Escrito por El Escudero

Estoy pegado en tu ventana de whatsapp esperando el momento en que aparezcas “en línea”. Ni siquiera es para saber cuándo hablarte, ya no me atrevo. Sólo lo hago para imaginar que estás del otro lado del celular y que existe una remota posibilidad de que de pronto aparezca tu nombre “escribiendo…”, que tú me vas a hablar. Soy perkin y medio sicópata, lo sé, pero es algo que a estas alturas del partido ya no se puede evitar con las redes sociales. Si te saludo o te comento cualquier otra cosa no va a pasar nada del otro mundo, de hecho probablemente serías extraordinariamente buena onda conmigo y me preguntarías cosas no convencionales ni predeterminadas de mi vida. Comentaríamos alguna contingencia nacional, evaluaríamos los mejores y peores vestidos de la Gala del Festival, despotricaríamos contra el sistema económico, la injusticia y la desigualdad, nos recomendaríamos películas, series y canciones, y quizás hasta nos mandemos una selfie de “en esto ando”. Siempre pasa lo mismo.

Pero hoy no te voy a hablar, no te quiero hablar. Porque de un tiempo a esta parte mientras te escucho contarme una historia estoy pensando en cómo disimular mi nerviosismo al mirarte. Hago lo posible para no escucharte como Charlie Brown escucha a su profesora, pero ya no puedo. Qué rabia, por la chucha. Te juro que hice todo lo posible para que esto no pasara. No sé cómo ni cuándo empezó, pero ya van un par de meses en que la primera imagen que tengo al despertarme es tu cara. No un retrato artístico, ni tu mejor foto, ni un videoclip: es simplemente tu cara. Veo tus cejas, me encantan tus cejas. Veo tus ojos moviéndose hacia arriba cuando estás indignada con algo. Veo tus orejas con esos aros de plata de fantasía que no te cambias por nada del mundo. Veo tus dientes medios amarillos. Veo un pall mall click consumiéndose en tu boca. Veo todos esos detalles juntándose en mi mente al despertar. Cagué, me gustai.

Si te digo, obviamente no me vai a pescar. Lo sé, lo presiento. Es una verdadera lástima. Nuevamente estoy en esa dolorosa posición de amor no correspondido, que desde chico ha sido una cruz que he tenido que cargar en infinitas ocasiones. Ya estoy acostumbrado. Es mi hábitat. Entonces viene mi proceso de conformidad: resistir en el dolor con elegancia. Sé actuar, lo he hecho millones de veces cuando estoy en posición de vulnerabilidad. Pero ya voy a dejar de hablarte, porque no soporto la idea de estar cada vez más cerca de tu universo sabiendo que todo probablemente va a terminar de forma fatídica. Y aunque sé que no tengo nada que perder, siempre se puede estar peor.

En realidad ni siquiera tengo certeza de si sientes o no algo por mí. Nunca me lo había preguntado hasta ahora. Igual podría ser, nos reímos harto y nuestros silencios nunca son incómodos. Quizás también te gusto. Pero independiente de eso, hay algo superior que nos impide estar juntos: eres Aries y yo Virgo. Estamos cagados. O yo estoy cagado contigo, más bien dicho. Desde que me empezó a pasar esto contigo busco una vez a la semana en internet cómo funciona nuestra compatibilidad, intentando encontrar algún ángulo posible en que lo seamos en términos amorosos, pero no lo encuentro. Eres fuego y yo soy tierra, no da. Ni las estrellas están de nuestro lado. O de mi lado, más bien dicho.

Sigo viendo tu ventana de whatsapp. Estás en línea. Ya filo, te voy a hablar, no pierdo nada. Quién sabe lo que pueda pasar, quizás hasta nos AUC-emos (sé que no te gusta el matrimonio, a mí tampoco). Quizás todo este miedo es un simple prejuicio zodiacal.

 

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