Escrito por B.

Murió Fotolog. Le dieron un leve respiro para que la gente pudiera recuperar su tesoro de adolescencias olvidadas y olvidables. Luego del tiempo extra, se acaba el confesionario donde volcábamos nuestras inquietudes antes de la llegada (y masificación) de Facebook.

No hablaré de mi perfil personal. Fotolog me recuerda una segunda cuenta temática que mantenía. En ella, me dedicaba a homenajear el trabajo de cierto realizador francés que en aquella época también ganaba un Oscar por mejor guión original gracias a una película hoy devenida de culto. Allí, descubrí a un joven que me llamaba la atención. De partida, lo encontraba bonito. Tenía (suponía) uno o dos años menos que yo, que entonces rondaba los 17 y estaba terminando el liceo. Me encantaba su melena, que le daba cierto aire a Beck.

Me gustaba las cosas que fotografiaba; sentía que había un mundo muy inocente y curioso adentro de su cabeza y yo quería estar allí: me daba curiosidad. Esa curiosidad se revolucionó cuando lo tuve en frente. Era el final de una tarde de otoño y éramos los primeros en hacer una fila para un concierto de una extinta banda de rock estadounidense formada por dos ex esposos. Él estaba conversando con amigos suyos, mientras yo estaba solo haciendo la fila. Entonces, era pura curiosidad.

No sabía todavía cuán seguro estaba de que me podían gustar realmente los hombres y, finalmente, asumí que me gustaban ya entrada la veintena. Pasaron los años. Fotolog pasó de moda y migramos a Facebook. Me lo volví a topar en una fiesta una noche. No recuerdo el lugar específico; creo que fue en la disco Purísima, en el barrio Bellavista. Lo vi bailando con un chico. Pensaba que era un amigo, pero la siguiente vez que nos topamos me di cuenta de que era su novio. No había chances.

Me lo seguí topando, en carretes, en conciertos o en otras instancias menos confesables. Ya había terminado con su novio. Dejé de verlo como el mino que me llamaba la atención, sino como un mino rico que me podía calentar. Si bien ahora salía sin mino, lo hacía con un par de amigas. Todo el tiempo. (Me gusta salir solo a carretes y a conciertos.) Desde entonces, unos cuatro años atrás, hemos seguido coincidiendo. Siempre parece premeditado, pero no. Pareciera que nos gustan las mismas cosas.

Han pasado más de doce años y sigue igual de rico. Me ha vuelto a gustar. Me intriga él. Y, bueno, también me calienta muchísimo. Ya he intentado joteármelo y he fallado en todas las veces. La primera vez, me le intenté acercar en un carrete sacándolo a bailar con una canción que le pedí al DJ que pusiera. La última, era yo quien puso la música y se empezó a acercar paulatinamente; me puse jote canchero y a él le sobrevino la timidez.

Esa última vez, le dediqué «Mil horas» de Los Abuelos de la Nada. Ahora último, lo sigo en su perfil de Spotify. Me encanta ver qué agrega a sus listas de música. Me gusta stalkearle el gusto. Me identifica muchísimo. Me movería con sus canciones para bailar y haría karaokes con su lista de música para encerar. Pero la triste realidad es que han pasado más de doce años y aún no hemos culeado ni mucho menos hemos tenido una cita. Pero, para estos efectos, la hermana de Tom, el protagonista de «500 days of Summer» tiene razón.

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Todavía espero el día de poder sacarlo a bailar y ser correspondido. No sé si lo que me pase con él sea amor, pero está volviendo a ser curiosidad. Pero ya no es curiosidad de oh-me-está-gustando-un-mino-qué-chucha-hago, sino curiosidad emocional. Quiero quedarme un rato adentro de su cabeza, recordando lo que me pasaba con las fotos que subía a Fotolog. Espero un día dejar de parecerle esperpéntico.

 

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