“Perdona que no tenga claro tu nombre o todo lo que pudo pasar”
Plan B ft Ñengo Flow, Amaro – Amor de Antes

 Escrito por Andrea Ocampo Cea / Ilustración por Hola Nico González

Es uno de los subgéneros más escuchados del reggaetón, el que te hace bailar pensando en alguien que no está, en alguien que se fue y/o bien que ya no está ahora disponible para mí. Le comenté a Camila que porqué no hacíamos una playlist de reggaetón romántico, para que en ella pudiésemos no sólo ahondar en las soledades sino que también un eje sobre el cual menear las caderas mientras nos hacemos el pan con tomate del verano. El verano pasó, pero el pan con tomate sigue aquí. No podríamos decir lo mismo de algunas de esas personas tan importantes para esta playlist del amor.

Abrí una playlist en Youtube y me puse a escuchar. Canté himnos, discrepé con el orden, pelié con Youtube para organizar la lista y me puse a leer las lyrics. Anoté algunas en la libreta. Otras veces sólo reposé las palabras de desaliento y nostalgia, las pensé hasta encontrar en todas las letras, las palabras que me dijiste, que pensamos, que escuchamos mientras hacíamos el amor. Las nalgadas, la saliva sobre tu pecho, manos en tetas, tu gemido (siempre tratando de acallarse, de que no salga, de disimularlo) y el susto de que esto sea demasiado bueno o demasiado malo. Todo al mismo tiempo.

Las canciones

Las escucho con miedo a que no pase el tiempo y todo sea demasiado para condensarse en esta hora (o en estas tres horas) en las que te amo y tú me amas y estamos a punto. A punto de perdernos, de olvidarnos y seguir viviendo como si nada nunca, como si nada never. Escucho el trambolikeo sobreviviendo a nuestras narrativas individuales, las mismas que de puro narrarlas me dan una pena honda, una pena terrible de enunciar. Cuando pienso en ti me da pena, quiero llorar; no sé si es por pena de ti o pena de mí. Siento pena y deseo a la vez. Deseo de ver cómo pasan los años y sigues siendo piel morena, dientes blancos, ojos saltones, oreja lamida, mojada, murmurada con la que ambos nos perdemos en las calles, entre los cuerpos que nos tocan en el metro, en la micro, en los colegios, en las universidades, en las oficinas.

El miedo escaso suena en los parlantes cerveceros y punzantes de que ese buzo de colegio, ese buzo de línea fluorescente con la “U” en un bolsillo, ese buzo del gimnasio al que no le avisé que cambié de celular, de esos jeans, de esos boxer, de esas piernas flacas con calcetines. Que siempre sean tus piernas y tus calcetas las que mi perro le esconda al pololo.

Las canciones vienen después de esa canción, que si la pienso mucho, lloro. Lloro porque me encalla, me condena a unas pocas palabritas, todas muy básicas, muy rudas y toscas para describir las dimensiones en la que tú y tu cuerpo junto al mío están aún en mi. Como amigo, como hermano, como amante, como confidente, como secuaz, aquí mis ritmos, allá mi cintura, una invitación a la casa de amigos, a tu casa, a mi casa, a la casa de mi abuela, al patio de mi abuela, a la esquina donde no pasa ningún auto, a la sala de pool, al ascensor del edificio que nunca compartimos, del susto y la rabia. Angustia. Me viene, me lleva, me trae la desesperación de que esto sea tan real, que termine volviéndose una mierda. Detrás de cada prenda se esconde una desazón, un sonido del teléfono que retuerce toda la historia, una miradita esquiva que desanda el camino que nos junta.

He pensado en tantas cosas mientras estoy en estado de romantikeo. Principalmente en cómo es posible que en este país no haya pitos, que todo está demasiado caro y que estoy en medio de una crisis radical donde es más fácil tomar Tramadol y alcohol antes de fumarse un pito. Es más fácil conseguir sexo que una mirada de afecto, que una oreja para conversar, lamer, escuchar música. Las cosas básicas se han ido, el cuerpo tuyo se ha ido junto a lo básico de mi estructura amatoria.

