Escrito por  MF

El 2011 vino a revolucionar mi vida en todos los sentidos posibles. Llevábamos dos meses y medio de toma cuando llegó por primera vez al colegio. Era el mejor amigo de una niña que conocía hace poco, pero a la que ya me sentía muy cercano (hoy es una gran amiga). Su nombre: Daniel. Yo sabía que existía, estaba un curso más abajo que yo, pero nunca me llamó la atención hasta ese día.

Nos presentaron y decidimos participar juntos, dentro de un grupo de trabajo, en una de las actividades programadas en la toma ese día. Entre lo dinámico que resultan ese tipo de actividades nos hicimos buena compañía y funcionamos bien como dupla. Pura buena onda y risas hasta el momento.

Ya casi de noche cuando nos desocupamos, nos fuimos a la sala 5, que usábamos como pieza. Ahí, en las colchonetas, entre frazadas y sacos de dormir, nos sentamos a conversar en un grupo. Después de un rato, como era de esperar, alguien se motivó y llegó con unos botellones de merlot para calentar el cuerpo y no dispusimos a jugar “nunca nunca” para tomar jugando.

De las preguntas hueonas pasamos a las sexuales (típico) y llegamos a una que me movió el piso en ese momento. Alguien dijo: yo nunca nunca me he comido a alguien de mi mismo sexo. Tensión. Yo había tenido por ahí algún hueveo con hombres, pero todo dentro de un secretismo autoimpuesto. No sé si por miedo o simplemente porque no creía que fuera un tema.

Miré al resto por si alguno tomaba, pero todos miraban igual, tratando de pasar piola. Decidí impulsivamente liberarme del capullo y tomé, como no dándole importancia. Un buen sorbo. Otros más lo hicieron, justificando que lo habían hecho de webeo, y después vino él, Daniel. Nunca lo pensé, y eso que el radar gay no tiende a fallar.

Filo, seguimos jugando hasta que nos aburrimos (o se acabó el copete). Pasó el rato, cada uno se fue por su lado y yo me quedé conversando con él. Entre conversaciones y webeo, le pregunté por lo del juego. Me contó que era gay, pero que sólo sabía su mamá y un par de amigos. Me confesé de vuelta, y compartimos un par de palabras al respecto.

Se respiraba un aire especial. Tal vez era el hecho de habernos sincerado el uno al otro, y estar solos en un lugar donde nadie nos juzgaría por nada. Lo que es raro para dos homosexuales que viven en una ciudad chica donde todos se conocen y todo se sabe. Nos sonreíamos mucho. Uno lo hacía y el otro respondía de vuelta. Nos mirábamos con esa intensidad que te quita las ganas de pestañar. Las palabras se fueron apagando, y poco a poco, por un magnetismo casi mágico nos fuimos acercando.

Todo me llamaba a hacerlo y aunque lo intentaba, no podía pensar más que en sus labios. Me incliné un poco, como signo de insinuación. Fue suficiente para lograr mi objetivo: un rico beso. Nuestros labios parecían conocerse hace mucho tiempo porque hacían un juego perfecto. Me sentía desnudo en el acto, como entregando mucho más que un beso, casi sin quererlo me encanté. Por así decirlo: fue amor a primer beso.

Desde ese día todo fue perfecto, fueron meses de conocernos, salir a comer, caminar horas juntos sin un motivo en especial, llamadas de buenas noches y sms con dos palabras que bastaban para desatar todas las mariposas y bichos en mi guatita. Ya no nos importaba lo que dijeran los demás, nuestros amigos estaban con nosotros en todas y eran el apoyo suficiente para querernos cómo fuera.

Me semi-dedicó una canción de Laura Pausini que se llama “En un cuarto casi rosa”. Acaríciame y no te avergüences, y veras que un día de estos lo harás fuera de aquí. Sin miedo y a la luz del sol, sin evitar ya las miradas, con valentía y decisión. Éramos dos amigos, mucho más que amigos, amantes a ratos, compañeros a diario, que decidieron dejar de esconderse por lo único que realmente importaba: el amor.

Aprendimos a querernos con nuestras mañas y manías, a pesar de nuestras personalidades que pasaban de complementarse perfectamente a chocar al más mínimo roce. Nos entregábamos cariño sin necesidad de decir nada, todo fluía naturalmente como si nos conociéramos de toda la vida. Después de un mes y medio ya éramos inseparables, así lo sentíamos nosotros y quienes nos rodeaban.

Pero como todas las cosas que quiero en mi vida, no podía ser perfecto. Cuando ya habían pasado casi tres meses de conocernos y vivir un montón de momentos especiales juntos, decidí declararme. Más que una confesión, se trataba de una oficialización de lo que sentía, porque prácticamente llevábamos una vida de pareja. Compramos helados y lo invité a caminar por un camino cercano al colegio que terminaba en un puente con una vista muy linda. Ese iba a ser el lugar donde todo se iba a convertir en algo real.

