Escrito por Anónimo / Imagen por Aldeapardo

 

“‘Y, como todos los buenos romances, tuvo mucha comida, paseos, conversaciones, playa, confesiones y un final abrupto” – Lee la primera parte de esta historia

La historia se supone que iba a terminar ahí, en esa fría llamada a fines de mayo. El invierno llegaba tarde a Santiago y se instalaba en mi cama. Porque los inviernos sola sí, son terribles, pero aún más cuando se supone que iba a estar acompañada. Y como las cosas malas siempre llegan juntas, solo tuve malas noticias por varias semanas, en las que lo único que pensaba era en hablarle y sentir que él sería el único entendería mi dolor.

Por meses fui una vez por semana al local donde siempre íbamos a comer, siempre con el terror y la esperanza de verlo. Nunca ocurrió. Siempre terminé sentada, almorzando sola y mirando el plasma gigante que daba algún partido de la liga europea. Ahí mismo fue donde, tiempo después, volvimos a hablar.

Para el 18 dimos en el mismo carrete, nos fuimos juntos, pero de hablar, nada. La historia se repitió la semana siguiente y esa era mi oportunidad. Al día siguiente almorzamos ahí. Yo necesitaba desahogarme, buscar alguna explicación. Pero como las conversaciones nunca salen como uno planea, me quedé escuchando su lado de la historia, más que contando el mío. Quise conformarme con eso y con decir que sufrí, pero me bastó saber que él también estaba mal. La confirmación de mi sospecha.

Mi plan era hablar y cerrarlo todo. Y eso pensé, hasta que me di cuenta que no lo había olvidado. En un mensaje largo y bastante directo le dije eso, que lo quería. Que nunca había dejado de hacerlo. Él, con muchos rodeos, me dijo frases muy bonitas sobre la complicidad que aún teníamos y yo, mientras leía, solo pensaba “me quiere, obvio que me quiere”. Pero si no lo decía así, directo, no valía.

 

Quedarme con esa idea en la cabeza solo me dio un poco de tranquilidad. Por unos días esperé a que se diera cuenta y que, como buena escena de comedia romántica, llegara corriendo a mi casa con la certeza que yo ya tenía. Me negaba a pensar que esa conexión tan fuerte, esa facilidad para hablar y estar con él había sido en vano y que todo quedaba ahí, solo en una relación cordial.

Estuve así, un par de semanas, esperando. Por un tiempo me conformé con la idea de tenerlo cerca, pero no con-migo. Pero no me gustan las cosas a medias. Él no llegó corriendo en cámara lenta a decir que no podía vivir sin mí, así que tuve que cortar por lo sano y decirle que no quería saber de él. Que lo quería demasiado como para pretender que podía sentir menos de eso. Que aún me dolía lo que había hecho. Que necesitaba estar bien. Él dijo que bueno, que perdón. Buena suerte para los dos.

Mi mamá dice que a veces uno piensa tanto en algo o alguien que llama así a la gente. Puede ser una llamada por teléfono o saber que te vas a encontrar a alguien en la calle. Algo de bruja habré heredado, porque esa vez, yo sabía -esperaba- que me hablara. Tenía la seguridad de que me buscaría, pero que yo ya no lo querría y que podría dármelas de diva e ignorarlo. No fue así. Se murió una amiga, estaba muy mal y cuando me dijo yo solo quería abrazarlo. Contenerlo. Necesitaba estar con él y no podía dejar que el orgullo me ganara de nuevo.

Cuando por fin nos vimos, y en medio de una larga conversación, me dijo todo lo que yo ya sabía, pero que él por fin entendió. Mientras lo abrazaba, me contó lo que necesitaba oír: que me quería, que lo sentía, que sabía que sus acciones tenían que valer más que lo que decía. Tenía miedo de que sí, nos quisiéramos, pero que todo lo malo siguiera igual y que las promesas quedaran en eso. Ya pasó un tiempo y esa inseguridad ya no está. Al final no tuve la escena en cámara lenta, tuve algo mucho mejor.

 

 

Durante todo este tiempo me costó sentir que alguien de verdad entendía todo esto. No creo que mis amigos hayan sabido todo lo bueno, porque no siempre lo dije. Me dediqué por meses a botar lo malo, el odio. Nunca conté todas las cosas maravillosas que él hacía, que era y que aún es. Que es la única persona con quien me gusta cocinar. Que carretear con él es igual de emocionante que dormir, caminar, o echarnos en la cama a comer papas fritas. Que siento que con él podría proponerme a hacer cualquier cosa y que resultaría increíble. Que por mucho tiempo pensé que no volvería a hacerle cariño en el pelo y que soy más feliz cada vez que lo hago y veo como sonríe.

Al final, de eso se trata, como dice la Cami: ese mundo secreto que existe en público, pero que no todos conocen. Ver al otro y sentir que con una mirada todo queda claro. A veces uno intenta poner en palabras y convencer al resto de porqué la otra persona es tan bacán como uno piensa, pero ¿para qué? Solo sé que en él encontré en alguien que me entiende, que a veces me conoce tanto que me asusta y que, simplemente, las piezas calzan.

Escribir la primera parte de esta historia fue terapéutico y nunca pensé que tendría más que contar. Dicen que las segundas partes nunca son tan buenas como las primeras, pero la vida no tiene un guión perfecto. La vida no es una comedia romántica. Ésta, nuestra segunda parte, es mejor. Sin ansiedades. Es una primera prueba pasada, donde los errores los tenemos claros, y el cariño se vuelve más fuerte con el tiempo. Desde que volvimos, cada día es mejor y -así como sé que lo quiero- sé que él sigue siendo mi lugar favorito.

 

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