Escrito por Anónimo

Era abril del 2010. Estaba en cuarto medio y eran los últimos meses que viviría en provincia con mis papás antes de venirme a estudiar a la capital. Recuerdo que me dejaba el choco, me había emborrachado varias veces, hacía deporte más de cuatro veces a la semana y era infinitamente más inocente que ahora, con más errores por los que te podían retar que errores por los que nadie te puede retar, que son peores. Ese día estaba de cumpleaños y por Twitter me llegó un saludo de una chica santiaguina que no conocía, me saludaba porque me conocía porque escribía en esos años en el blog de un amigo sobre películas y series y otras tonteras. Ella tenía 19, yo cumplía 17. Leí un poco su timeline, alcancé a sacarle el rollo (buena pa la talla, tenía un nombre que nunca había escuchado, estudiaba en la u, le gustaba M.I.A.) y la seguí de vuelta.

Y así, acababa de conocer a la primera chica de la que me iba a enamorar.

Después de unos días de interactuar virtualmente en Twitter y hablarle cosas irrelevantes con tal de mantener el diálogo vivo, decidí que tenía que buscarla en Facebook a ver si estaba. En la foto aparecía de cuerpo entero, apoyada en una pared con una frase graciosa o política (no recuerdo), haciendo un gesto medio rudo y estaba vestida con una polera llena de formas de muchos colores. Decidí que tenía que agregarla, un gesto que ya está en los libros, pero para mí era algo nuevo (Facebook era nuevo, no estaba El libro de las reglas no escritas de las redes sociales escrito aún) y me quemó un poco la guata el nerviosismo.

Cuando me aceptó (creo, y solo creo, que fue rápido) no me demoré nada en mirar todas las fotos que tenía subidas. Creo que le pedí su MSN, o fue ella la que lo hizo. No lo recuerdo. Lo que sí recuerdo, es que empezamos a hablar todos los días y que lo único que quería era llegar todos los días lo antes posible del colegio a hablar con ella. Me gustaba contarle mi día y las cosas que había hecho y empezar a presentarle, aunque no los conociera, a mis amigos del colegio. Cómo era cada uno y qué cosas habían dicho. Y ella me contaba de la U y de bandas de música que yo no conocía y de lugares en Santiago en los que todavía no había estado (y en los que iba a estar por primera vez junto a ella). Por ella empecé a escuchar a los Pixies y eventualmente por mí empezó a escuchar a los A Tribe Called Quest. Por ella conocí Bellavista y las fiestas donde podíai bailar Blur.

También recuerdo que mi rutina antes de eso era llegar triste a mi casa porque la niña que me gustó toda la media, una compañera de curso que llegó en primer medio y que se puso pololear al tiro con un loquito mayor y más popular, no me hacía ningún gesto que correspondiera a mi obsesión adolescente. Si un día hablábamos y me miraba más de la cuenta o me abrazaba, llegaba riéndome solo. Si no, llegaba arruinado. Muy pronto superé esto (que me condenó por varios años) y mi rutina era llegar a esperarla para hablar con ella, la niña de Santiago. A que me preguntara cómo estaba y qué había hecho y yo preguntarle que cómo estaba y que qué había hecho. También estaba la inseguridad, muy infantil, de si acaso ella no hablaba con más cabros, si no tenía un andante, y todos esos miedos de un alma joven que salen de la nada. Pero al fin y al cabo mis tardes ya no eran tristes y solitarias, y eso era lo importante.

Me tenía feliz. Hablábamos mucho, nos hacíamos chistes, yo me reía en serio frente al computador, también éramos muy distintos y nos poníamos a discutir por tonteras sin llegar a ningún acuerdo.

Estaba todo bien.

Entonces llegaron las vacaciones de invierno de ese año. Era julio del 2010. Comencé a buscar una excusa para viajar a Santiago y conocerla. Claro que esto no se lo dije a ella así, sino que simplemente iba a Santiago para las vacaciones, que podía ser una buena idea, quizás, en una de esas, que nos juntáramos si quería. Ella me dijo que sí y entonces compré el pasaje y me subí al bus al día siguiente.

