Escrito por Anónimo

“Lo que fácil llega, fácil se va”. Al final, toda esta historia queda como el romance de un verano que se estiró hasta mayo. Y, como todos los buenos romances, tuvo mucha comida, paseos, conversaciones, playa, confesiones y un final abrupto.

Despertar sudando y con el sol en la cara nunca era tan terrible, porque siempre hubo helados y desayunos en los que escapar del calor. Llevaba semanas con insomnio cuando empezamos a salir y con él sí podía dormir. Y dormía tan bien. Su cama fue donde nos quedamos pegados en conversaciones sobre nosotros, la familia, los amigos, gustos, infancia, etc. “Cuéntame cosas”, me decía, siempre medio dormido, pero ignorando el sueño por unos minutos más, para seguir conociéndonos.

Era otoño, pero el calor seguía y los fines de semanas los disfrutábamos a concho. Me gustaba su olor y como me miraba por largos ratos sin decir nada. Yo pensaba por qué no nos habíamos conocido antes, siendo que nos parecíamos tanto. Todo era demasiado fácil, nunca me sentí incómoda y nunca creímos en eso de hacerse los difíciles. Todo era directo, sin rodeos y, sobre todo, rápido. Esos tres meses se sintieron como seis, pero romance nunca faltó. “Me haces sentir que estoy de vacaciones”, me dijo una vez, pero todos sabemos que las vacaciones terminan.

Nunca hubo problemas, hasta que llegó el primero y último. Un mal día nos llevó a discutir y a que él decidiera, tajantemente, terminar conmigo. No sé si estaba triste, enojado, cansado. No sé si seguía usando el polerón nuevo, o si había tomado once –yo creo que no- o si tenía el pelo desordenado. No lo sé, porque no lo vi. Bastaron diez minutos al teléfono para intentar dejarme todo claro. “Tú por tú lado, yo por el mío”. Intenté descifrar algún ápice de pena, de inseguridad, pero solo oía frialdad y decisión. Los “te quiero” y los “yo sí quiero estar contigo” me los comió el asombro y también el ego. Mi buena memoria me falla y, de tanto repetirla en mi cabeza, poco me va quedando de esa conversación.

Un mail fue mi única forma de descargo. Le dije que fui feliz, que yo no era igual a su ex, que era un cobarde y que no se olvidara de ir al doctor. No me respondió y tampoco sé si lo leyó siquiera. Al comienzo no entendía y creo que todavía no lo hago. Me pasé un tiempo arrancando de la pena, hasta que ya no pude más. El vino ayudaba a digerir los nudos en la garganta y a dormir, sobretodo.

Vivo pensando en qué pasaría si vuelvo a encontrarme con él. Si me vendría un ataque de nervios, de rabia o si simplemente saldría corriendo. Sin amigos directos en común, borrarse de redes sociales fue el fin de todo contacto. A veces no puedo quedarme dormida y me pongo a pensar que, al menos, no soy la única que debe estar durmiendo sola.

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