Escrito por Camila González Simon / Arte por Jorrit Tornquis

Ya la había visto varias veces pero, en verdad, nunca la había mirado. Tan así que ni me acordaba de su nombre. Sabía quién era, cómo la conocía y la saludaba pero nunca como protagonista de algo. Un día la miré de verdad. Ella se reía cerrando sus ojos como si fuese culpable de recibir atención. La miré sacando los lentes de su bolso. Era linda sin ser linda. De esas lindas que nadie más ve.

Día que la “conocí”

Desapareció tal como apareció, de la nada. Una semana después me agregó a Facebook. Antes de decirme hola, cómo estai, qué contai, tanto tiempo, me habló de amor. Últimamente todos me hablan de amor porque ando pidiéndole a todo el mundo sus historias. Me dijo “el amor tiene distintos ritmos” y otras intensidades de ese tipo. Probablemente no dirigidas a mí pero igual. La niña callada podía escribir sobre amor como si fuera la reina de este misterio universal.

Justo había leído el nuevo libro de la Camila Gutiérrez donde ella hablaba de Vietnam y Bolivia. Así que en honor le pusé “la misterio”. Un domingo la invité a mi casa. A las 6:58 estaba tocando mi timbre y a las 7:00 ya estaba entrando por mi puerta. La persona más puntual del mundo. Al principio no hablaba mucho. “No sé nada de ti más que eres amiga de S y que eres leo” le dije, así que comencé a hacerle preguntas. Aunque ya le había preguntado su signo, ella me lo tuvo que recordar.

Vivía con su mamá, estaba haciendo su memoria, tenía cierta cantidad de años (que no recuerdo) y le gusta hacer lámparas y muebles.

–Ahora te toca a ti –le dije.

–¿Vas a la vega?

–No, soy muy floja.

Ella va tres veces a la semana y compra frutas y verduras. Yo tengo pan viejo, mantequilla y muchas condimentos inutilizados. Después salimos a caminar.

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