Escrito por Oriana Miranda

Recuerdo que cuando la Cami me habló de Archivo Amoroso le dije que me encantaba el proyecto, que la apoyaba y que bacán, pero que no tenía ninguna historia de amor para contarle. Es que el amor, así con mayúsculas, negritas y signos de exclamación, es una cosa muy difícil de encontrar: cada vez estoy menos segura de haberlo sentido, menos segura de que exista a mi alrededor, en las relaciones que veo que me parecen una mezcla de muchas cosas –cariño, sexo, conformismo, apariencias, coincidencias, necesidad o suerte–, pero no el amor el amor, el amor así en esencia, el amor como me gustaría que fuese.

Veamos.

Estoy soltera desde hace cuatro años y realmente no entiendo por qué. La mayoría de las veces no pienso en ello, no llevo la cuenta y llevo una vida muy plena de galletitas y felicidad. Pero hay días que ensombrecen a todos los demás en los que me pregunto cómo puede ser posible que nadie me haya querido en cuatro años. Cuatro años. Días en los que pienso que debe haber algo malo conmigo o con la forma en la que me estoy proyectando ante el mundo. Es que son cuatro años, cuatro años es mucho, mucho tiempo.

Supongo que hoy es uno de esos días.

Lo peor de todo, creo, es que yo sí que he querido. Vaya que sí. He disparado mi amor a ciegas y me ha rebotado de vuelta innumerables veces, invariablemente vacío y roto. Yo no amo, es cierto, ni siquiera sé si eso que llaman el amor sea posible. Pero puta que me enamoro. Mucho. Por lo menos una vez por mes. Me enamoro de un hermoso que no me pesca –porque siempre son hermosos y nunca me pescan– y sufro caleta, lloro y reviso sus fotos en Instagram hasta el cansancio, me deprimo con capítulos viejos de How I met your mother y canciones en tres idiomas distintos, hasta que finalmente me resigno y lo supero. Dos semanas después aparece otro y así. Todo vuelve a empezar.

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Quiero creer que ahí afuera existe alguien para mí y quiero encontrarlo, más bien, quiero que aparezca mágicamente; porque la paja de estar soltera es tener que estar saliendo siempre aunque una no quiera con el objetivo de encontrar al amor de tu vida – o de tu semana– en la fila del baño de alguna fiesta rancia llena de borrachos y hueones que te corren mano. Como si fuera posible. Yo quiero que el amor de mi vida toque la puerta no de mi casa sino que de mi pieza y se meta conmigo en la cama a comer helado y hacer maratón de Grey’s Anatomy. Quiero alguien que quiera culiar conmigo todos los días, dormir cucharita y tomar desayuno en la cocina. Sólo eso, nada más. No puedo creer que me sea tan difícil.

Lo he pasado bien también; tengo grandes historias para los nietos. Pero no quiero que mis momentos siendo súper cool eclipsen el lado patético romántico de mí, del cual también me siento orgullosa. Al final, a todos nos va un poco más bien o más mal en la vida y en el amor; si no, no sería ni la mitad de divertido.

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