Escrito por Estefanía

 

Tengo una lista en Spotify para destruir mi corazón, que escucho mientras escribo. La gente que me conoce bien, sabe de esta historia. El problema es que no comprenden su profundidad de esto. En general, lo narro como una sucesión de hechos que me he encargado de encadenar y de no botar a la basura por vaya a saber uno la razón. Parece que vi mucho Sabrina, porque recuerdo mucho cuando la tía Zelda le dice a su sobrina: “A los dieciséis siempre es amor real”. Pues bien, yo tenía esa misma edad, y poco sabía de lo que me esperaba.

 

Es curioso no recordar la primera vez que viste a alguien que hizo que tu vida diera un giro. No sé cuándo fijé la mirada en este individuo, pero sí recuerdo una de las primeras veces que lo vi bajar de su escalera, al otro lado del colegio. Bajaba sin prisa, usaba la camisa y la corbata de la institución, que los demás usaban solo para ocasiones especiales. El pelo al borde de lo permitido, disimulado en ondas que no alcanzaban a caer en sus orejas, y unos audífonos enormes y negros que de inmediato captaron mi atención. Se dirigía a la biblioteca, solo; quizás a hacer tiempo, quizás a sacar una fotocopia. Así fue como empezó todo. ¿Quién era este personaje? Me deshice pensando en la forma de saber su nombre, hasta que un compañero de él, que resultaba ser mi amigo, lo trajo a la sala de mi curso. Ahí develé el misterio, le asigné un nombre al sujeto que ya iba escalando por mis pensamientos a una velocidad demasiado sospechosa. Ahí fue cuando abrí su expediente en mi cerebro. Yo quería entrar en su mundo sin saber por qué, ni siquiera sabía si teníamos algo en común. Eso es lo bonito y lo trágico de enamorarte cuando eres adolescente: no importa nada.

 

Descubrí su Fotolog y respiré aliviada, era como si mis pensamientos de idealización se hubiesen materializado en este personaje, sin que él mismo se diera cuenta. En las películas, el hombre que persigue a la fémina parece muy romántico y caballero; en el caso de las mujeres, si queremos que alguien nos note eso nos convierte en desesperadas e indignas. A mí me importaba huevo. Desarrollé todo tipo de estrategias para pasar tiempo con él: le recomendé libros, después de clases solíamos ir a un videoclub que ya quebró, y pasábamos el rato dando vuelta los DVDs y preguntándonos si serían buenas esas películas. Pensaba siempre “invítame a ver esta película en casa”, quería que me diera una señal en caso de estar cagándola. Pasamos todo el segundo semestre -el último de mi educación colegial- , compartiendo en los recreos, yendo al videoclub, y a veces nos íbamos a la placita que quedaba a la vuelta del colegio y yo lo veía fumar. Siempre me han gustado los hombres que fuman, y a mí me fascinaba verlo encender esos Belmont Light, que eran los únicos que podía comprar con su presupuesto de quinceañero. Una vez incluso se me ocurrió que me enseñara, solo por tener un recuerdo compartido. Incluso compré el encendedor y llevé unos chocolates para disimular el hálito nicotinoso; me picó la garganta y me lloraron los ojos, pero fue maravilloso. No sé si es porque vi demasiadas películas, pero ese pequeño momento en que encendió el cigarro y me lo entregó me pareció una instancia tan íntima, que la atesoré para siempre.

 

Transcurrió el tiempo tan rápido, que apenas alcancé a darme cuenta de todo. Encontré las agallas para invitarlo a mi fiesta de graduación, y en mi último día de clases, decidí decirle que me gustaba – suavemente, porque en realidad, yo estaba en un punto donde él podría haberme cortado las manos para usarlas de pisapapeles y no me hubiera importado -. Me abrazó con dulzura, con ganas de decirme “no siento lo mismo, pero no quiero ser un idiota y reírme de ti”, y recuerdo su sonrisa triste, quizás pensaba en lo que se estaba metiendo. Qué ilusa es una cuando siente cosas y tiene la necesidad de exteriorizar y decirlo, no siempre es necesario. Pero volvería a hacerlo treinta veces, solo por ese abrazo. La fiesta de graduación fue un sueño. Recuerdo que se esmeró por combinar con mi vestido azul, y llegó a buscarme con un ramo infinito de flores. Por supuesto que esto se le debe haber ocurrido a sus padres, pero a mí no me importaba nada. Era él, mi highschool sweetheart tocando mi puerta y entregándome este ramo. Sentí que eso era la vida.

