Escrito por Martina Monti / Créditos por imagen

Llevaba seis años con el que había sido mi pololo pero quien, desde hace un buen tiempo, ya era cualquier cosa. La relación iba y venía y yo iba y venía con la relación. Hasta que un día pseudo-terminamos por enésima vez y yo me fui de vacaciones y mi ex-algo también.

Llegué a la playa sin ánimos amorosos, con unos amigos, en una carpa. Y así fue que lo conocí a él, con sus amigos en la carpa vecina. Algunas conversaciones y circunstancias nos juntaron. Yo leía un libro que a él le gustaba mucho, luego lo vi dibujando y le comenté que yo también lo hacía. Y así. Después de dos semanas de largas pláticas, a mí ya me gustaban hasta sus ausencias.

Él era completamente diferente a todo lo que yo conocía como “el mundo”. Era como si este muchacho no fuese de ninguna época, porque no respondía a cosas concretas, él siempre estaba siendo, nunca había sido o iba a ser. Era tan sí mismo que había inventado una nueva forma de existir. Por ejemplo, no tenía vergüenza, no aparentaba nada, no presumía nunca, era genuino, relajado, jamás se quejaba de algún pasado triste que justificara ciertas conductas, no tenía historias ni tampoco proyectos. Simplemente funcionaba así, siempre en el presente, a través del deseo, de la improvisación. Hasta su ropa era improvisada, se la hacía él mismo y se notaba.

Lo que más me gustaba de él eran sus ganas de aprenderlo todo, a cada rato. Por eso era muy inteligente y culto, y leía mucho y hacía malabares y también escuchaba mucha música y veía muchas películas y hasta estudiaba medicina, pero de esto me enteré mucho después, porque eran otras cosas las que lo completaban.

Entre música y poesía nos enganchamos, yo también era así, dispersa y curiosa. Nos besamos una noche y después otras noches más y luego regresamos a Santiago; y yo, aferrada a las tradiciones, apenas bajamos del bus le dije cuánto me gustaba. Él se rió y me abrazó y después me besó por última vez y se fue. En el terminal, estaba mi ex-algo, con su cara tan común y estancada. Yo había vuelto hecha otra persona. Y hecha otra persona fue como le hablé y le dije que ya no me gustaba nada de nada y me largué a llorar mucho rato, porque sinceramente sentí en mi corazón que ya no me gustaba nada de nada y que yo había cambiado. Y era un llanto para drenar, yo pienso.

Así, sin el mago del verano ni el amante desgastado, seguí mi vida creciendo mucho. Estaba distinta, el muchachito este me había ayudado a crecer, a vivir la vida así como él, en el momento; aunque ya no lo vi más. Me metí a talleres de escultura, de dibujo, de salsa. Me puse a escribir más cuentos, a sacar fotos, a leer más, compuse incluso una canción sobre los dinosaurios. Hasta que una noche, en una fiesta universitaria, estaba él. Él, el del verano bonito.

Me sacó a bailar con una cervecita en la mano. Me maté de la risa por volver a verlo y nos abrazamos espontáneos y alegres. Bailamos toda la noche sin dejar de movernos y conversar. Después nos fuimos a su casa. Allá pusimos música y él me tocó el acordeón y me mostró sus destrezas con los malabares, como un pavo real seduciéndome. Pero no era necesario, yo también estaba allí para contemplarlo. Luego nos besamos e hicimos el amor. O algo así, sentí yo.

Al día siguiente me llevó desayuno a la cama, pasamos el resto de la tarde abrazados, escuchando discos enteros, viendo una película, hablando de mil cosas, de tantas cosas bacanes que creo que con otro jamás he vuelto a conversar. Nuestras conversaciones siempre parecían un caleidoscopio que nunca dejaba de girar y de explotar colores y espejos y nuevas dimensiones y discusiones políticas y cosas asombrosas.

Así seguimos un tiempo. Encontrándonos cada ciertos días, una vez a la semana, yendo a fiestas callejeras, recitales gratuitos, cine arte, cervezas nocturnas, intercambiando libros, mi casa, su casa, durmiendo en los parques, haciendo el amor varias veces al día, bailando en nuestras piezas las cosas que le gustaban a él y las cosas que me gustaban a mí. Pero nunca hablábamos de “el nosotros” porque no había para qué, yo había aprendido a fluir, a gozar, a sentir. Daba lo mismo cuánto me gustara él. Simplemente todo era, todo estaba siendo, y me engañaba creyendo que me conformaba con eso.

Hasta que un día, viajamos fuera de Santiago por el fin de semana. En el bus parecíamos dos pajaritos deliciosos y cuando él dormía, yo me trepaba por su cara, mirándole cada una de sus esquinas, como si fuese el paisaje más sereno y bello del mundo. No me importaba si él era feo, porque probablemente lo era, no lo sé; para mí siempre fue la cosa más bonita que había visto. Esa tarde lo miré tanto, abusando de su sueño, que creo haberle desordenado con los ojos algunos de los lunares de su cara. Cuando bajamos del bus, me tomó de la mano, nunca lo había hecho y caminamos así nuestra última aventura.

Pasó algo horrible. Bebimos mucho en medio de una fiesta gigante. Yo bebí mucho, y entonces cuando cayó la noche, despertaron también mis temores mundanos, cosas que no existían todavía. Yo lo miré en un momento y tuve miedo de amarlo. Tuve miedo de que el presente dejara de importarme y que las torres del pasado y el futuro se desplomaran encima mío.

Él me sonreía con sus grandes ojos verdes, unos ojos que parecían tener otros ojos más hermosos detrás de los primeros. Ay, no sé, sus dientes, su boca, su corazón. Todo eso lo arrojé esa noche por un abismo, cuando me acerqué a un muchacho y frente a él, comencé a besarlo. A un tipo cualquiera, a un mamarracho insignificante. Así, sin más, me volví todo lo que detesto, me hice mediocre, besé a otro tipo con el sólo y absurdo objetivo de evitarme el dolor de amar a un hombre libre. Y todo ante su cara. Él, estoicamente me quedó mirando, me apartó del amante incipiente y me hizo dormir.

A la mañana siguiente mis recuerdos eran vagos. Él no dijo mucho, tomamos un bus y regresamos a Santiago. Me trató con mucha ternura y mucha distancia, como si yo fuese una niña torpe y sin remedio. Y procedió a hacer el mismo rito de la primera vez que nos habíamos despedido, también, a los pies de un bus. Me abrazó, me besó y se fue.

No lo veo hace casi un año. Es decir, no lo he visto físicamente, porque siempre lo estoy mirando, en cada pedacito de naturaleza. Él era así, como los árboles o los insectos; era puro. Y yo, que presumía de serlo, no pude evitar contaminarme con los miedos humanos de los que constantemente me burlaba. No importa, no tengo tristeza, al contrario, haberlo conocido me cambió, como suelen hacer cambiar las historias hondas y las personas como él, personas que parecen galaxias o animales y no humanos, como yo.

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