Escrito por A.

Aunque no ha pasado taaanto tiempo. La cuento porque cada día se me olvida un poco más.

Como en las películas, nos conocimos en París. Me hice amiga de sus compañeros de departamento, a él me costó mucho más llegar, de hecho, pensé por mucho tiempo que le caía mal, pero de a poco, empezamos a hablar.

Cuando nos quedábamos en su casa carreteando, siempre llegaba aquella hora en que ambos íbamos al balcón a fumar un cigarro, y entonces hablábamos. Me hablaba de temas que nadie me había hablado nunca, y empezábamos a “filosofar”, me hacía unas preguntas tan raras… que en el momento no lograba encontrar sentido, pero siempre llegaba con una respuesta al día siguiente.

Tenía claro que me gustaba, su aire misterioso, taciturno, pero sobre todo era su manera de pensar la que me tenía loquita. Él era bien tímido y si bien éramos amigos mantenía siempre una distancia prudente conmigo. Una parte de mi si creía que podía pasar algo, me había dicho varias veces que me encontraba guapa o cosas por el estilo, pero inmediatamente después había hecho algo que me hacía pensar que en verdad no quería nada conmigo.

Yo me iría de París en un par de meses, si había que hacer algo, tenía que hacerlo en ese momento. Un día, entre esas conversaciones de balcón y con ayuda de una cantidad enorme de alcohol, le dije “si no me volviera pronto, saldrías conmigo?”. El quedó completamente descolorado con la pregunta. Luego de unos segundos me dijo que sí, que obvio que si y, entonces, yo le dije “bueno, entonces, si quieres invitarme, ya sabes mi respuesta”. A eso él respondió por primera vez algo más coqueto diciendo “Tal vez te sorprenda”.

Dos días después, estábamos en el teatro, luego del teatro, un montón de noches de películas, caminatas por el canal y muchas tardes de filosofía. Entremedio, como ya me quedaba poco tiempo terminé viviendo en su casa. Cuando me fui de vacaciones a Londres, él se fue a Dinamarca, nos habíamos separado sólo un par de días. Él, como buen romántico meloso (contrario a mi), llega con chocolates (los más mamones de la tienda).

No nos dimos ni cuenta, y en un abrir y cerrar de ojos, ya sólo nos quedaba una semana. Aquella semana fue tal vez la más dura que me ha tocado en mucho tiempo. Definitivamente no estaba preparada para dejarlo ir, no quería despedirme y el sólo pensar que sólo nos quedaban unos días me ponía los ojos llorosos. Me dijo que él sabía que nos encontraríamos nuevamente, que aquello no había terminado, yo le dije que callara, no soporto las promesas que no se pueden cumplir y en realidad ninguno de los dos sabe si en efecto nos volveremos a ver.

No lo dejé ir al aeropuerto, no podía soportarlo. Antes de cerrar la puerta de la casa lo mire, le di un beso y me despedí, el me dijo “nos vemos en 2 semanas”. Y es que cuando uno quiere mucho a alguien y se separa de esa persona (sea amigos, familia, etc.), cuando lo vuelve a ver es como si hubiesen pasado 2 semanas desde la última vez. Como entendía perfectamente la expresión le dije de vuelta “2 semanas” el me respondió “15 días” y me fui.

Vivimos una relación intensa porque teníamos que hacerlo, porque sabíamos que el tiempo nos alcanzaría tarde o temprano. Aprovechamos tan bien el tiempo, porque sabíamos que nos faltaría. Un amigo me dijo, que era normal que idealizaramos tanto la situación, en teoría sólo habíamos vivido momentos lindos, no habían peleas, si no más que pequeñísimas discusiones, nos queríamos, pero en realidad, tal vez sólo fue así porque no teníamos tiempo, porque sabíamos la fecha de expiración.

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