Escrito por La flaca / Ilustración por Catalina Bodoque

Me puse a ver tus fotos así como pa sentir algo pero no pasó ná. Revisé muchas, incluso las que subías cuando nos conocíamos y me querías un montón, pero para llegar a esas tuve que pasar por las que subías cuando ya no me querías tanto, y habían pics que estaban ahí sólo para hacerme sentir mal –y no me digas que no-.

Pensé en escribir la historia de forma cronológica, partir por cosas lindas y decirles todo lo feliz que fui al principio, todos los humos que me vendías, los blues que me cantabas en las noches y todas las piscolas que nos tomamos cuando llegó el invierno, pero no puedo. No puedo empezar a fingir sentimientos porque no es así, porque las historias comienzan bonitas siempre, porque los pajaritos en la cabeza los hemos sentido todas, igual que las mariposas en la guata.

Entonces no saco nada diciendo todo lo que te quise, como me gustaste o cuánto te amé –aunque hay una historia mía por ahí que tiene coca colas y dice esas cosas- porque me guste o no, algo hiciste para que hoy escriba con más odio que amor, con más lástima que cariño, con ese no sé qué, que no me pondría orgullosa si yo fuera tú.

Y prefiero retomar lo que ha pasado últimamente, para que entiendan lo que digo y por qué, y sientan, porque eso es lo que quiero, que sientan todo lo que yo sentí, porque sé que aunque cada relación es única, ese dolor en el pecho y las ganas de llorar son un poquitín comunes cuando todo se va a la mierda.

Volver a Santiago me daba miedo por varias cosas. El segundo año de por sí tenía que ser menos pasta y más difícil que el primero. El segundo año iba a vivir con gente a la que si bien conocía no era lo suficiente. El segundo año iba a verte, de nuevo, después de todo ese verano en el que me importaste mucho y yo no, te quise menos y tu un poco más, ya no te necesité y me llamabas y hablabas por cualquier razón. Sabía que verte podía despertar ese no sé qué, en este corazón tan vulnerable y lastimado.

Y cuando te vi me quise morir, cuando te di un beso también, cuando me quedé contigo a dormir y me dijiste tantas cosas ya no quería la muerte, quería quedarme ahí y que todo fuera cierto, y sentir amor de nuevo y que tú lo sintieras por fin, porque me decías que me extrañabas tanto y yo te creí cada palabra. Y aunque no hablamos esa semana, te pensé. Te dejé entrar un poquito a mi cabeza y me dolió, me dolió cuando pasaron cuatro días y te vi con otra, sin importarte nada y siendo otra vez un mentiroso y haciéndome otra vez, llorar por ti.

Entonces me pregunté si yo era la tonta, y me sentí un poco feliz porque no lo fui. Porque cualquiera se rinde un poco ante palabras tan bonitas, abrazos en la noche, cariñitos en el pelo y esos “te extrañé todo el verano” que me dejaban los pelos de punta. Pero no fui tonta porque aunque te quise en ese momento, y te di besitos en los hombros, en la frente y en los labios, no dejé que las cosas fueran más allá. No tiramos, no tiramos porque tenía miedo de que fuera todo lo que querías, y aunque suena feo, después de eso quizás tenía razón.

Lo que me da pena/paja/vergüenza y lástima, es que aunque me las lloré todas, me las sufrí toda la semana y te odié a más no poder, igual te conteste el teléfono cuando me llamaste, y aunque respondí que “no”, cuando me dijiste que me quedara contigo, te seguía pensando, te seguía queriendo y seguía con la esperanza de que lo que vieron mis ojos fuera mentira, que hubiese fallado la luz o hubiese sido el copete, pero era verdad –aunque lo negaste hasta el final-. Lo que yo te importaba no era ni la mitad, de lo que me importabas a mí-

Y me cansé, me cansé de hacer el papel de tonta otra vez. Y dije basta, basta a comportarme como el año anterior cuando él me dejó, basta de llorar porque alguien no me quiere como yo a él, basta de sentirme mal por culpa de alguien que no me valoró o de echarme la culpa por una relación que falló después de haber dado todo.

Y recordé todas esas noches llorando en las que al otro día no podía ni salir a comprar pan porque no me podía los ojos y tenía que decir que tenía sueño o había dormido poco, y que por eso estaban hinchados.

«El amor duele porque nos ilusionamos, porque confiamos a ojos cerrados y está bien»

El amor duele porque nos ilusionamos, porque confiamos a ojos cerrados y está bien, porque no tendría sentido andar desconfiando de la gente porque si y porque no. Pero más duele la desilusión, duele cuando alguien a quien tenías en el cielo te hace sentir tan poco. Duele abrir el corazón por segunda o tercera vez, y volver a tener que cerrarlo para que se cure un poquito.

Pero hay algo que aprendí en estas últimas semanas en las que me he sentido más decepcionada que otras cosas por esto. Cuando alguien sale de tu vida es por algo, –aunque me queda mucho que contar-, pero ese algo, aunque pareciera triste siempre da paso a la felicidad interior.

Hoy estoy aquí escribiendo porque me rompieron por tercera vez el corazón, porque me cantaron blues en las mañanas, me dijeron palabras bonitas y me las creí, aunque no vi acciones. Hoy estoy escribiendo porque eso no me pone triste, me pone fuerte. Porque aunque lo he pasado mal todavía quiero seguir amando y abriendo el corazón, porque el amor es lindo aunque duela un poco, porque las experiencias vividas, el copete tomado, los cuentos leídos, las noches con una risita en los labios por ese buenas noches especial, no te los quita nadie.

Y soy feliz aunque me hieras un poquito, aunque sé que no vas a desaparecer para siempre, aunque sé que me vas a seguir buscando y voy a tener que hacerme la fuerte para no creerte otra vez. Pero veamos cómo surgen las cosas, que pase lo que tenga que pasar y aprovechando que es domingo, deseo que tengan una linda semana, llena de amor, de cariño, de felicidad. Y si tienen un poquito de pena, llena de calma y amor propio, porque la felicidad la encontramos en levantarnos un día y decir “hoy estoy bien”.

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