Escrito por Anónimo / Ilustración por YU FUKAGAWA

Escribo acá porque ya no sé dónde más. Me veo desde afuera como si esto fuese la escena de una película y me siento ridícula. Una tonta, una pendeja.

La historia parte así, hace un par de años cuando entraba a una práctica que no me gustaba mucho, con un poco de lata porque me iba a perder las vacaciones, porque iba a dejar de ver a mi pololo en el verano, no cachaba en lo que me estaba metiendo. No me encontré con mucha gente interesante y la pega se volvió monótona, contando los días que faltaban para terminar en un calendario.

Entonces, salimos a carretear con los compañeros un día, para conocernos, me curé y webié un poco con la persona menos indicada, mi jefe. Desde ahí comenzaron las llamadas por cualquier cosa, los mails de trabajo que no eran tales, los mensajes. Yo respondía, al principio con mucha inocencia, de buena onda porque igual el tipo era interesante, pero no dejaba de ser mi jefe, de tener 19 años más que yo, de casado, con hijos, con una historia que yo no podía seguir. No sé cómo pasó pero terminamos caminando un día, no sé cómo pero casi me robó un beso y yo, con toda la voluntad que me quedaba me negué.

En los meses que siguieron me dijo de todo, que se había enamorado de mi, que la edad no importaba, que estuviéramos juntos, pero le dije que no hasta el final. De ahí desaparecí y no volví a saber más de él. Igual a veces me pregunto si fue de verdad o una calentura. A veces me acuerdo y me da risa, pensar en cuántos meses pasamos mirándonos de un lado de la oficina al otro.

En otra dimensión las cosas tienen que estar pasando él siempre me decía y yo me reía porque era cursi y porque era una niña imaginando una vida completa con él.

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