Escrito por Anónimo / Imagen por Catalina Bodoque

Muchas veces empecé a escribir esta historia con la frase “Esta no es una historia de amor”. La verdad es que, tarde o temprano, te das cuenta de que toda historia finalmente, debería serlo. Debería terminar en amor. Mucha gente confunde la fe con la existencia de Dios tal como confunde el hallazgo del amor: el hallazgo o la “existencia” refieren a comprobar algo que está fuera de nosotros, y la fe, tal como el amor y su certeza, es un sentimiento que reside al interior del hombre y no en cómo un determinado contexto y ambiente puedan demostrar la existencia de ellos.

Fui víctima de abuso sexual a los 14 años. Siempre ha sido conflictivo utilizar esas tres palabras: víctima, abuso, sexual. También fue difícil admitirlo: las primeras veces dije que un amigo que me iba a enseñar matemáticas me dio un beso y que después las cosas se pusieron incómodas. Es complicado contar algo así, en un inicio suena raro, y luego, vienen puntadas de dolor por cada frase hilada: el primer hombre que me tocó no quería que me tocara.

Había un cuerpo más pesado arriba mío, y en parálisis, pareció que no pudieran salir las palabras “Basta, no quiero”. Di empujones y sólo terminé más desvestida de lo que había llegado a esa horrenda casa. Él tenía 19 años. En el estadio cercano a su casa estaban jugando un partido ese sábado, y él me convenció de que mejor esperara a que dejaran de pasar hinchas por la ventana para irme. Apenas terminé de sentirlos le dije que quería llegar a mi casa. Amablemente, él me acompañó hasta donde dejé que lo hiciera: lo más lejos posible, pero lo más cerca para no tener que andar sola tanto rato. “Déjame acá”, le pedí y asintió para luego despedirse fríamente, después de darme el consejo más cruel que pude recibir en toda mi vida después de esa pesadilla: “No mires atrás”.

Continuará…

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