Escrito por Rocío Venegas

Era abril, pero el verano seguía acabándose esa noche que dije “¿Sabís que? ¡Chao!” chao nomás, muy de teleserie. De haber sabido todo lo que venía después, me hubiera parado derecha frente a él (para seguir viendome enana, pero menos) y le hubiera chasqueado los dedos, buscando con ese gesto entre ridículo y violento despertar algún atisbo de valentía en toda la última parte de lo nuestro, que terminó bien cobarde.

Quizás necesitaba un viaje melancólico en micro. Escuchar música triste, mirar por la ventana. Pero le pedí a mi mamá que me fuera a buscar. En el auto no hablé mucho, solo intenté explicarme y solté clichés con rabia. Nunca dije “más vale sola que mal acompañada”, pero lo pensé mil veces, mascullado entre dientes, como mantra de diva herida, mientras trataba de espantar al fantasma que se encargaba de recordarme que por primera vez en casi un año, iba a dormir sola un fin de semana completo, y quién sabe cuánto tiempo más.

Me estiré en mi cama, tratando de disfrutar ese nuevo espacio. Pero de pronto, el verano ya se había acabado. Mientras más me estiraba, aparecían más pedazos fríos que ni me acordaba que existían. Después de eso empezó el show, que quizás hubiera evitado si en vez de decir chao y dar la media vuelta, hubiera chasqueado los dedos, prendido la linterna de mi celular en plena calle y apuntado a su cara, reemplazando enfermas detenciones ciudadanas, por un interrogatorio urbano de parejas, caso cerrado.

Pero no, la rabia y la pena eran goteras corrosivas que se demoraron un par de días en aparecer. Resignarme a que no soy indispensable y que la última conversación duró menos que el primer beso fue imposible, así que cada tanto mandaba un nuevo mensaje, sometiéndome al sadismo de los tickets azules y los “visto a las 20:30”, seguidos por respuestas escuetas y miles de “Rocíos” dichos con condescendencia.

Ahí empezó a dar vuelta la pregunta que con todo el dramatismo del mundo terminé por hacer: “oye, pero en serio ¿cuánta agua tiene que pasar bajo el puente? ¿Esta hueá cuando se acaba? Porque yo todavía no entiendo nada”. Juro por dios que esa frase la dije así en la vida real, sin ninguna vergüenza. Y por supuesto, solo obtuve como respuesta un “no sé Rocío, no tengo idea”. Y te podís ir a la chucha, le faltó agregar.

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Quizás uno de los peores consuelos que te pueden dar es que dejes que pase el tiempo, o que el tiempo cura. Pero en esta pasada comprobé que es empíricamente cierto: lo hace. Cuando me atreví a usar esa metáfora cursi, deseaba que hubiera una respuesta. Si sigo hablando en sentido figurado, sentía que me estaba ahogando en algo tan inmaterial como la desolación de no entender ni cómo ni cuándo había empezado a sentirme tan sola. Extrañaba como loca poder apretarle la mano, morderle una oreja y sentirlo temblar. Eso también era cierto, porque lo más fuerte de esa ausencia era que sin causas naturales de por medio, nuestra historia se había acabado. No nos habíamos muerto, seguíamos existiendo pero no teníamos por qué volver a vernos.

Todo se pasa. Absolutamente todo, me dijeron. Y sin creerlo mucho, se pasó. Le escribí hartas palabras que leyó y muchas más que no leyó, lo putié hasta que me arrepentí, le pedí disculpas y me arrepentí de las disculpas, así que volví a putearlo. Y de pronto, ya no me dolía saber que de él ya no me quedaba ni su número de teléfono. Había pasado un tsunami bajo el puente, un chorro de agua que limpió casi de manera violenta mis ganas de apretarle la mano y las de apuntarle a la cara con una luz y obligarlo a explicarme un montón de cosas también. Nuestra historia había sido esa, no sacaba nada con intentar contarla de nuevo ni cambiarle el final. Donde antes había pura pena, ahora tenía un espacio limpio que con poco acierto volvería a llenar.

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