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“No pudiste decir otra cosa más que ‘hagamos el amor’ porque nada de esto es sexo, es justo el sexo lo que no estuvo”

Te me has repetido en los hemisferios, en los países, en el mundo entero. Repito gestos, respiro bajo el halo de tu susurro y vuelvo a aterrizar en una cama motelera junto a ti, escuchamos todas las canciones que no debimos escuchar y la radio se complotó contra la historia, las canciones que aparecieron amándonos. No pudiste decir otra cosa más que “hagamos el amor” porque nada de esto es sexo, es justo el sexo lo que no estuvo. Y el miedo de nuevo. Nos suenan las tripas y tememos más a nuestra música que a nuestra adolescencia. Esa de la que tú reniegas porque nunca te gustó que te recordase así: explorando, buscando los besos de tus amigos, jugando a que no te interesaban, jugando a que era lo más asqueroso que habías hecho alguna vez. Y nunca fue así.

No importa, te dejo hacerme creer eso y lo que me cuentas ahora sobre el futuro, sobre tus proyectos, sobre lo bien que estás con esa novia. La que sólo disfruta a través de lo que presume. La que si no muestra, no existe. Siempre pensé que eras un tipo sencillo y resultó que no. Te metiste con la materialista. Yo, en cambio sigo escuchando a los rompe-discotecas y moviendo la nuca con cada dembow que suena en la computadora. Resulta que ahora yo soy la sencilla, la que ama como quién ama antes de irse, antes de desaparecer: abierta, llana, llena de sed y deseo. Tú en tu perfil de Facebook cada día en un país nuevo, en un museo que ansías quemar con los ojos, sin mí, sin alguien que entienda lo que estás viendo, lo que estás viviendo. Probablemente quiero creer que eres tonto y que no eres nada sin mí. Pero soy menos egocéntrica que eso, sé que conmigo serías menos de lo que eres, porque no tendrías sobre quién descansar, sobre quién apoyarte. Mis arenas son demasiado movedizas.

Miro las sombras de las fotos y detengo todas las palabras que a borbotones se caen de estos romantikeos que se mezclan, que se kiltrean con lo que venga, con lo que venga pero siga presente en la bachata, en cada salsa que bailas con tu novia, en cada foto donde ambos aparecen sonrientes. Ella tan satisfecha, tú tan comprometido y un yo tan silenciado por mis cegueras, por mi novio, por los recuerdos que yo sé que compartimos. Esa canción que nunca te llegó según tú al inbox, sobre ese saludo que nunca leíste o sobre ese saludo que estás tratando de largarme ahora, ahorita, en el día en que dijimos que hablaríamos para salir a amarnos, mañana. El silencio y el ahogo te queda tan bien. Yo que tu tengo cuidao’ con ella. Conmigo.

Pienso en ti

En ese niño asustado que sale de la casa de sus padres para juntarse con una extranjera caliente, casi sin ningún tapujo con él ni con su cuerpo, con poca ropa, con mucha exigencia. O en ese venezolano hermoso que se prostituye sin querer pero queriendo hacerlo y mucho, ese puto hermoso que sólo quiere abrazarse y dormir, luego de sacarse el aceite, luego de bailar las de Ricky Martin, de empapar las bocas de las viejas que nunca lo quisieron, ni sabrán su nombre evangélico; que nunca sabrán que te sientes solo, que a veces lloras, que una vez una mujer te dejó ir sin haber siquiera tocado tu parte entre las partes. Estoy pensando también en ese psicólogo loquísimo que me amó y yo amé. Y me olvidó pero yo no. Ese que me sigue escribiendo, ese que me odia porque lo traté mal, ese que nunca llegó a la cita, ese que miente para no hacerme sentir mal. Ese que envejeció sin mi nombre, sin despedida.