La fiesta era aburrida y la comida era peor, pero él se encargó de hacerla memorable. Conseguimos un montón de vales para tragos gratis y siento que presencié su primera borrachera. Estaba ahí, despojado de su timidez habitual, dándome vueltas en la pista diciéndome que era una fiesta, que había que bailar. No quería que terminara nunca, pero sí terminó; con un par de besos discretos, recuerdo que me dijo “tú eres tan bacán”. Sentí que esos eran los primeros besos de mi vida, la primera vez que besaba a alguien que de verdad me gustaba; creí haber nacido ese veintidós de diciembre.

 

El verano fue como un chasquido de dedos. Para mi cumpleaños planeé con mi mamá una fiesta sorpresa falsa: todos creerían que estaban cooperando para el secreto de sorprenderme, pero todo estaba muy calculado. Mi mamá lo llamó para que me llevara al parque japonés de la ciudad para “distraerme” mientras ellos preparaban la fiesta, de hecho, el video de cuando me cantan Feliz Cumpleaños está en youtube, y él me acompaña al lado derecho. Iba a su casa, veíamos películas, su mamá siempre tan atenta nos preparaba bocadillos mientras yo me imaginaba que él aprovecharía la oscuridad de la pieza para darme un beso, mientras en el fondo estaba Tom Cruise y su máscara idiota en Vanilla Sky. Nunca sucedió, pero entre más nos juntábamos, no podía ni quería evitar caer sin remedio.

 

Hasta que ocurrió, tenía que despedirme. Había quedado en una universidad en Valparaíso y el siguiente paso era emigrar. Su mamá siempre me comentaba que la carrera también estaba en nuestra ciudad, podría haberla escuchado un poco. Pero la instancia de la despedida provocó que él se quebrara de una buena vez; recuerdo sus sollozos y sus abrazos, como diciéndome “no te vayas”, pero sin las agallas para hacerlo literalmente. Y el beso posterior fue lo que necesité para entender que me estaba mandando una embarrada enorme. Pero seguí adelante. El día en que partía mi bus, a él lo retiraron de clases para ir (pucha que me querían sus padres). Recuerdo que me entregó sus audífonos tan preciados, y yo aguantándome el llanto porque no quería empañar el momento. Recuerdo lo que pasó después; fue el último beso que nos dimos. Lloré casi todo el camino de ida, como nunca. En mi pieza tenía enmarcada la única foto donde salimos de frente a la cámara, una foto que alguien se encargó de destruir, y que solo existe en mi cabeza. Llevaba los audífonos todos los días a la universidad, todavía se sentía su perfume.

 


No aguanté y me devolví, pero nada fue igual a mi regreso. Iba a buscarlo al colegio, salimos algunas veces, pero después comenzó a dejarme plantada y no nos hablamos más. Para mi suerte, esta ciudad es tan pequeña que siempre nos encontrábamos en eventos masivos, cada uno haciendo como que el otro no estaba. En esos tiempos, me cobijaba con los regalos que me había hecho para pensar que no todo estaba perdido, pero pasó el tiempo y cometí un error garrafal.

Me involucré con un compañero de la nueva universidad en la que me matriculé, pero mi sorpresa fue que nunca antes la había pasado tan mal. Fui basureada, engañada, insultada, golpeada, humillada y amenazada tantas veces que ya perdí la cuenta. Todo por estar en una relación, por la ilusión del primer pololo….por tratar de olvidar a quién realmente me interesaba. Fue muy curioso que precisamente cuando cumplí un año de esa horrible relación, nos encontramos frente a frente, yo estando acompañada y quitándole la mano a mi entonces pareja de una manera casi inconsciente, y nos saludamos. Tuve suerte de que él no te hubiera reconocido.

 

Conseguí un trabajo en un hostal, que me otorgaba ciertas horas de libertad de este personaje aborrecible, y una noche, a eso de la una, sonó mi teléfono. Era aquel amigo que me proporcionó el nombre de este personaje, y me lo pasó. En plena gira de estudios, me pedía perdón y me decía que nos juntáramos, yo sentí su voz como una frazada, me sentía cobijada. Le comentaba que no podía ser, que tenía miedo del personaje que tenía al lado, que había que buscar otra forma. Me hice una cuenta de correo exclusiva para hablar con él, pero al tiempo me acobardé y la cerré. Muchísimo tiempo después, descubrí que mi pareja de ese entonces siempre supo de ese correo fantasma; nunca pude tener ese secreto a salvo. Sufría porque no podía escapar y porque por fin me habían dado la señal que esperaba. Aguanté unos meses más, y por fin llegaron estímulos externos que me permitieron salir de esa relación asquerosa. Se estaba terminando el 2010 y una de las pocas amigas que me quedaban me ofreció pasar el Año Nuevo con ella. Fuimos a una disco en la playa y tomamos vodkas hasta el fin del mundo. Caminando de vuelta a casa, y con un terrible de dolor de estómago por tanto alcohol y tanta comida en la cena, lo vi. Cualquier atisbo de dolor se fue, y no podía creerlo.

