Escrito por Claudia Apablaza

Somos una pareja que pone dos ventiladores enfrentándose uno al otro y tirando aire y más aire y más aire desde dos rincones de la pieza y crean una corriente de aire infinita que nos da en la cara. Estamos felices de que esos ventiladores nos den en la cara y sólo nos preocupa que la mujer que nos arrendó la habitación escuche los dos ventiladores chocando en el aire y nos diga que la cuenta de luz le salió demasiado cara y tengamos que pagarle un poco más por este mes. En realidad da lo mismo. Siempre tenemos la puerta cerrada con llave y los ventiladores se enfrentan en silencio en esta habitación, nos tiran su aire en la cara y parte del cuerpo y eso nos hace tremendamente felices.

Cuando llegamos a NY nos enseñaron la habitación en que estaríamos un tiempo. Está en calle Park Place, en el 1107, Brooklyn. Habíamos reservado por airbnb y nunca vimos que la habitación no tenía aire acondicionado. Cuando llegamos a NY sentimos el sudor en la cara. Fue horrible, sentíamos una gota cayendo desde la nuca a la pera y luego hacia las sábanas o hacia el suelo.

Dejamos las maletas. Sacamos los computadores y nos pusimos a googlear: ventiladores en NY. Aire acondicionado en NY. E incluso pensamos irnos de este departamento y buscar otra habitación aunque tuviésemos que perder el dinero.

Encontramos en Google algunas tiendas donde comprar ventiladores en el centro de NY.

Pero miramos nuestro presupuesto y no quisimos ir a buscar esos ventiladores. Eran demasiado caros.

Decidimos que era mejor recorrer el barrio y encontrar ventiladores en el barrio. De esos que los gringos dan de baja para comprarse unos más modernos.

Siempre fuimos de la idea de que lo que necesites siempre lo vas a encontrar en la calle, desde comida a ventiladores chinos dados de baja.

Nos duchamos, comimos algo y partimos a recorrer el barrio en busca de ventiladores.

En esta caminata, encontramos varios Deli abiertos, donde vendían uno sándwiches jugosos y con mucha carne. Decidimos seguir adelante, no comprar nada. Seguir buscando ventiladores. No teníamos ganas de esos sándwich con demasiada miga, carne y cosas chorreando.

Vimos aparecer a la mujer que nos arrendó el departamento en una de las intersecciones, en Kingston y algo, y sentimos que nos seguía y espiaba. Seguro quería saber qué tipos de cosas comprábamos para la casa. Qué comíamos, qué bebíamos al desayuno, con qué productos nos lavábamos el cuerpo.

Se metió a un chino a comprar algo. No queríamos que arruinara nuestra felicidad de tener ventiladores en casa.

Nosotros también queríamos meternos a ese chino a vitrinear.

La espiamos desde lejos. No queríamos que arruinara nuestra felicidad.

No nos podía descubrir mirando ni comprando ventiladores porque iba a arruinar nuestra felicidad.

¿Cómo iba a arruinar nuestra felicidad una mujer que no conocíamos?

Esperamos que saliera de la tienda. Salió a los 15 minutos con una bolsa de algo. Entramos. Recorrimos la tienda, vimos ante nuestros ojos una repisa llena de ventiladores. Eran diez o veinte tipos de ventiladores chinos frente a nuestros ojos. Había de todos precios y colores. Diez o veinte tipos de ventiladores. No teníamos tanto dinero así que compramos el más pequeño. Un ventilador enano que nos costó 10 dólares.

Esa noche regresamos a casa felices, cenamos y encendimos el ventilador. La verdad es que no tiraba nada de aire. Era horrible. Sólo alcanzaba para tirar viento en una oreja.

Estuvimos una semana con ese calor en la habitación.

Era horrible, ya no podíamos soportarlo.

Un ventilador chino muy pequeño que sólo tira viento a la oreja.

Sentíamos mucha infelicidad. Pero tampoco teníamos tanto dinero para comprar otro y además no queríamos recorrer todo Brooklyn en busca de uno que nos salvara la vida.

Incluso pensamos que podríamos morir de calor si es que esa situación no cambiaba.

Sentíamos asfixia.

Sentíamos deseperación.

Pasó esa semana y decidimos volver a la tienda.

Pensamos en llevar en la caja el ventilador y decirle que no nos servía.

Quisiéramos cambiar el ventilador, pensamos en decirle.

Luego en preguntarle si eso era posible.

Ninguno de los dos se atrevió a decir eso.

Decidimos volver a la tienda por otro ventilador. Compramos otro. Esta vez el más caro. 35 dólares.

Dejaríamos de comer cosas ricas por dos días.

Sonreímos mucho, incluso creo que nos reímos un poco, luego un par de carcajadas.

Ahora tendríamos que ver cómo es que lo metíamos a la casa sin que la mujer nos viera.

Decidimos entrar rápido a casa. Nos íbamos cubriendo el uno al otro. Nos abrazábamos y tapábamos con ese abrazo el ventilador nuevo.

Hacíamos movimientos de personas borrachas, de personas risueñas, alegres.

Ella no nos vio.

Subimos las escaleras felices. Tropezamos y casi nos caímos escaleras abajo.

Pero no pasó nada más.

Entramos a la habitación, sacamos el ventilador de la caja.

Miramos el instructivo para armarlo.

Comenzamos a armarlo juntos.

Lo armamos.

Lo enchufamos.

Lo probamos.

Funcionaba perfecto.

Lo probamos tirando aire en nuestras caras.

Se sentía volar. Se sentía estar en el cielo.

Lo pusimos enfrentando al otro ventilador enano.

Un aire chocó con otro aire cuando los encendimos al mismo tiempo.

Tuvimos ese gran descubrimiento.

Dos ventiladores mirándose y chocando sus aires.

Un aire chocó con otro aire toda la noche.

Un aire chocó con otro aire toda la mañana.

Un aire chocó con otro aire toda la estadía en esa casa.

Ahora siempre los tenemos así, chocando un aire y otro aire. Chocan y el aire que lanzan se va a nuestros cuerpos, a cada pedazo de nuestros cuerpos.

Un aire que sube y baja en nuestos cuerpos.

Nos gusta sentir que chocan y que esos aires se van a nuestros rincones. Ya no sentimos calor en la habitación.

Estamos muy bien.

Nos encanta ese aire chocando con otro aire de los ventiladores chinos.

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