Escrito por Abeja Maya / Ilustración por tippyzhong

 Caminaba ignorando las grietas de la vereda, las hojas que en este periodo del año comienzan a caer lentamente de los brazos de los árboles. Caminaba sin rumbo, pero contando cada uno de mis estrechos zancos. En el fondo sabía donde debía ir, sabía donde este músculo hueco que tengo atorado en el centro del cuerpo quería proyectar sus invisibles lazos para anudarse irreversiblemente, locamente, quizás eternamente, temporalmente. Lo quería, lo estaba queriendo, y quizás lo quise desde siempre.

¿Yo? No, no, yo no podía quererle, es decir, no podría querer a ese hombre diminuto de voz sarcástica y espalda amplia. No podía quererle porque su nombre jamás luciría con el mío, no podía porque jamás cruzaríamos más de tres palabras sin estrechar nuestros retorcidos mundos. Oh, somos tan diferentes, tan dispersos, tan antagónicos, tan… tan parecidos al mismo tiempo. Oh, si tú supieras la suma de restas que hay entre nosotros, si tú supieras que tras este estúpido orgullo mío se esconde una mujer igual al resto, una mujer que más allá de su facha libre, que más allá de su genio ardiente, más allá de mis groserías y mis maldiciones diarias, más allá de todo eso y de todo aquello, yo… yo quiero, yo quiero quererte. Y, en esos momentos en los que te mando al diablo, en los que maldices la mala fortuna tuya de conocerme, en esos momentos de histeria, donde la bilis me sale hasta por los ojos, yo siento que mi corazón se acelera más que nunca, y que es tu mirada la que me enloquece, y es tu sonrisa la que me violenta, tus manos grandes las que se acercan ¡Oh, tus manos, tu pelo, tu cuello, tu culo y tu vientre! Es que tú no sabes, definitivamente no imaginas lo que se siente tenerte cerca, aunque sea de lejos.

Oh, querido, hasta con pronunciar tu nombre se me alborotan las hormonas, se me hielan las manos, y comienzo a cerrar los ojos y observar tu rostro, tus dientes grandes, tu pelo negro, tus poleras anchas, tus zapatillas rojas, esas que yo tanto odie, tus dedos, ampollas, tu perro, hasta tu perro me parece dulce ¿Cómo podría yo quererte? No, yo no podría quererle nunca, no podría quererle así como usted quiere que le quieran: a fuego lento, de forma ordenada y por completo, así como las mujeres sumisas aman a sus machos, así, abandonándolo todo por esa cosa extraña que los poetas y mujeres llaman amor. Yo, que me hayo entre la polución de una ciudad descontrolada, viviendo a prisa cada uno de los momentos de mi vida, estructurando los acontecimientos en mi teléfono celular, olvidando detalles importantes, maldiciendo al destino por este amor majadero que no deja de doler. Pero yo sé, yo sé que nunca será, nos persiguen los desenlaces de aquellos que están destinados a no ser, y es mejor así, es mejor no ser nunca, porque con un hombre como tú… Oh, enloquecería.

Adiós mi no amor, seremos (o no seremos) algún día, donde quizás el tiempo se nos haya agotado, donde la eternidad se nos deshaga entre suspiros, donde quizás no me arda tanto el alma como en este minuto, donde los ideales no nos separen tanto y nuestra boba intelectualidad no hagan de este, nuestro pequeño no amor, un imposible.

Adiós, siempre mía.
Tu mejor amiga.

Hace ya unos meses escribí esto, esperaba que al teclearlo en mi notebook todos mis sentimientos, emociones, pensamientos y deseos quedarán ocultos allí y dejaran de doler tanto, pero no pasan, se estancan, se enredan y hunden, se hunden en mi pecho, cabeza, lo que sea. Él no me quiere, él quiere a otras, a las altas los días martes, delgadas los jueves y a las crespas los viernes por la tarde, pero nunca a mí, para mí no existen espacios, para mí los días no existen. Jodido amor este que me revienta el corazón de desilusiones.

No sé si esto cuadra como una historia de amor, te escribo porque siento que debo gritarle al mundo este sentimiento que me destroza el corazón, pero soy cobarde y no puedo hacerlo, se me enreda la vida pensando, pensando, pensando…

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