En el redondeo del flow y las palabras amorosas pienso en cómo se ha repetido tu figura en mi historia y en cómo nuestros amores son memorias de otros dolores, más actuales, más recientes. En cómo todas nuestras parejas han quedado teñidas, tocadas, postergadas por esas noches en las que nos encontramos; algunas tardes donde el sol de enero o de febrero nos quemó, pero también de septiembre u octubre. Soles tibios que han mecido y soportado un amor que ya nada tiene que ver con adolescentes pero que, sin embargo, nos permite seguir siendo los mismos pendejos irresponsables, calientes, que se cortan las poleras, que se las tironean y quitan. Como si no hubiese mañana. Pendejos que se encuentran en el beso con el que siempre han tenido que medir los besos que siguen.

Vengo caminando por la costura del Cerro San Cristóbal, subí y escuché al fondo, por debajo de las nubes grises, la inmundicia del Mapocho, el chirrido de los parlantes de los autos, de las ruedas, de las casas. Escuché las voces agudas, vibrantes, demasiado electrificadas para ser de un hombre o de una mujer. Demasiado caribeñas, demasiado calientes para ser soportadas por el asfalto de Santiago, por el murmullo meditabundo y circundante de la sequedad, la sobriedad o la pillería tradicional del hombre chileno. Qué asco. Me asqueo del baile avergonzado, del pretérito prejuicio de los cuerpos flotantes, de los cogollos húmedos que venden en mitad del puente de Pío Nono, de las barandas llenas de candados que han aparecido como muestra del amor eterno. Mi papá dice que se van a terminar cayendo los puentes porque no están preparadas para este peso. Para el peso -pienso yo- de las relaciones fugaces, rápidas, blandas, olientes del reggaetón mojado y nunca eterno, de los besos salivados y los mordiscos en las pechugas de una bailarina apasionada pero interrupta.

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El taxi

Me bajo del taxi, anduve no más de luca. Me paro en el Parque Bustamante y veo a lo lejos a un negro que conocí por Internet. Lo veo manejando una patineta, se cree la gran cosa. Y lo hace bien. Me siento lejos, callada casi como en un cita a solas, ciegas, lejana. El dembow suena del otro lado de la cancha de skate. Los guardias se reparten entre los arbustos y mami, mamacita, nena, señorita. Que me has hecho bandida. Muevo la cabeza y sigo el ritmo de un reggaetón old school. Se intercala con las bocinas de los autos, con las radios anglo, con los timbres de la bicicleta, con la interesante historia de unas pingüinas.

Me quedo pegada mirando esos zapatos de colegio, tan nuevos y, al mismo tiempo, tan antiguos. Me quedo pegada a lo que recuerdo de esos zapatos que fui, que embetuné, que lustré. Me quedo pegada de los primeros amores, que son estos flows que el reggaetón intenta olvidar, pero también de las relaciones actuales, de su vertiginosidad, del olvido y de que he sucumbido ante el sexo, de eso vengo a contarles. Paso de una cosa a otra. Recaigo en las canciones que me recuerdan a ti, pero sé que ninguna es propiamente tuya, porque peleamos y nos arreglamos, porque nadie te va a amar como yo, porque supe que te estás casando, porque si tú no estás, yo no voy a llorar por ti, porque es un secreto tener tu cuerpo con el mío. Porque es un ardor, un presentimiento, porque esos amores que vendrán, vendrán a mi, a quererme, a ser amados, lamidos, escritos e incluso vendrán a mis manos que ya no saben cómo dibujar, vendrán a darme más pretextos para escuchar estos rumores donde un abrazo no es otra cosa sino un abrazo en el paradero, que una despedida, un abrazo a punto de llover. “Nada máh” dice mi papá. Le pregunto ¿Cómo que nada máh? Me acuerdo de ti y de tu “Nada máh” y en toda la risa que me provocas. De esos besos saladitos y mojados. Me arrepiento de no haberte ido a ver ayer. Me arrepiento y después no me arrepiento. Porque un día sé de ti, pero otro no. Es como andar en el mar navegando a ciegas. Pensando, estaba recordando.