Llegamos y nos sentamos en el pastito, mirando el bonito paisaje que no auguraba lo que vendría después. No recuerdo muy bien cómo fue todo, sólo me acuerdo textualmente cómo terminó. Partí diciéndole que lo quería mucho, que era evidente que entre nosotros pasaban muchas cosas y que en él había descubierto una parte de mí que hasta ese momento tenía miedo de mostrarle al mundo. Le agradecí por darme la oportunidad de conocernos y terminé con un: me gustas y quiero tener una relación contigo.

Algo extraño pasó entonces. Pasaron unos segundos, tal vez sólo cinco, pero para mí fueron eternos. Mi instinto de madre leona me decía que algo no andaba bien, porque la mirada de la que me había enamorado no podía sostenerse en mis ojos. Su eterna sonrisa se apagó de repente, su expresión pasó de alegría a culpa y vinieron esas dos palabras que hasta hoy duelen un poco.

–Tengo pareja.

Me acuerdo haber quedado sordo unos segundos, o así lo sentí. No entendía nada. Se me cayó el helado y hasta creo que temblé de nervios. No podía creer que la persona a la que le regalé todo mi cariño y afecto en los, entonces, últimos meses me hubiera hecho algo así. Sentía que todo se me derrumbaba. No recuerdo muchos más detalles, o tal vez prefiero omitirlos.

Llevaba 2 años con un tipo mucho mayor que él. Me dijo que intentó decírmelo la primera vez, después del primer beso, pero que no fue capaz. Al parecer tampoco lo fue cuando íbamos al cine, cuando dormíamos juntos, cuando me llamaba en las mañana o cuando tomaba mi mano.

El amor podía doler mucho, me enteré de golpe ese día. El mismo día que había elegido para hacerlo NUESTRO día. No tenía miedo de nada estando con él, y sé que él se sentía igual. O por lo menos eso decía. Ya nada tenía sentido ¿fue todo el cariño siquiera real?

Volvimos al colegio por el mismo largo camino que habíamos caminado, pero esta vez acompañados de un silencio rotundo que hablaba por nosotros. Intentaba mirarlo, pero no sabía cómo. Quería hablarle, pero nunca supe qué decirle. Nada era cómo yo lo había planeado. Entregué tanto por nada, y me convertí sin quererlo en el tipo de persona que siempre odié: ese que se mete en medio de una relación.

Llegamos a la toma y corrí a buscar a mi mejor amigo, el Vicho. Lo abracé y sólo en ese momento asimilé todo. Lloré unos minutos, con lágrimas que salían desde lo más recóndito de mi destrozado corazón. Sentía un corte limpio, delicado y profundo atravesando mis adentros. No sé cómo explicar qué me dolía, sólo sé que algo me faltaba, algo se había ido. Y no volvería.

Intentamos llevarnos bien, ser amigos, ninguno de los dos quería perder la maravilla que habíamos construido en un par de meses. No se trataba de cuánto tiempo estuvimos “juntos”, sino de cuán intenso era lo sentíamos. Un amor-no-amor digno de dos Aries. Bastó una discusión para que se acabara todo, cargamos por semanas con una bomba que detonó al más mínimo roce.

Lo recuerdo buscando todas sus cosas repartidas en el colegio. La última imagen que tengo en mente es de él saliendo por la reja que daba al exterior del liceo, después de prometer no volver nunca más. Y así lo hizo. Tuve la esperanza por muchos días de que aparecería, que todo volvería a ser cómo antes, que nos permitiríamos querernos a pesar de todo. Pero no lo hizo, tal vez por orgullo, tal vez realmente por amor.

Pasaron meses, otras personas entre medio, y creí haberlo superado después de tanto. No sabía nada de él, lo que hizo más fácil despegarme de la idea de tenerlo conmigo. Era diciembre, tiempos decisivos para la movilización que habíamos levantado. Entregábamos el colegio, y nos sometíamos a un proceso especial para salvar el año académico o pasábamos el verano viviendo ahí y perdíamos el año.

Lo entregamos bajo muchas condiciones y garantías que nos aseguraran que, por lo menos, las demandas internas se iban a cumplir. Nos entregaron proyectos y plazos firmados, confiamos. Después de hacerlo, nos contaron que ya era muy tarde y no podíamos hacer nada para salvar nuestra situación académica. Teníamos que repetir.

Me citaron a reunión unos días después para asignarme un curso y una matrícula para el año siguiente. No se me cruzó por la mente hasta el momento en que pasó: me asignaron al mismo curso que Daniel. No lo quise así, no lo busqué; pasó por casualidad como todo el resto de nuestra historia. Una historia que yo daba por terminada, pero que al parecer tenía un año completo para complicarse más, esta vez, dentro de la misma sala de clases.

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