 


Ahí estaba, celebrando que había terminado Cuarto Medio. Estaba tan grande que quise llorar, pero en vez de eso lo abracé y le deseé todo el éxito del mundo. Él no podía entender que yo estuviera formándome para ser traductora, si siempre había querido ser periodista. Fue un abrazo abrigado como el llamado antiguo, como el de la despedida, como su presencia misma. Continuamos nuestros caminos y yo sentía que ese año sería por fin el año de la revancha. Cuánto me equivoqué. Se había ido a estudiar Periodismo a Santiago, y fui feliz al pensar que él iba a realizar el sueño por mí. No lo vi sino hasta junio; fui a una fiesta en un pub ínfimo y me había prometido solo estar un tiempo y no tomar nada porque al otro día, que era sábado, tenía que levantarme temprano para hacer clases de inglés. Se formó un gran grupo, y todos reíamos, cuando lo diviso en la entrada. Temblé tanto, que agradezco no haber tenido un vaso en la mano. Sentía que mi interior estaba hecho de las burbujas del papel de envolver, y se reventaban todas al compás de mi temblor.

 


Estaba feliz, tan feliz que algo tenía que pasar que lo empañó. Antes de pararme a saludar, un amigo en común se aproximó y me dice: “¿Lo viste?” “¡Sí, voy a saludarlo!” “Tengo que advertirte que está con su polola”. “Adiós. Adiós para siempre” era lo que me pasaba con las personas que me gustaron antes cuando los veía besando a alguien o me enteraba que tenían novia. Esperé la misma sensación, pero no. Seguía queriéndolo incansablemente. Pero cuando los vi besándose, pensé que yo debía estar ahí, en lo injusta que era la vida, en que ella apareció cuando él ya estaba resuelto. Fui a buscar todos los tragos posibles, y desde lejos la miraba con odio, con rabia por verlos tan felices. ¿Por qué tenía que presenciar esto? Por supuesto que después mis amigos me apoyaron, ideábamos muchas estupideces; una vez incluso me conseguí el teléfono de ella y la llamamos solo para saber si su voz era bonita. La espiaba por Facebook y sentía mucha rabia de no ser como ella: bonita sin esfuerzo, sin maquillaje, sin ropa provocativa. Sencilla y como medio alternativa también. Sentí que no podía competir, que estaba relegada a ver la felicidad de ellos como una mera espectadora.

Llegó nuevamente el verano y volví a verlo en un concierto de Gepe en el casino de Coquimbo, sintiéndome identificada con las canciones y susurrándoselas a lo lejos, como si pudiera entrar en su cabeza y hacerle entender que ahí estaba yo con mi enfermedad de no poder olvidarlo.

 


Pasaron seis meses y me lo encontré en el pub que siempre frecuenté con mis amigos. Estaba sin su novia, y se había terminado mi trago. Me dirigí a la barra para pedirlo y lo veo, no había posibilidad de hacerme la loca y mirar para otro lado. – Hola. – ¿Hola? Pero un abrazo. Todo de nuevo, pero fue distinto. Yo me había involucrado en otra relación donde pensaba que era feliz, pero me engañaban como querían. Pensé en el rollo de no ser infiel porque después me pesaría, pero si hubiese sabido, por supuesto que habría intentado actuar. En vez de eso, conversamos mucho en la barra y yo me olvidé que iba con mis amigos. Estaba preparada para escuchar las palabras “mi polola”, pero nunca llegaron. Salimos de ahí porque ellos (él y su amigo, el mismo que me dio la noticia de la polola) querían ir a una cosa de jazz. Fui con ellos, y fue como revivir todo. Entramos a ver a una banda mientras conversábamos, y me miraba mucho, al punto de intimidarme; nos reímos mucho esa noche, mientras yo me pellizcaba las manos para no agarrarlo y robarle aunque fuera un pequeño beso, pero no lo hice. Me contuve. Qué tonta. Tuvieron que transcurrir otros seis meses para volver a verlo, esta vez yo intentando lo de tener una relación por tercera vez, y sucedió que coincidió con el día de los Enamorados. Junto a mi entonces novio intentábamos cruzar una calle, mientras él pasaba por ahí junto a su hermano y hermana. Mi vida se paralizó nuevamente, me sentí como una enferma por seguir así de involucrada, y entendí que mejor lo asumía como parte de mi esencia. Tuve que contarle a este nuevo novio la historia, un poco más censurada, pero tuve que hacerlo. Era eso, o correr a gritar su nombre para que se detuviera a verme.

