Escrito por Ebriedad / Créditos por imagen

Desde hace algún tiempo se siente un poco extraño salir a dar vueltas por ahí. Para ponerlo fácil y ser honesto con quien lee, diré que me siento un poco inseguro cuando ando fuera de casa y no sé si eso es algo que le pasará a más personas. No hablo de una inseguridad clasificable como agorafobia, porque si lo pienso bien cuando estoy afuera es cuando más claustrofóbico me siento. No, no es claustrofobia tampoco. A veces los lugares pequeños me asfixian, pero también los grandes, o quizás los grandes solo me hacen sentir lejos de casa, como cuando recorro la ciudad y deambulo entre todos esos tonos grises, no los del cemento -a esos me he acostumbrado-, sino que en todos esos grises que proyecta la gente.

Y bueno, estoy hablando de la inseguridad que me hace sentir la ciudad y lo atribuyo a la ausencia del hogar, porque es la relación directa que más rápido aparece en mi cabeza, pero para ser honesto cuando estoy lejos de casa ni me acuerdo de ella. No sé, por lo general el sentimiento de ausencia viene cuando me estoy alejando de casa; durante ese caminar, con el hogar mirándome la espalda, es cuando más fuerte se siente mi aflicción. Porque para ser honesto, cuando estoy en casa ni pienso en ella. Quizás es uno de esos típicos dilemas de tener y no tener, de tener y perder, de valorar cuando se extraña. Quizás no pienso respecto del hogar cuando estoy en él porque su presencia me colma y todo se trata de estar bien. Quizás se trata de asumir que realmente no tengo nada. Quizás la presencia de mi hogar me recuerda que uno siempre se tiene a sí mismo y que nadie puede tener nada realmente.

El hogar. Salgo de mi casa y el sol (o el frío) a veces me lastima hasta el punto de sentirme tontamente vulnerable. Pero sé que todos estamos expuestos al mismo sol, al mismo frío, desde hace tantos años y que lo estaremos durante tantos años más. Y tomo la micro o el metro y todo es tan reducido y la bulla crece tanto y los tiempos son tan lentos y los movimientos tan rápidos. Quizás sea normal sentirse asfixiado y mareado. Obvio que el cerebro se desconcierta con tanta gente y tanta ausencia. Obvio que hasta el segundo antes de aclimatar mis sentimientos a ese faena salvaje de la vida me siento inseguro. Creo que quizás la cosa va por ahí, en el cambio que siento entre el hogar y esa realidad violenta.

He tenido la suerte de sembrar varios hogares, por aquí, por allá. Dicen que no hay persona más peligroso que la que se lleva bien con todos, pero no creo que sea cierto. De partida nadie se lleva bien con todos. Yo lo intento, como por consigna de amor con el resto, pero nunca termina de resultar. Algunos me caen bien, otros mal. Unos muy bien, otros muy mal. Algunos me causan indiferencia y eso me hace pensarme como un insensible. Pero la verdad es que siento mucho amor todo el tiempo, me criaron así, y aun así me asfixio en soledad, aunque solo cuando estoy fuera de casa. Tal vez sea la condición del ser gregario; tal vez soy muy bueno buscando excusas y respuestas. Quizás absorbo demasiado de afuera, donde todo es tan torcido, y en mi casa todo tan bien, y la gente que me ama todo tan bien, y la gente desconocida tan mal y la ciudad tan mal y los espacios grandes tan mal y el tiempo tan mal y el sol y todo lo que éste ilumina tan mal.

Tras exponerlo así me doy cuenta que el problema es la ausencia del hogar. Y no me refiero con ésto al espacio físico al que volvemos a dormir, comer, ducharnos y existir, sino a todos los núcleos de personas con las que nos relacionamos en diferentes momentos de nuestra vida. Porque los hogares pueden ser varios y están constituidos por toda esa gente que está dispuesta a brindarnos amor; los padres en la casa de infancia, los hijos en la casa de vejez, la pareja que nos hace reír, los amigos que amamos y el silencio de nuestro hogar de soltería, cuya comodidad silenciosa nos recuerda que el amor hacia nosotros es el punto de inicio para cualquier tipo de amor hacia el resto. Quizás en este punto podría aseverar que el hogar se construye de amor, o que el amor es por definición un hogar, pero incluso en este momento es difícil tener claridad al respecto.

Me tranquiliza un poco haber ordenado estas ideas y haberlas puesto por escrito. Creo que tengo alguna idea de lo que me ocurre y espero que alguien más entienda las cosas que aquí expuse. La única gran certeza que me invade ahora es que debiéramos intentar seguir construyendo hogares y amores. Ahora sé que todos esos momentos en los que me siento ahogado significan que me asusta la hostilidad que nos han impuesto allá fuera, que el proceso de adaptación me afecta en cierta medida porque es muy perceptible, que mi casa es un buen lugar para sentirme seguro, que las personas dispuestas a amar son también mi casa y que si nos diéramos con mayor ímpetu a la tarea de amar, probablemente el metro, la micro, la calle, la ciudad y todo lo que ilumina el sol sería un gran e inevitable hogar. Es un buen sueño antes de dormir.

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