Escrito por Carolina Andrea

Tenía 15 años y conocí la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es decir, los mormones. Dentro de los jóvenes que participaban había uno, Juanchi le decían, padre argentino y madre chilena, él no era un galán, ni guapo ni nada; comenzamos a hablar, salir y nos llevamos bien enseguida.

Dentro de la Iglesia no estaba permitido el “pololeo” por lo que ese fue nuestro primer problema. Nuestra relación fue por un año completamente espiritual, totalmente orientado a ser cada día más como Jesucristo, al menos eso era lo que yo creía. Poco a poco las cosas se volvieron más… calientes, pero eso estaba mal. No hacíamos una oración después de tocarnos ni nada por el estilo, pero hubo meses en que confesamos nuestro “pecado”, pero no podíamos detenernos. ¿Cómo iba a estar mal amar?

Mi padre es uniformado, por lo que nos cambiamos mucho de ciudad. Un día fue definitivo, en el verano me tenía que ir. Lo hablamos y dijimos “no importa lo que pasé vamos a estar juntos a la distancia blah blah”. Nunca hicimos el amor, siempre creí que el amor nos había hecho… Yo lo amé, y creí que sería eterno, pero no. Más de 2000 km de distancia nos separaban, era imposible visitarlo, los primero tres meses hablábamos todos los días, yo lo necesitaba, estaba tan sola en la nueva ciudad, él fue mi apoyo día a día y de pronto sin más me dejó de hablar. Un mes sin respuesta, me bloqueó de Facebook, cambió número de celular, dejó de existir. Lloré, mucho, mi primer amor había desaparecido y no supe porqué. Seis meses estuve sola, preguntándome qué había hecho mal, lloraba hasta vomitar, subí 10 kilos, fue horrible, yo estaba horrible.

En todo ese tiempo yo seguía hablando con una amiga que tenemos en común, cuando Juanchi se fue a la misión a México (un viaje que hacen los mormones a otro país para predicar el evangelio). Entonces, mi amiga me empezó a contar cosas, cosas que yo jamás me habría imaginado, él me engañó muchas veces y jamás lo supe. Afortunadamente en ese momento ya daba igual, estaba bien, entera, repuesta; de todas formas fue muy decepcionante saber que la personas con la que estuve un año y ocho meses no era quien yo creía.

En realidad no guardo rencor, fui feliz, muy feliz, amé y fui amada, de la forma más apasionada, como una adolescente, como una niña que se enamora por primera vez. A modo de moraleja dejo un refrán muy conocido “ojos que no ven, corazón que no siente”.

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