“Estoy absorta en esas canciones que mi negro me dedica y yo escucho; absorta amándolo, escribiendo para él pero también escribiendo para mí, para los días que vendrán y no podré conseguir un papelillo que me ayude a sostener este párrafo solitario sin familiares ni amigos de letras”

Te abrazo imaginariamente en Irarrázaval con Macul, en el paradero donde esa cabeza que se acomoda en mi hombro, no es otra sino la del día en que nos olvidamos, en que sólo fuimos amigas, de ese día en que la sala de pool se convertiría en gimnasio de Bikram, en que los Shop se convertirían en saliditas de ron con Coca-Cola y el perreo en maestría de salsoteca latin lover. Y es que te quiero uo. Baby te quiero. Estoy absorta en el amor simple, concreto, material de los cuerpos que se aman y se mojan sin distinción como lengua inglesa que intenta traducirse al español. Estoy absorta en esas canciones que mi negro me dedica y yo escucho; absorta amándolo, escribiendo para él pero también escribiendo para mí, para los días que vendrán y no podré conseguir un papelillo que me ayude a sostener este párrafo solitario sin familiares ni amigos de letras. Sin institución, sin papel para publicar más que unos cuantos pixeles inexistentes, incalculables, impotentes ante la superficie y tacto de la vida. Absorta escribo siguiendo el ritmo de las canciones que escucho en esta lista que le hice a la Camila. Estoy muy atrasada intentando enviarle algo que valga la pena, que diga algo acerca del amor y sus intensidades. Pero cuando pienso en el desamor del amor, lo único certero de este padecimiento, es que vienen tantos cuerpos como nombres, todos sin importancia, todos calzantes de una misma figura, de una misma flecha que se ha demorado en la rueda, en dar un par de vueltas al sistema lunar antes de caerme directo. Yo quiero estar contigo. Y aunque no tenga pa’ gastar, yo quiero estar contigo.

Pienso en el desamor y termino escribiendo para esa que siempre te va a escribir a ti, al que ya no eres, al flaco de jeans deslavados que gastaba una guitarra muy parecida a esta cintura, muy parecida a los ideales utópicos de los niños politizados de los noventas, de los niños que crecieron en blocks y que jugaron en la calle. Que de grandes la chela y el vino en caja, que a lo más un completo, que a lo más un te invito a pasar a la casa tan llena de gente, tan llena de problemas, tan llena de ropa colgada y complejidades. Amigo, amado siempre amante, hoy he descubierto que el reggaetón que tu tanto odias es lo que más me conecta contigo, con mi historia contigo. Con mi historia con la escritura enredosa que me convence y me permite torcer el análisis demasiado geométrico, demasiado sumatorio de un asunto demasiado uo uo de abarcar.

Si juntara todas las palabras que me han dicho mis amigas todas las horas que le gaste la oreja a mi hermana y todas las horas en que te hablé de otros amores, de otras inocencias y paciencias perdidas podría escribir dos o tres libros. Mi amor, he desgastado el teclado revolviéndome el estómago y la cabeza, descalibrando el bum bum del corazón, repensando en cómo haber vuelto, haberte tenido y retenido entre mis piernas y aún así no dejar de extrañarte. Te extraño desde que te conozco. Y siempre te extraño porque te conozco, porque tu línea de la vida es tan larga como la del amor, porque en ambas estoy yo, a un comienzo, en medio y transversalmente, porque recorro tu palma con los dedos que tantas veces me haz besado. A veces ya no quiero nada y me enfermo de tanto sentir. De tanto desear y tanto contar números por sobre letras del amar. De sólo pensar en cómo este país tan chico, tan aislado, tan insular nos obliga a amarnos los unos a los otros sin límites, sin distancias, sin grupos de pertenencia. Es que no puede ser que seamos nosotros mismos. Yo prefiero no serlo.

