Escrito por Antonia Orellana Guarello / Gif por Lila Miller

En un ejercicio de masoquismo digital me puse a leer ayer los comentarios a la rutina de Natalia Valdebenito en el Festival de Viña. No los comentarios de mi entorno cercano, que es o feminista o de izquierda o muy cola o todo eso junto y conformamos una burbuja de autoconvencimiento, sino los que puedes encontrar poniendo “todos los resultados” en el buscador del tuiter y bueno, aparte de lo obvio, había muchos comentarios de jóvenes –hombres y mujeres– reaccionando indignados al comentario “A nosotras nos enseñaron a ser señoritas, pero a ustedes no les enseñaron a no violar”.

 

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¿ALGUIEN SE PICÓ?

Si les indigna tanto, es que al igual que con todo lo relativo a la violencia contra las mujeres y la diversidad y disidencia sexual, en Chile los datos duros y la experiencia de vida sobre la violencia sexual se enfrentan a un muro muy sólido de prejuicio, estereotipos y cargas morales. Hubo un tiempo, por ejemplo, en que yo creía que la violencia en las relaciones era algo que le ocurría sólo a mujeres dentro de un marco muy definido: casadas, de mediana edad y que eran dueñas de casa o no tenían trabajo que les diera autonomía (obviamente, como dijo Arelis Uribe en esta bonita columna, feminista no se nace sino que se hace y es un continuo de aprendizaje y cuestionamiento ya que mi prejuicio era terriblemente machista, sabrán perdonar) El paso del tiempo me demostró lo equivocada que estaba. Muchas veces, con un “tengo que contarte algo, a ver si me podís ayudar” podía venir alguna historia más o menos espeluznante sobre violencia y control en el pololeo. A veces otro tipo de cosas como alumnas universitarias de conocidas que fueron violadas al curarse en un carrete por tipos a los que tuvieron que seguir viendo por cinco años en clases, a veces simplemente conversaciones re-significando historias familiares. Contra el sentido común que inventa un tipo de mujer-víctima muy estereotipado, la realidad en forma de historias de conocidas o de estadística muestra otra cosa: la violencia es transversal y multiforme, se da en distintas intensidades y atraviesa todo el ciclo vital de las mujeres.

Hay una mentira muy extendida que dice que “las generaciones jóvenes son menos machistas”. ¿Es eso cierto o es algo de lo que nos intentamos convencer? Efectivamente, hoy las mujeres chilenas gozamos de márgenes de libertad y acceso a espacios que antes nos estaban vedados. Pero eso es todo relativo porque hay ciertos límites que no podemos cruzar, y si lo hacemos somos castigadas. De los 58 femicidios concretados durante el 2015 (no vamos a decir los frustrados o presuntos, que los doblan) al menos 22 de las mujeres víctimas tenían menos de 30 años. Muchos de ellos tuvieron como situaciones detonantes la incapacidad del femicida de aceptar decisiones de esas mujeres por sí mismas: terminar con ellos, tener una nueva pareja, salir a trabajar, volver a retomar amistades que ellos controlaban. No son los celos, sino la pérdida de control sobre una persona que consideran objeto, tanto jóvenes como adultos y viejos.

 

¿Qué pasa con la violencia sexual dentro del pololeo?

En Chile nunca tuvimos educación sexual y afectiva laica y libre, sino que con suerte un video proyectado que te atemorizaba sobre los peligros de la gonorrea. Cuando te pasan el aparato sexual femenino el clítoris obviamente no existe. Las y los adolescentes chilenos tienen su aprendizaje sobre la sexualidad sobre las pautas culturales machistas y violentas que rigen, los silencios y omisiones de sus familias y la precariedad que caracteriza la vida en Chile, sobre todo la de las y los adolescentes más pobres.

En 2008, un estudio pequeño realizado en Talca corroboró algo que es tendencia en toda América Latina: el 11% de las adolescentes entre 15 y 18 años encuestadas reconoció haber sido forzada a tener relaciones sexuales y el 28,2% afirmó haberlas tenido sin desearlo por temor a la reacción que su pareja pudiera tener frente a la negativa. Mayoritariamente, en Chile las mujeres aún somos educadas como seres dependientes que se deben a un/a otro/a. Eso tiene que ver con la maternidad, pero también con el placer. Hace un tiempo vi un trabajo maravilloso realizado en la Escuela Popular de Canal 3 de La Victoria donde entrevistaban a muchas mujeres sobre su menarquia y su primera relación sexual (dejemos de hablar de virginidad, por favor) Todas tenían de 30 años para arriba y el factor en común era una primera relación sexual con miedo y un descubrimiento tardío del placer sexual.

