muy cordiales ellos. Conversamos un poco y a los 20 minutos ya se estaban yendo. Se levantan de la mesa y le insisten varias veces a Pelageya que los llame “en caso de que necesite algo”. Luego vendría a saber que, como era la primera cita de Pelageya en Sudamérica, había acordado con sus amigos que primero me conocerían, se cerciorarían de que yo no era un psicópata, y luego se irían. Tal cual.

Nos quedamos solos. Soy bien malo para hacer planes, y en verdad yo tenía ganas de conversar y tomar un rato, así muy piola. Quería distender un poco el ambiente, porque si bien había buena onda con Pelageya, era difícil saber si estaba interesada. Ahí aprendí que los rusos en realidad son serios. No andan con weás. Se ríen, pero solo si algo les causa gracia. Pelageya era seria. Simpática, pero seria, quizás en el buen sentido, pero en ese momento me costaba distinguirlo.

No sé quién lo sugirió (probablemente fui yo), pero decidimos comprar un pack de Escudo de medio en la botillería de la esquina y tomar justo afuera de una tienda de Plaza Anibal Pinto, que a esa hora estaba cerrada. No voy a mentir: yo quería tomar en esa plaza. Me gusta la volá de tomar en la calle y olvidarse del resto por un rato, aunque esté lleno de gente. Y Valpo es la ciudad perfecta para eso (porteños no me linchen, no boté las latas en la calle ni meé en un poste, les digo al tiro). Yo hablaba weás. Weás honestas, pero weás al fin y al cabo. Era mi discurso cínico sobre la vida y el amor y todas esas cosas que quién sabe por qué soy tan propenso a compartir con el mundo. Fue una conversación sincera. Pelageya me respondía también con una sinceridad que me hacía sentir cómodo. Yo creo que hablamos casi de todo. Relaciones, trabajo, vida, arte, gatos, perros, amistades (no se me queda nada ¿verdad?). A rato venían los comerciantes ambulantes. Un loco de Córdoba me cambió una flor de alambre por una donación. Creo que le di $100 con el dolor de mi alma. Y obvio, esa flor, casi como chiste, se la regalé a Pelageya. La flor estaba en el suelo después de 10 segundos.

Llegaban perros maltrechos de vez en cuando, con heridas que seguramente algún otro perro se las hizo en una pelea de choros porteños. Les hacíamos cariño y ya éramos dos amigos conversando y riéndonos de todo. El litro y medio de cerveza por nuca ya empezaba a hacer efecto, y tal como yo quería, la gente alrededor se iba transformando de a poquito en música de fondo. Lo estábamos pasando la raja. Y si bien yo pensaba que podía pasar algo más, no estaba obsesionado con la idea.

Desconozco la hora en que decidimos pararnos de donde estábamos. No sé si todavía teníamos chela o si se había acabado. Pero a uno de los dos (de nuevo, creo que fui yo) se le ocurrió que era buena idea comprar una botella de vodka. Los rusos toman vodka. Compramos un Eristoff, el más barato. Cualquier purista chilensis habría hecho arcadas, pero Pelageya, rusa de tomo y lomo, aprobó el sabor de ese vodka de $3.000, tras darle un sorbo desde la botella. Aquí tengo que reconocer que ya me había entrado la maldad. O en realidad no sé si tanto, pero quería seguir. Me iba a amanecer con Pelageya, en la circunstancia que fuera. Era mi segundo viernes en Valpo y había que pasarlo bien, y Pelageya era tan absurdamente bacán que no iba a ser yo el que diera pie atrás.

– Is there anyone else staying at your place?- le preguntaba haciéndome el loco y ella me respondía que no.

Maybe we can go there and drink the bottle.

Sure! Why not?- dijo ella.

Nunca nos tomamos la botella de vodka. Por lo menos no esa noche. Para los que quieren saber, un mes después estaba en una pieza de un hostal en Uyuni, Bolivia, con Pelageya a mi lado. Unas horas más tarde, ella estaba tomando un bus que la iba a llevar a Villazón, y de ahí iba a cruzar la frontera con Argentina para tomar un bus a Buenos Aires. Eran las 8 de la noche y ya estaba oscuro. Pelageya pone sus manos en mis hombros y me dice «I’ll come back in May, okay?»

Al final Pelageya se equivocó y tomó un bus a Tupiza en vez de Villazón, y además perdió su mochila por este enredo, aunque las cosas más importantes estaban en su mochila chica. Llegó a Buenos Aires bien, y yo me di unas vueltas por el norte para ver a mi familia antes de volver a Santiago.

Nos vamos a ver en Junio. Todavía no sabemos si viaja ella o viajo yo.

Pero nos vemos en Junio y estoy feliz.

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