Amo y amé cuando quisiste olvidarme, cuando nos mandamos textos hirientes, cuando te ahuyenté a la mina más ordinaria y arribista con la que has estado. La de ahora es como esa. Concluyo que así te gustan. Bien comunes, bien de hacer la cama bien. Te gustan las exigencias y los auges materiales, te gustan con suculencias y exhibicionismos, tan lejos de la lisura, de la llanura seca, amplia pero honda de la que te saqué, de la que traje a la selva de mi pecho, de mi lengua, de mis manos redondas amasando tu pecho. Porque eres tan tonto. Mejor así: ¿Por qué eres tan tonto? Para que suene hiriente, para que suene a interés por ti. Cómo ser tan torpe al continuar relaciones así. Me está matando el orgullo. Cuando más quiero estar al lado tuyo.

Me dijiste que cuando nos veíamos siempre se abría una puerta difícil de cerrar, porque cuando hablamos, yo puedo estar. Porque cuando nos amamos sale algo de ti y que no te gusta o que al menos no te gusta mostrar. Pero eso eres tú y está muy conectado con ese niño que dibujaba en las paredes, que pintaba murales, que jugaba pelota en la cancha del barrio, que pedía permiso para salir. Ese niño que fui yo también cuando jugamos juntos y nos íbamos solos. Sobre eso yo tengo un gran conocimiento. Yo más que eso tengo un doctorado. Tengo mis sueños contigo. Nada de lo que conozco es fingido. Todo lo que tengo más o menos lo perdí. No sé como hacer sin ti. De que me vale, si tu no estás aquí, a mi lado, de qué me vale. De que me vale los mil diplomas mil honores de nada me vale. San Miguel de Chapultepec, Oxxo, carrito de jugo verde. 9 de las mañana, mediodía en Chile. Tu nombre hablándome. De que cuando vuelva nos vamos a encontrar, de que me esperas, de que me viste en la tele. Que no pudiste seguir enojado. Si tú no estás aquí, a mi lado, de nada vale ya lo que sé. Ni mi doctorado.

reggaeton

Las historias

La historia del romantikeo es la historia de la desilusión. De ese pensamiento que rumea y que es mejor no decirlo porque es tan pedestre, tan básico que de solo describirlo se me empiezan a caer los dientes, las manos se ponen densas, pesadas, se aplastan contra el papel, contra el teclado o contra ese cuerpo que te tocas y que eres solo y nada más que tú.

Buscando donde ya no hay nada, el romantikeo se enuncia desde lo que no se tiene; es decir desde el mal amor, no desde el desamor, sino desde ese amor que nace truncado que te quiebra porque nace torcido, como una ramita, una germinación que se arranca, que se lanza por sobre los otros brotes y se nutre, los deja chiquitos, les chupa la energía, el aire, el agua y crece, emerge del brote la vida y se anuda a sí misma. Se rodea, se cancela sobre la luz y busca sin parar, como si viviese siempre en oscuridad, como si de esa búsqueda se obtuviese un sentido en la vida.

El romantikeo premedita la muerte, el desacierto de los amores, el amor que te va a hacer mal y que a la par, desgasta los pulmones y las bocas, se retuerce entre lenguas, miradas por el rabillo, babas que se malhablan entre los labios. Dedos duros y ásperos que casi se tocan, ansiedades amparadas en una dimensión que pudiendo ser real se vuelven todo en digital, en bocineo, en micro consignas, en micro apariciones. Fugacidades de la pertenencia que van más allá de lo masturbatorio pero más acá de lo placentero.

[bctt tweet=”El romantikeo es también fallido porque no termina por ser romántico, le falla el romance. Le falta la salida de la letra.”]