Para el feminismo estadounidense blanco, uno de los avances significativos de la “revolución sexual” de los años sesenta fue la rebelión del placer y la afirmación del orgasmo femenino, algo que incluso la ciencia negó por años. Para las mujeres latinoamericanas, eso ha sido desigual: depende mucho del grado de educación, clase social, la etnia y el contexto territorial en que se vive. Una pauta común es que nos educan sexualmente para la reproducción, en el deber y no en el goce. Eso se ha traducido en que muchas mujeres jóvenes ocultan su anorgasmia o su insatisfacción sexual para “no causar conflictos” y cumplir con la imagen de mujer moderna tipo, siendo que la principal causa de la anorgasmia es la falta de deseo. Las soluciones no pasan por “usar lubricante” (solución más frecuente que dan los ginecólogos y amigas ante la falta de lubricación, que se produce por falta de deseo o porque ese otro/a no se preocupa de la estimulación de su pareja) ni el reciente “viagra femenino” (que no provoca deseo ni placer a las mujeres, sino que nos hace más fáciles de penetrar al ayudar a humedecer la vagina: una solución farmacológica en el cuerpo de la mujer pensada para hombres) sino por no tener sexo cuando no lo deseas.

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¿Están los hombres, adolescentes o no, preocupados de aceptar ese NO? ¿Puede eso derivar en violencia? En sucesivas investigaciones sobre la sexualidad y masculinidad adolescente en América Latina, el sociólogo José Olavarría ha concluido que los principales profesores de sexualidad de los adolescentes son sus pares, y que dentro de las pautas importantes que se transmiten es el control del cuerpo de la o el otro. Una buena expresión banal de eso es el chiste de Edo Caroe sobre si Giorgio Jackson  “se la puso” a Camila Vallejo: puso el pene en una otra que al parecer no tiene implicancia alguna ni voluntad. No es si se comieron, tuvieron sexo o algo en que dos deciden. “La puso”: la misma lógica de Ena Von Baer, una mujer-vasija que “presta el cuerpo”, para que se la pongan, para ser madre forzadamente, para lo que otros decidan.

De acuerdo a los resultados de Olavarría lo que los hombres adolescentes consideran mayoritariamente como consentimiento es simplemente que no haya oposición violenta, un sácate de encima mío físico y claro. Volvemos a la cifra: el 28,2% de las encuestadas afirmó haber tenido relaciones sin deseo alguno por miedo a la reacción de su pareja. Consentimiento no es la ausencia de un no, sino la afirmación clara y libre del sí.

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¿Por qué se enojan cuando Natalia Valdebenito dice que no les enseñaron a no violar? El primer pero: “no todos los hombres”. No, claro que no. Pero en Chile las violaciones son perpetradas en un 96,8% por hombres contra mujeres (las que se denuncian). Les enseñaron que violencia sexual era esa imagen cinematográfica de una mujer asaltada por un desconocido en la oscuridad, cuando en Chile el 84,7% de las violaciones ocurren en espacios íntimos, familiares o de conocidos. No,  no creo que haya un ejército de violadores acuchillando en las calles, sino que hay una normalización de la violencia bajo la excusa del dañino amor romántico, que atraviesa todo tipo de pololeos. Junto al tema del control (desde el celular hasta el control del cuerpo, los amigos, las visitas, el sueldo: la vida) y la violencia física y sicológica, la violencia sexual y violación en el pololeo está mucho más latente de lo que queremos creer. Obviamente, eso no tiene nada que ver con el amor.

No hay que tener sexo sin deseo “por amor”, no deberías tener miedo de la reacción de tu pololo/a a un no, sea que se ponga violenta/o, triste o frustrado/a. No te puede obligar a hacer cosas que no te causan placer o no quieres hacer. No puede obligarte a tener sexo sin condón. No puede irse dentro si tú no quieres. Nada de eso es “por amor”, sino que por miedo.

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