 


Mi relación se terminó y me dediqué a hacer muchas idioteces ese año, ya que había terminado de estudiar e intentaba buscar mi camino. Lo vi nuevamente en el mismo pub, con la novia, entonces no quise mirarlo. Hasta nos cambiamos de mesa, pero ellos también, y quedamos al frente. La novia fue al baño y aproveché de mirarlo de reojo. Me vio por un segundo. Un segundo donde entendí que él sí sabe lo que me pasa, pero está feliz de que lo deje ser con ella, porque en mis planes no está irrumpir ahí. Siento que solo algo o alguien revolucionario puede hacer que cambie lo que me pasa, quizás será un fantasma para siempre, o quizás puede tener un giro dramático increíble. Resultó que nada resultó en ese año, y gracias a eso decidí que tenía que hacer lo que quería, por fin. Di la PSU, trabajé e hice un montón de cosas para poder estudiar lo que este año comienzo en Santiago: Periodismo, como me dijo él; como yo siempre quise. Me embarqué a la capital en marzo del 2014, dispuesta a absorber experiencias y a oxigenar mi corazón. Obvio, tuve varios encuentros y no niego pasarla bien, pero nada me llenaba. Una opción se dio en mayo, cuando un amigo que hice en el colegio debía defender su tesis de Periodismo en la misma universidad que él. Hice lo posible para decirle, sin obviedad, que me invitara a la instancia, y así fue.

 


Entré al enorme campus con el corazón en el estómago: nadie ni nada me lo aseguraba, pero en mi mente estaba segura de que lo vería allí. Y así fue. No estaba con su novia; en cambio, compartía con otros compañeros en el pasto. Yo iba caminando hacia la sala, y lo veo desde lejos. Entro en pánico y mi corazón late del mismo modo que cada vez que lo veo, todo de forma descontrolada. No atiné sino a desviarme y entrar a una especie de taller, llamé a un amigo para que me contuviera y traté de armarme de valor para atravesar ese patio donde sabía que él estaba solo a unos pasos de mí. Cuando mi amigo terminó su defensa, varios se acercaron a felicitarlo. Naturalmente, él era uno de ellos. Yo miré para otros lados porque estaba muy avergonzada, sentía que él creía que nuevamente lo estaba acechando. Él tiene un poder para que me cuestione todo lo que decido hacer, y ni siquiera es voluntario. Cuando salí del lugar, me di cuenta de que ahora sí que no quedaban más instancias seguras de encontrármelo, era hora de olvidarlo. Tinder fue una gran distracción, pero ninguna de mis “conquistas” tenía esa personalidad exquisita que tenía el que conociera a los 16. Y, menos aún, yo no sentía ni remotamente lo que me pasaba-pasa-no sé con él. Se hizo 2015. Un año donde añadí el trabajo a mis estudios, y anduve como loca en todos lados. Eso fue hasta un lunes de protestas estudiantiles. Yo estaba esperando en mi universidad privada a que decidieran cancelar o no la clase aburrida que tenía con una francesa insufrible, y para eso debía aguardar una ventana muy larga. Todo ello para que la profe terminara liberándonos.

 


En general, me devolvía en micro de la universidad, pero por el tumulto decidí cambiar de estrategia, y tomé el metro hasta Quinta Normal, la estación más cercana a mi casa. Muy idiota por el tiempo perdido, salí del andén y descubro que las escaleras mecánicas estaban malas: rabia. No llevaba ni cinco escalones de la escalera normal, cuando mi enojo se transformó en asombro y en amor: ahí estaba, bajando las escaleras con audífonos puestos. Estábamos tan cerca que tuve que decirle un tímido “hola”, a pesar de estar avergonzada por existir en ese momento. Me sonrió, devolvió el saludo. Para mí, eso es todo y más que suficiente. No atiné a preguntarle nada más: parecía ocupado. Solo sé que desde ese momento volví a entristecerme por la poca probabilidad de volver a verlo, pero todo podría cambiar.

 


Estoy en trámites para trasladarme de universidad a un programa vespertino que ofrece la de él, que justo se titula este año, si es que está al día con todo (ni idea). Espero que, si me ve en los pasillos no crea que es porque soy una enferma, ojalá que me recuerde con cariño por ese pequeño paréntesis en que compartimos. No sé si seguiré dándole cuerda a esta historia, pero las ocasiones son cíclicas y me siguen llevando a él. Es mi sueño encontrar a alguien más con quien logre el mismo grado de sentimiento, y vaya que la he pasado mal por intentar reemplazar el sujeto de mi cariño. Espero que cache que lo amo caleta, pero un amor tan prudente que no podría hacerle daño ni a él ni a su novia, aunque cada vez que piense en ella se me revuelva el estómago y me invada una pena infinita por no poder intercambiar vidas con ella.

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