El romantikeo es también fallido porque no termina por ser romántico, le falla el romance. Le falta la salida de la letra. Sólo hay entrada, nada sale. Como ese beso jugoso caído bajo la sombra de una nariz recta y ese arito de plata en tu hoyito izquierdo. Ese que no te conocí hasta que te bajaste del auto. Siempre falta porque no puede terminar en follón, porque los cuerpos sólo se adaptan en las superficies. De ahí viene el Sexo con Ropa, de eso vienen las prendas, sus partes, el intercambio de caldeos, de saliveo, de baboseo, de que estas superficies nos permiten pegarnos, mojarnos, porque el cuerpo está tan entumecido en su ardor, que caliente y gastado va hacia la maquinaria mediática del deseo. De esas caderas huesudas tan bien proporcionadas de las LEDS y del happy hour con piscolas o cubas libres.

Prendo un gallo. Te conozco hace dos segundos y el aburrimiento absurdo de la desnudez. Esa sorpresa de los cuerpos renovados en el sexo se asume en sus concavidades, en sus holguras o curvaturas. Ese cuerpo que me encanta reconocer en la calle con su caminar, en las fotos con un melón con vino y sus sombras, en ese tatuaje que se te asoma, en esos dedos largos, en esa operación secreta que sólo yo sé que te hiciste. El aburrimiento se reactiva en los dedos que rico suben, palpan, aprietan esas partes que siempre y nunca podrán ser parte dentro de parte. Mi amor como me aburre tu desnudez. Más o menos ese es el titulaje del romantikeo: canciones que de puro deseo elevan la imposibilidad de que, por más grosera que tengamos la lengua del sexo, las palabras y la lengua no nos bastan para la piel; para hacernos una idea de qué sabor viene de mis partes.

El romantikeo también es un placebo, una puerta chiquita por la cual el público infantil y sus madres pueden ingresar al universo callejero del reggaetón. Sin embargo, es la entrada menos arriesgada, es la entrada doméstica, donde el cuerpo no es libre sino que moral. Donde se estimulan las imposibilidades y los platónicos amores. Preferiría conocerte en una fiesta, en un barucho, en una plaza y no tener que esperar tu actualización, tu foto, el rebloqueo del remix. Preferiría dejar menos likes y tener más citas después del trabajo, del nervio de la cita, de las horas que nos tomará volver a nuestras a casas luego de distanciarnos y despedirnos para no volver. Prefiero el romantikeo pero desde el rap, desde el dancehall, desde ese reggaetón tecno que me hace doler la cabeza.

Pero el romantikeo no está mal, a pesar de que paradójicamente sea moral y conservador, aunque reafirme los binarismos, aunque confirme el machismo doméstico de nuestra América ladina, aunque tuerza la lengua y hable con baba en la boca. No está tan mal porque nos muestra la silueta de la grosería, de lo grotesco que el reggaetón posee. Esa grosería que puede ser subvertida, resignificada y reapropiada por lo macabro que nos ha dotado este sistema de vida, tan capitalista, tan caro, tan sin futuro para volver el baile en una llave, en un gasto de los cuerpos que no se encaminan sino al placer propio. La auto-erotización es una llave y un fluido, que como inunda las calles de Ciudad de México, de Santiago de Chile, de Accra, de Lima, de Buenos Aires, de Bogotá y Caracas. Un flujo que merodea la plaza del ancla en medio de Independencia, en medio de las baldosas de la pescadería, a la sombra el perro callejero que se lame para no enfermar.

El reggaetón es una plaga, dice mi papá. No es música. “Al reggaetón lo odio, porque le puso en la boca palabras sexuales a mi hija de 11 años”. ¿Dónde estabas tú? Le pregunto dónde está el baile y la sexualidad adolescente presente en sus dudas, miedos y rabias. El romantikeo llega y se queda aunque ya no, hay no. Llega a mi vida desde el odio de/a mi padre, el desamor de mi primer amor y las noches amatorias que me han dado las armas para hacer de mi cuerpo un instrumento liberador (de mi misma). Quizá me equivoco y no es que el romantikeo hable del cuerpo y los amores, quizá es que sólo se trata de la superficie: de los cuerpos y las historias. No de las partes, sino que de las prendas. Quizá no se trata de música para escuchar, sino que de música para hacer otras cosas.

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