Escrito por El Escudero / Ilustración por Hola Nico González

Yo no creo que exista algo así como la naturaleza del ser humano, que lo que somos sea “por naturaleza”. No, lo que somos depende de dónde nacimos, dónde crecimos y cómo nos educamos. Pero no hay que dejar de reconocer que hay ciertas cuestiones que nos hacen sentir como animales del mundo, precisamente cuando estamos en contacto frente a otro: la sensación de manada, de estar acompañado, de sentirse acogido, es “naturalmente” inevitable. Por lo mismo la sensación de pérdida o el abandono duele tanto, porque no se entiende. Ayer estabas ahí conmigo, dándome un abrazo,  al día siguiente te fuiste y nos dejaste en el pasado con todas nuestras alegrías y miserias. Y hoy, sumado al dolor de enfrentar tu ausencia, de tu no-compañía, tengo que soportar la herida de la profunda puñalada de saber que estás con otra persona.

Ayer me enteré. Lo confirmé porque me metí a tu Instagram desde la cuenta de un amigo y vi que subiste una foto con él. No estaban abrazados, ni de la mano, ni dándose un beso. Era una foto casual que no demostraba nada. Pero la subiste, y además de hacerlo tu comentario en la foto era una carita “:)”. ¿El primer comentario? Tu mejor amiga: “Lindos”. Fin de la historia. Estás pololeando.

Hace tres meses que no sé de ti, porque dejamos de hablar. Porque me dejaste de hablar después de mucho tiempo en que yo intenté convencerte de que las cosas podían terminar de otra forma. Pero mi enfermiza obstinación no pudo superar a tu militante indiferencia, entonces comprendí que ya no era sano seguir mandándote mensajes, invitándote  a salir o qué sé yo.  Me volví un poco loco, o más bien saqué a relucir mi locura. Porque es un hecho que estamos todos locos, sólo nos falta el impulso necesario para que se note que es así. Reconocerlo es, además de un acto de sinceridad, la única solución para controlar los límites de nuestra perversión.

No sé, entiendo que ya pasó un tiempo suficiente, que las cosas entre nosotros no funcionaron, que ninguno es dueño del otro y que somos libres de hacer lo que queramos y estar con quien queramos. Me ha costado entenderlo, pero lo acepto, pero me cuesta. Soportar la pérdida absoluta me agobia. No sé cómo voy a hacer para verte en el patio de la Universidad caminando con él sin convertirme en un estropajo. No sé qué voy a hacer cuando vaya a la Biblioteca y me siente en la misma mesa en la que compartíamos juntos la desolación del estudio. Menos voy a saber cómo reaccionar si te veo en ese lugar junto a tu pololo, si con sólo imaginarlo siento un calor insoportable en el cuerpo y ganas de llorar. Tendré que salvarme de alguna forma.

Lo único que sé es que, afortunadamente, cuando llego a la casa está mi mamá. Busco un abrazo de ella, que me haga cariño en la cabeza o en la espalda. Vemos juntos la teleserie, nos tomamos un tecito y pelamos un poco a los familiares. Sin su contención me iría al carajo. Porque, como ella misma dice “pase lo que pase, tu familia siempre va a estar ahí para ti”. Como si fuéramos una manada. Gracias por todo, madre.

El lunes parten las clases. Ojalá no nos topemos.

 

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