Escrito por Zurumbática

A todos los que alguna vez consideré una historia en mi vida, les escribí una carta. Al primero fueron cuadernos y cuadernos de escritos diarios con uno solo destinatario. Típico de amores platónicos. De cuándo lo veía pasar en el colegio, de cuándo lo miraba desde la ventana, de cuándo escuchaba su voz ronca desde lejos, de las conversaciones en Messenger, de mi fallida declaración en la entrada, de los imaginarios coqueteos virtuales y presentes, del adiós y de cómo la vida volvería a juntarnos a mí y a él después de muchos años.

Al segundo le escribí sagradamente para los cumpleaños, los aniversarios, las navidades que pasamos juntos y un año después del término de nuestra relación. Desde ahí, aunque a veces hubo palabras por decir, no escribí más. Hasta ti, creo (¿es esto una carta?). Al cual por primera vez, después de dos años desde que te conocí y me gustaste, te escribo. Y no es que no fueras importante, pero es que si te escribía, te hacía real y te ponía en el mismo cajón que los otros. Y es que esta es mi manera personal (¿mi registro?) de aceptar que tú también fuiste uno de mis amores. Y no quería. ¿Sabes por qué? porque me rehusaba a creer que lo que vivimos fue amor.

[bctt tweet=”Contigo me convertí en esas que miraba durante horas las aplicaciones del celular esperando respuesta”]

Contigo por primera vez sentí dolor físico, falta de hambre (y puta que soy buena pa’ comer), ausencia de control sobre mi cuerpo y mis acciones. Por primera vez rogué, pedí y exigí a otro un poco más. Lloré por más de un año y un día me despedí para siempre (ahí descubrí que si digo no más, no más. Y cumplo). El año que estuvimos juntos dormía sólo tres horas diarias; el año que te dejé lo único que hacía era dormir para no pensar. Contigo me convertí en esas que miraba durante horas las aplicaciones del celular esperando respuesta. En esa que podría haberte leído para siempre. Haberte hecho cariño para siempre: ahí en esos muros hostiles que a veces fueron tan hermosos, tan cómplices de mis huidas tristes y de tus frustraciones. Contigo por primera vez sentí que la pena no se iba a acabar y necesité creer que todo iba a estar mejor. Contigo necesité escuchar que no se puede querer tan poco a alguien y al mismo tiempo ser tan cobarde con los afectos.

Y ahora, después de ese párrafo, pienso que quizás sí (sí, se puede ser tan cobarde). Y pienso que esto que escribo deja de tener destinatario. Porque no. Nunca he sido buena con las palabras.

Ustedes saben.

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