Escrito por Anónimo / Imagen por Leah Rials

Esta historia es distinta en todos los aspectos imaginables. Todo comenzó hace ya cuatro años atrás.

Éramos compañeros en varias clases de la u, sin embargo, nunca habíamos hablado por los prejuicios que teníamos el uno sobre el otro. Un día, como querer sin queriendo, coincidimos en la misma mesa para almorzar. La conversación fue de aquellas típicas entre meros conocidos, cordial pero distante.

En un momento pasó junto a nuestra mesa un compañero, sin dirigirnos la mirada. Inmediatamente su cara se ensombreció y miró cabizbajo su bandeja de almuerzo. Sentí curiosidad y le pregunté qué sucedía. Me dijo “¿puedo confiarte algo?”, a lo que naturalmente accedí. Me contó que dicho compañero había sido su pareja hace algún tiempo.

Relataba su historia de tal forma que cada palabra brotaba con pasión y a la vez dolor de su boca. Me contó cómo de un momento para otro el tipo lo había negado a él y lo que habían vivido juntos, burlándose incluso de él. Fue en ese instante -y sin saber mucho por qué- me sentí embriagada por un sentimiento de protección inmenso. Pensé “no puedo permitir que le hagan daño” y, de forma tan repentina pero grata, nos hicimos amigos. Pasamos de no ser nada a ser todo: nos sentábamos cerca, conversábamos, estudiábamos juntos, nos mandábamos whatsapp, entre otras cosas.

Un día me cuenta muy alegremente que había vuelto con su pareja. Yo le manifesté que no estaba de acuerdo, por todo el sufrimiento vivido, pero de todas formas lo iba a apoyar. Y así continuaron los meses, cada día más amigos que el día anterior.

Una tarde, mientras estudiábamos en la biblioteca, hicimos un recreo y salimos al patio. No recuerdo bien cómo comenzó la conversación, pero en un momento me dice “Lo que pasa es que yo tuve cáncer hace un par de años”. Lo miré, sin creerle, y me dijo “es cierto, jajaja. Leucemia. Hasta salí en la tele.” En ese momento me puse a llorar incontroladamente, pues sabía que algún día, inevitablemente, lo iba a perder. Se rió y me dijo “no seas tonta, si ya lo tengo controlado. Me tomo una pastilla todos los días”. Hizo una pausa y al ver que me seguían cayendo lágrimas silenciosas, me dijo “que eres tierna. Deja de llorar, si estoy bien. No quiero que sepa nadie más, porque no me gusta que me tengan lástima”.

Ese día al llegar a mi casa busqué en internet y efectivamente, ahí estaba toda la información. No podía dejar de tener pena, pero al menos él ahora estaba bien y eso era lo que importaba. Pasó el tiempo y ambos nos habíamos vuelto más cercanos aún, nos contábamos todo. Encontró a otra persona y yo a su vez también me puse a pololear, estábamos felices de que el otro estuviera feliz. Éramos tan unidos que escuchamos varios rumores de pasillo sobre una supuesta relación entre nosotros, lo cual nos daba mucha risa, ya que era más que imposible por razones obvias.

Un día me mandó una foto de él con una vía intravenosa, que decía “parece que me agarré un bicho”. La angustia que había sentido hace años volvió y se confirmó un par de días después. La leucemia había vuelto. Fueron arduos meses de lucha constante, de dibujar sonrisas en tu rostro, pero también de llorar tus lágrimas.

Estabas rodeado de gente que te adoraba: tu pololo, tus amigos, tu familia. Todos estuvimos contigo en esa batalla. Ya va a ser un año desde que decidiste partir y siento la misma pena que aquel día. Siempre te pienso junto con nuestros amigos, porque recordar que ya no estás duele demasiado.

Quise compartir nuestra historia para que las personas sepan que el amor toma formas muy variadas y sale de los cánones convencionales de la sociedad.

Nuestro amor fue bonito, fue distinto, pero aún duele mucho, mi querido amigo.

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