Escrito por Micaro / Ilustración por FREJA ERIXÅN

Esa noche de navidad mi madre quiso que la acompañara a la misa del gallo a las 10 de la noche en la iglesia del centro de la ciudad. Accedí gustoso pensando en lo raro que era ir a misa con mi madre, ir a misa ya era raro, pero siendo navidad, no podía ser tan malo.

La iglesia se comenzaba a llenar de gente cuando entramos y pudimos ubicarnos muy delante aunque por el costado. Muy adelante significaba estar en el tercer o cuarto escaño de la iglesia con el cura a no más de cinco metros, con lo cual pude observar con mucha calma y tranquilidad a todos los feligreses ubicados en las primeras filas, todos por supuesto fieles asistentes a las misas de días domingos, no sólo para funerales, bautizos, casorios o para navidad, como era mi caso. Una que otra cara familiar, me paseé por cada uno de los que estaban sentados mientras el coro entonaba canciones en espera del comienzo de la misa.

Me detuve en una pareja junto a su hija puesto que mi madre me comentó que la señora del grupo se parecía a un pariente lejano. Lejos de encontrarla parecida a alguien me fijé más en su hija. El matrimonio estaba junto a su hija, a quien yo no veía tal vez hacía unos 25 años cuando, luego de mucha insistencia, acompañé a un amigo a misa el día domingo a esa misma iglesia. Aquella vez, ella estaba sentada en el tercer banco de la iglesia, junto a sus padres y tendría 17 o 18 años y yo unos 16.

Siempre supe que era un par de años mayor porque su hermano menor había sido compañero de curso de mi hermano mayor. Nunca supe cómo se llamaba, sólo sabía de su apellido por mi hermano. Me detuve en sus facciones y en su rostro. Seguía con el mismo semblante de siempre, serena, calmada y con cierto aire de exquisitez, la única diferencia que ella debía tener ahora cerca de 40 y tantos. Yo recién había cumplido los 40 y me encontraba en medio de la iglesia mirándola como el adolescente que alguna vez fui.

Tengo que confesarlo: siempre me gustó. Nunca supe qué era lo que me gustaba de ella, tal vez ese aire de niña pura y de cara alegre. Tímido yo nunca me atreví a decirle nada, así como no me atreví nunca a muchas cosas a esa edad. La miré varias veces y me preguntaba qué sería de ella ahora. No se veía más gente a su alrededor y parecían un grupo selecto y aparte del resto de los asistentes. Simplemente eran sus padres y ella. Claro, dos bancas aún más adelante estaba su hermano menor con su esposa y tres o cuatro niños todos menores de diez años a quienes papá y mamá trataban de mantener en calma.

Ella estaba soltera. Eso fue lo que se me vino a la cabeza al verla colgando del brazo de su padre y con un chaleco doblado sobre su brazo y con un vestido azul marino bajo la rodilla, casi de convento. Si se hubiera convertido en monja seguro estaría con hábitos y no era el caso. ¿Qué habrá sido de su vida? Me preguntaba una y otra vez. Me la imaginé haciendo las cosas de la casa y encargándose del negocio de su padre, pero siempre manteniendo la sonrisa y la candidez en su rostro. No la imaginaba haciendo aseo en casa o lavando platos, para eso estaba mamá. Aunque claro, seguramente eso también le tocaba. ¿Habrá besado alguna vez? ¿Le habrán hecho el amor? ¿Seguirán su cuerpo siendo virginal? Imposibles pensamientos se me vinieron a la mente, olvidando incluso que me encontraba en medio de la iglesia. No la imaginaba amando o besando a alguien.

Claro, la encasillé en mi mente como una mujer madura soltera, sin gracia alguna más allá de su simpatía y con aire angelica. ¿Qué más podía pensar? Por momentos mi corazón latió rápido porque ella cruzó una mirada con la mía y me sentí atrapado en los pensamientos, como si ella leyera lo que estaba pasando por mi cabeza. Pero no. Terminó la misa, me saludó con un movimiento de cabeza a lo lejos y dejó la iglesia del brazo de su padre. 25 años después ya no había nada que hablar y nada que decir.

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