Llegué un miércoles en la madrugada a Santiago. Me fui al departamento de unos amigos que me iban a alojar, dejé mis cosas, hice hora toda la mañana (hundido en el nerviosismo y la ansiedad) y salí a encontrarme con ella.

Nos juntamos en el Metro Moneda. Me bajé del tren y la vi ahí, parada, esperándome. apoyada al lado del cartel plateado que dice “Estación La Moneda”. Me sonrió. Tenía, como ya había visto en sus fotos, los ojos chinos y una mirada transparente y gentil. Era mucho más bonita de lo que pensaba, como que no la podía creer. Caminé hasta donde estaba y la abracé muy fuerte y, creo, que en ese momento nos quisimos.

Sentí lo que se siente cuando se abraza a la persona que uno quiere y adora y ama y te pasan cosas y hay escalofríos y calidez y todo lo que es bueno, todo lo que importa. Escuché su voz por primera vez, vi su sonrisa por primera vez, vi su mismo nerviosismo y sentí que teníamos la misma cara de emoción y de enamorados los dos. Fue así de rápido y nunca le he encontrado explicación. Fue mágico y honesto. Fue inocente, fue especial. Fue inolvidable.

Salimos del metro mirándonos y nos fuimos a un patio de comidas del centro a almorzar. Solo nos podíamos mirar y sonreír. Comimos comida china y después nos fuimos al Paseo Bulnes a caminar. Nos tomamos de la mano y así estuvimos mirando todo y riéndonos de todo, como si nos conociéramos desde siempre. Vimos un cartel de The Karate Kid con Jaden Smith y pensamos que deberíamos ir a verla. Y así, teníamos la excusa para vernos al otro dia.

Terminamos el miércoles yendo a los Juegos Diana a seguir hablando y a mirarnos y después nos fuimos a su casa. Ahí tomamos té y vimos Futurama abrazados por mucho rato y cuando se hizo tarde, me fui a la casa de los amigos, esperando el otro día para volver a verla.

El jueves fuimos al cine a ver Karate Kid, que resultó, para nuestra suerte, ser terrible bacán y nos permitió hacerle barra a Jaden Smith en el torneo del final de la película y reirnos caleta y hablar encima de la película porque todo el mundo en nuestra sala aplaudía a Jaden Smith o pifiaba al niño malo y era como si fuéramos el público real del torneo de la película. Era como si la realidad se hubiese vuelto buena onda solo para que nosotros nos pudiéramos seguir enamorando. También comimos palomitas y tomamos Pepsi. Acordamos que a los dos nos gustaba más la Pepsi que la Coca-Cola. Pasamos el resto del jueves juntos y la invité a un carrete que harían mis amigos con los que me estaba quedando en un antiguo local de Bellavista que se llamaba el Club Velvet, que ya cerraron, o que se quemó o no sé.

Terminamos de estar el jueves juntos y el viernes nos volvimos a juntar, esta vez en la noche en la fiesta.

Llegué después que ella a la fiesta con mis amigos y la vi esperándome. Estaba con una amiga. Nos juntamos y nos fuimos al segundo piso de la casa donde quedaba el Club Velvet. Ese tercer día bailamos toda la noche y tomamos piscola del mismo vaso, nos curamos poquito y nos contamos cosas de borrashos jóvenes. Eramos tan niños que estábamos cuidando (aunque más ella que yo) nuestro primer beso y no quisimos que pasara ahí, era como si estuviéramos creando expectativas para que cuando pasara fuera todo lo que tenía que ser. Era todo mágico y nos conformamos con darnos besitos en la mejilla toda esa noche. La fiesta se terminó, le conté que me iba al otro día de vuelta a mi ciudad, porque el lunes tenía que volver a clases en el colegio. No era muy misterioso que íbamos a quedar en vernos también el sábado y pasar mi último día en Santiago juntos. Y así fue.

El sábado desperté lo más temprano que me permitía el haber trasnochado. Agarré mis cosas, me despedí de mis buenos amigos que me dejaron dormir en su sillón y me fui en metro hasta su casa. Me fue a buscar a la boletería del metro y caminamos de la mano las pocas cuadras que había que recorrer para llegar a su departamento. No había ascensor, su edificio tenía tres pisos y era antiguo, esos típicos del centro. Entramos al edificio después de que peleó con la chapa y la llave un rato y pudo abrir la puerta principal. Subimos las escaleras hasta el segundo piso y llegamos al tercero, que era el suyo. Antes de entrar, me hizo dejar en el piso el bolso en el que llevaba mi ropa. Me miró, y lo entendí un poco, pero antes de que pasara me besó.

