Escrito por Paula Fer

Son las 4 de la tarde y el sol resplandeciente juguetea entre las copas de los árboles. Como siempre, en Santa Lucía el tráfico es denso; los motores y bocinas lo demuestran, pues son protagonistas en el bullicio del entorno. Miro serena y me doy cuenta que cada transeúnte se encamina rápido y serio para llegar a su destino. “La capital no cesa y el tiempo es oro”, balbuceo en mi mente mientras camino contemplando las fachadas de los edificios.

Sin pensarlo y sin saberlo, aquella escena trivial sería antecedente de grandes sucesos. Allí la vi, contemplándome fijo con sus ojos turquesas, como si fuera la única persona caminando por Miraflores. Intenté perder la vista hacia otro lado, apartarme del camino, pero sentía como el agua de su mirada me envolvía con cada paso que daba. “Te va a intentar sacar plata”, exclamó mi caos mental cuando ya era tarde.

Era la primera vez que una gitana se me acercaba. Tenía la tez dorada, nariz respingada y su pelo cobrizo y revuelto evidenciaba que no se había peinado durante semanas. Sin embargo, me llamó la atención la delgada cicatriz que se dibujaba en la mitad de su rostro; como si hubiesen pintado una línea rosada para darle un toque a las pecas de sus pómulos.

Todo indicaba que su detención a mitad de la vereda, sería para darme el típico discurso sobre el destino a cambio de unas monedas, o en su defecto, por la módica suma de una mano hurgueteando mi billetera sin darme cuenta. Pero para mi sorpresa, no me dijo nada. Sin pedirme permiso tomó ágil y fuerte mi muñeca izquierda, la palmó durante unos segundos y observó cuidadosamente las líneas de mi mano pequeña. Hizo una mueca de disgusto, me soltó el brazo y con una voz raspada por el cigarro me dijo que jamás sentiría el amor verdadero.

No pude reprocharle, ni preguntarle nada ante mi estupefacción. Cuando intenté reaccionar, ya se había perdido entre la masa apurada, mientras sus estropajos de múltiples colores danzaban y se entregaban al viento. Tampoco quise seguirla, así que continué mi ruta al compás de mis pensamientos naufragados por su afirmación.

Creí en sus palabras por años y me resigné a la idea de que la dicha transmitida en novelas y películas melosas jamás sería conocida por mi corazón. Me dolía, pues como adolescente cliché tenía ganas inmensas por vivir ese amor profundo y aparentemente perfecto que se difunde en todos los contenidos publicitarios.

La verdad, es que me enamoré un par de veces y hasta hoy no sé si mis relaciones cumplen con los esquemas de la pasión estándar. Me entregué en piel, cabeza, sentimiento y, sobre todo, tiempo. Pataleé con los conflictos y sumé varias mañas nunca antes vistas en mi carácter. Lo peor, es que el problema siempre fui yo.

Mi distanciamiento, frialdad y extremo relajo, han sido tema de discusión en diversos aprietos pasionales, pues también son argumento para asegurar que no tengo interés por construir una vida enlazada o que en mi corazón no palpita ninguna gota de amor. Incluso, una vez recibí un empujón que casi me azota con el suelo por la ira de un hombre despechado; que por cierto era mi pololo de aquel entonces.

Todos mis defectos y vicios de carácter fueron tomando forma en mi consciencia culpable. Y creí cada uno de ellos, al punto de gastar varios pesos por sesión en un tratamiento psicológico que jamás me sirvió. Seguía siendo el problema y no tenía solución.

Habían noches en que la impotencia me calaba hondo y la incertidumbre comenzaba a invocar nuevamente las palabras agrias de aquella gitana curiosa de ojos turquesas. Sin embargo, como pez contra la corriente me encaminaba en una nueva aventura amorosa, donde las diferencias de carácter chocaban y florecían sin quererlo.

Con la experiencia y el tiempo, ha sido inevitable crecer. Puedo explicar muchas circunstancias en las que yo misma fui la responsable de dañarme, pero que fueron necesarias para aprender a porrazos; como siempre lo he hecho.

Si bien las predicciones romaníes moldearon un pesimismo amoroso que hizo crecer un orgullo magistral e innecesario para mi emocionalidad, las cosas han cambiado y el sueño por el amor verdadero ha mutado en un deseo profundo por actuar con convicción, evitar toxicidades y dejar atrás las culpabilidades para emprender una ruta infinita en motivos por vivir. Así que cuando una nueva desilusión se disponga en mi camino, no culparé al oráculo de la gitana, pues más bien repetiré que el amor no es suficiente y que los Beatles mienten cuando cantan “All we need is love”.

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