Y nos besamos mucho rato. Mucho rato. O no sé si tanto rato pero por lo menos el tiempo desapareció por el rato que nos dimos nuestro primer beso, o más bien, nuestros primeros besos. Y nos besamos y era verdad todo. Eso era: el amor.

Quedé idiota después de eso, y en menos de dos minutos después estaba conociendo a su mamá. Esa tarde en su pieza llena de recortes, fotos, imágenes de Morrissey y flayers de la Blondie nos sacamos fotos dándonos besitos frente a la cámara de mi computador, almorzamos, tomamos más té, nos hicimos cariño.

También le pedí pololeo y aceptó.

Como el tiempo pasa, se hizo de noche y me fue a dejar al terminal, que quedaba a una distancia caminable de su casa. Esa vez, por primera vez y como pasó muchas veces después, nos besamos mucho rato, nos abrazamos y me subí al bus. Cuando me estaba yendo todavía podía verla chiquitita con su brazo arriba despidiéndome. Me fui embobado hasta que me pude quedar dormido, y desperté hecho un bebé cuando llegué a mi casa al otro día, muy temprano también.

Y así es cómo conocí a mi primera polola y la primera chica de la que me sentí enamorado. La primera niña que amé. Después de cuatro días junto a ella mi vida se transformó en otra cosa, tomó otro rumbo, y aún sigo, aunque un poco perdido, en ese camino que con ella empecé a caminar.

El domingo llegué a dormir a mi casa y me despertó llamándome al celular un poco más tarde esa mañana para preguntarme cómo había llegado. Esa era la clase de cosas que yo no tenía idea que pasaban cuando se pololeaba. Los meses siguientes y antes de venirme a vivir a Santiago, viajaba los viernes semana por medio después de clases para ir a verla.

El primer viaje que hice después de este fue para ir a verla para su cumpleaños: fuimos de nuevo al Club Velvet con sus amigos y amigas a bailar. Luego ella fue para las Fiestas Patrias a mi ciudad y conoció a mis papás y pudimos dormir juntos y abrazados por primer vez. Recuerdo que cuando se devolvió a Santiago lloré desde que se subió al bus, me fui a mi casa en el auto con mis papás llorando también y me pude tranquilizar cuando el sueño me la ganó, mucho rato después. Amé mucho a esa niña.

Creo que nunca más me enamoré con tan poco miedo y con tanta inocencia. No puedo decir que no he tenido buenas relaciones después de que terminamos, porque las he tenido, no puedo ser malagradecido.

Y quizá lo que viene después del primer amor sea algo inevitable: las relaciones que se tienen cuando uno crece y se pone más cínico y constantemente se recuerda que las cosas se acaban. Pero, por lo menos yo, siempre voy a poder recordar mi primera historia de amor y sentirme feliz de que alguna vez tuve algo así de hermoso en mi vida.

Siempre hablamos, en esos años, de que ella quería hacer sus cosas, sus ambiciones, sus planes, que conmigo nunca hizo. Hoy en día está haciendo todo eso y más de lo que, creo, ella misma esperaba. Eso me pone contento.

Últimamente la he visto mucho y me cae muy bien. Su pololo también es muy buena onda. Nos pudimos poner en buena después de haber terminado de una manera muy trágica y muy triste.

Incluso, en una obra de teatro multimedial-experimental-avant garde sobre los ex-amores en la que actuaba hace unos meses y que fui a ver, me agarró pal hueveo en una conversación de Facebook proyectada en gigante, diciendo que yo estaba ahí, con mi nombre, entre el público, y que era su ex, lo cual es irónico porque yo mismo estaba preparando, también, este escrito. Esa noche estaba solo, muy volado y un poco borracho. Me sentí incómodo, pero fue emocionante de una manera rara.

Creo que es feliz y siempre será feliz.

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